jueves, 31 de octubre de 2013

Sara Sefchovich



Sara Sefchovich nació en la ciudad de México en 1949. Es licenciada y maestra en Sociología y doctora en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde hace más de tres décadas es investigadora de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Sociales de la misma UNAM y desde hace más de década y media es articulista semanal en el periódico El Universal. Está especializada en temas de cultura concebida en su sentido amplio, como un modo de ver y entender el mundo y no solamente como productos concretos. Además es novelista, traductora, profesora y conferenciante en México y en el extranjero.

En su novela "La señora de los sueños", la protagonista Ana Fernández, un personaje que la lectura salva del abismo, habla del mundo que se le abrió cuando aprendió a leer.

Lo que sucedió usted lo sabe:
aprendí a leer y mi soledad encontró compañía, el silencio se pobló de voces,
el vacío se llenó de fantasías.
En los libros encontré lo que necesitaba,
ahora es mío el mundo y hasta una porción de la eternidad.
Como dice el poeta:
“¡Poseo dragones y dioses y lunas!”
Me he imaginado a mí misma en grandes romances y en arrebatos místicos,
en la entrega revolucionaria y en el fuego de la poesía.
Me imaginé el placer y no sólo viví todas las pasiones sino también la diversidad de sus matices.


La foto la he tomado de la página Por todas las mujeres

miércoles, 30 de octubre de 2013

Julien Thériault



Que yo recuerde, no sabía leer antes de ingresar en la escuela, aunque mis hermanas mayores sí me enseñaron las letras, seguramente porque estaba ávido de conocer esos signos misteriosos que veía por todas partes. Curiosamente, el único libro que recuerdo haber hojeado era la guía telefónica, seguramente porque estaba a mi alcance en la mesita del teléfono y porque no importaba que lo deteriorara puesto que nos traían otro nuevo gratis cada año.

Según mis cómputos, ingresé en la escuela un martes 8 de septiembre de 1959. Era uno de esos días estupendos de casi fin de verano, soleado y caliente, La verdad, no tenía en absoluto ninguna gana de que me encerraran en aquel edificio de la ladrillo marrón, que me parecía casi tan hostil como las fábricas esparcidas por la ciudad. Más bien me quedaba a jugar, como lo había hecho hasta entonces todos los días de mi vida: me gustaba así y no veía razón alguna para que cambiara. Así que me eché a llorar y me cabreé hasta que me liberaron, hacia medio día. Un único consuelo: me «regalaron» libros, que empecé a hojear pocas horas después.

El día siguiente, ya amansado, salí para la escuela con buen humor, curioso de descubrir lo que contenían todos esos libros y, el viernes por la tarde, estaba impaciente que llegara el lunes…

El libro de lectura y la maestra – joven, linda y amable - eran, por supuesto las llaves que permitían comprender todos los otros libros.

Empezamos por la i. Cada letra tenía su historieta. Me acuerdo que la historieta de la i era la de un ratón. Decían que la i sonaba como el grito de un ratón, lo cual no me servía mucho, puesto que en nuestro suburbio norteamericano típico, bien ordenado, los ratones eran tan escasos como los osos. (O nadie confesaba que los había en su casa.) Al día siguiente, aprendimos la u, con un cochero que le gritaba Hu! a su caballo para que avanzara. En mi entorno los caballos eran tan exóticos como los ratones y los osos, así que aprendí a la vez que representaba la u y como arrancaban los caballos. Entre las otras letras, me acuerdo de la e, letra elegante que vestía sus sombreritos: é, è, ê, y de la s, ilustrada por un carpintero condenado a ir a trabajar en la luna de tanto aserrar que no dejar dormir a nadie.

