miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Sánchez Martos

Con el babi escolar y un libro en la mano: más auténtico imposible

Mi infancia son recuerdos...

de las tardes de verano, a la sombra de la higuera, con mi abuelo mientras sesteaban las ovejas y las cabras. ¡Cuánto ratos con él y cuánto aprendí! Contándome historias de la familia, del barrio, de cuando iba segando de pueblo en pueblo para poder vivir, de sus historias de la guerra, de lo seco que estaba el maíz y que había que regarlo, de que aquella oveja estaba para parir…

Mi abuelo me leía los romances que, a cambio de zapatos y ropa vieja, iban dando los traperos por las casas y cortijos, romances que yo aprendía de memoria y que mi abuelo, pacientemente, escuchaba una y otra vez aparentando su sorpresa por el desenlace de la historia. Tal vez fueron esos romances los que despertaron en mí un interés casi obsesivo por aprender a leer lo que ponían aquellas hojas sepia que con tanto cariño él guardaba. Interés que me ocasionó una buena llantina ya que mi madre me “calentó el culo” porque no tuve mejor idea una mañana que escaparme de mi casa para ir a la escuela con el consiguiente susto que se llevó. La solución fue que, por la tarde y ya con mi madre, volví a la escuela “con la silla”, algo habitual en aquellos tiempos en los que en la escuela había mesas pero no sillas, y desde entonces apenas he salido de ella.

La lectura de los romances y de la cartilla la hacía con mi padre cuando volvía de trabajar en el campo en las largas veladas de invierno al calor de la lumbre: mi madre cosiendo o bordando, mi padre haciendo trabajos de esparto y yo leyendo casi cualquier cosa que caía en mis manos. Curiosamente mi padre, y no mi madre, fue quien me enseñó a leer, al igual que mis hijos que también aprendieron con él (siendo mi mujer y yo maestros). Mi padre, que con paciencia infinita nos iba corrigiendo, repitiendo, escuchando mil y una veces los cuentos que le leíamos.

El primer libro entero que yo recuerde haber leído fue “Robinson Crusoe” y eso de leer una historia completa (tendría seis o siete años) me impactó, hasta el punto que no sé cuántas veces lo habré leído; pero cada vez que lo hago se agolpan una espiral de recuerdos, de sensaciones, de olores y sabores que hacen de su lectura mucho más que la un simple libro. Lástima que se extraviara el ejemplar original que, por mucho que lo he buscado en casa de los abuelos, no he conseguido dar con él.  Le tenía un cariño especial.

Juan Sánchez Martos
Maestro