viernes, 1 de noviembre de 2013

Eduardo Kragelund


Josefa Aliano de Vetrano: mi querida abuela

 A mí me enseñó a leer mi abuela. Seguramente fue en verano. Porque recuerdo que ella, gorda y hermosa, solía sentarse a leer el diario en el patio, donde corría un poco de aire, en la casa de Villa del Parque, un barrio de Buenos Aires que en aquel entonces –mediados de los 50- era un típico suburbio de la gran capital.

Yo siempre andaba cerca de ella, correteando, jugando, preguntando cualquier cosa o mirando cómo cocinaba. Pero algo que me gustaba mucho era cuando abría ese diario grande –el viejo diario La Prensa- y se ponía a leer. Cualquiera diría que se trataba de una premonición, ya que terminé siendo periodista. Pero en ese momento me faltaba un año para entrar a la escuela primaria (tenía cinco años) y obviamente no tenía ni idea de lo que quería hacer de mi vida.

Simplemente me atraía eso: mi abuela abriendo sus brazos rollizos para desplegar grandes hojas de papel donde destacaban unas letras grandes, arriba de fotos en blanco y negro, y luego columnas de “hormiguitas” que parecían serpentear entre títulos y fotos más chicas.

A ella le encantaba que me apoyara contra su brazo derecho y le pusiera la cabeza en el hombro, mirando el diario como si realmente lo estuviera leyendo. Así que un día me preguntó si me gustaba el diario y yo le dije que sí. Bueno, me respondió, entonces tenés que aprender a leerlo.

Al principio, yo le preguntaba: “¿qué dice ahí?”, señalando con mi pequeña mano y mis dedos gordos, como de pichón de carnicero. “Y aquí, ¿qué dice?”, seguía. Y ella, con una paciencia de abuela, me los leía y se reía divertida al ver mis caras de “¿y eso con qué se come?”. Así que su trabajo era doble. Primero me leía y luego me tenía que explicar qué quería decir. Pero entre explicación y explicación, me iba diciendo otras cosas. Lo que más recuerdo fue cuando entendí la palabra título. Estos que son grandes, son los títulos, me dijo. Y estas, las más chiquitas (ahí fue cuando le pregunté “¿las que son como hormiguitas?”) son las que sirven para explicarte los títulos.

Supongo que fue esa noche cuando me acosté pensando en títulos y “hormiguitas”. Y me dormí sintiéndome grande, imaginándome sentado en el mismo sillón que usaba mi abuela y aprovechando el fresco del patio para leer el diario. Tan entretenido estaba con aquello de los títulos –me encantaban, cuanto más grandes, más me gustaban; o sea, tendencia amarillista desde chiquito- que no me di cuenta cuando entendí que lo que había entre un espacio y otro era una palabra o cuando me empezó a enseñar las letras y a juntarlas. Recuerdo, sí, cómo aprendí la i. ¿Ves este flaquito, delgadito?, ¿sabés cómo se llama? i. Y yo repetía i, i, i, como si fuera un chiste. Y este señor también flaquito, pero con un sombrero, cómo se llama, me preguntaba. Te, decía ella. Y yo volvía a repetir. Me encantaría acordarme cada una de las descripciones que hacía de las letras. La o era la boca de una señora que decía ohhhhhhhh, la e era una carita, la j un ganchito, la m una montañita. Y cada descripción me lo acompañaba con un gesto de la cara o la mano.

Cuánto duró esto no lo sé. Porque después, cuando ya había dejado el diario y estaba cocinando y yo la miraba o la “ayudaba” alcanzándole una papa o una cuchara grande de madera, ella volvía a la carga. ¿Cómo se llama la señora de la boca grande? Y yo decía Ooooooo. ¿Y las montañitas? Emmme.

Mi papá, que era maestro y le apasionaba la enseñanza, no decía una palabra. Miraba a mi abuela, que francamente ignoro si había terminado la primaria, me miraba a mí y con una sonrisa cálida se borraba rápidamente de la escena como para no interrumpir.

No faltó mucho para que ella abriera el diario y yo “adivinara” (ella me decía eso, que adivinara) las letras que contenía un titular y luego comenzara a unirlas. A ver, Nene, me decía, cómo se dice si junto la viborita (la s) y el flaquito. Y yo gritaba, siiiiiiiii, loco de alegría porque sabía que había adivinado.

¿Cuánto tardé en aprender a leer? No tengo idea. Lo único que recuerdo bien es que un buen día, al mediodía, cuando todos estábamos sentados a la mesa, mi abuela, después de servir esas milanesas maravillosas que hacía, se acercó a mí y abrazándome anunció a toda la familia: “el Nene ya sabe leer”.

Eduardo Kragelund
Periodista