Día tras día, semana tras semana, letras nuevas. ¿Cuándo llegaríamos a la última? Por encima de la pizarra, había unos cartones negros, con el alfabeto escrito en letras blancas, cursivas perfectas, minúsculas y mayúsculas, verdaderas letras de monjas. No aprendíamos las letras en orden alfabético, lo cual hubiera simplificado mi inventario de las que nos faltaban para aprender. ¡Cuál no fue mi decepción y mi consternación cuando, en lugar de contarnos las historietas de la k, de la x, o de la w, las dejaron y empezaron a enseñarnos un sinfín de combinaciones: an, en, in, on, au, eau, eu, ou, gn, ch, oi, oin, ein ain…! Los ejercicios de deletreo y los dictados se hacían cada vez más trabajosos. Pero yo era muy curioso y, total, me gustaba aprender y me encantaba poder leer.

Finalmente, podía descifrar la guía telefónica. Me pareció bastante aburrida, aparte de los encabezamientos de secciones, con los nombres de las ciudades y pueblos de los alrededores. Me intrigaba en particular Mascouche, porque, a mi parecer, hablaban mucho de ese pueblo en la radio y la televisión. Por lo que contaban, me parecía un lugar extraño e inquietante hasta que me desasnaron y me explicaron que en la radio hablaban de Moscú.

El primer libro que leí fue una versión infantil ilustrada de Los viajes de Gulliver, que me habían regalado para Navidad. Creo que estaba en el segundo grado. Por primera vez experimenté que leer podía transportarme a otros mundos, a otras épocas, sin salir de mi suburbio demasiado tranquilo…

Julien Thériault
Commis-comptable 


lunes, 28 de octubre de 2013

Javier Escajedo



Aprendí a leer en una escuela de pueblo, en el grupo escolar Juan de Herrera (Maliaño), antes de ir al instituto José María de Pereda (Santander), donde se entraba en aquellos tiempos tras un examen de ingreso a los diez u once años. Creo en aquella escuela en la que ingresé con seis años, la recuerdo con cariño, en ella aprendí a leer sobre una vieja cartilla que Don Benceslao, mi maestro, me dio recordándome que la letra destacada en la chimenea de una humeante locomotora era la I sobre un tren que emitía, en voz de mi maestro, un agudo PÍÍÍÍ…

Leer es un aprendizaje para toda la vida, instrumento cotidiano de comunicación. A mí me enseñó Don Benceslao sobre una cartilla de la época, aquel maestro al cual pateé cuando mi madre me obligó a ir a la escuela contra mi voluntad, pues yo prefería ir con mi padre a la huerta o a jugar en la cuadra de mi vecino, mejor aún a su huerta, para comer las peras de sus excelentes frutales que cuidaba con tanto mimo y cómo puedo demostrar con la cicatriz que un palo dejó en mis “partes bajas más al sur” por robarle su fruta. Se llamaba David, era un rústico hombre de campo y le estoy muy agradecido por haberme enseñado más de un par cosas, incluso con su palo, no muy sabio pero sí certero.

De aquella escuela tradicional muchas son las críticas realizadas, pero en mi recuerdo esta pequeña escuela de pueblo está unida a la infancia, a esos años de espíritus limpios en los que se forjan importantes aprendizajes perdurables en el tiempo y mejorables con la experiencia y, de entre todos, el más destacado es la lectura sin lugar a dudas.

Javier Escajedo Arrese
Maestro y pedagogo jubilado

viernes, 25 de octubre de 2013

Joana Serra de Gayeta

Mi infancia escolar huele a goma de borrar y a papel. El chicle, pegado debajo de la mesa para más tarde, al salir e ir a la plaza a jugar.
No recuerdo cuándo aprendí a leer. Supongo que bastante pequeña. Recuerdo, eso sí, que teníamos una cartilla con muchas ilustraciones y pocas palabras y "pasábamos" a la página del dibujo principal. Por ejemplo, si estábamos en la R decíamos "paso a la rana". No todas estábamos en la misma letra. Unas "pasaban a la rana", otras "pasaban al conejo". Y así, siguiendo el ritmo de cada una de nosotras con una gran paciencia. Era una escuela de monjas.
Pasé mi infancia en un pueblo que entonces era muy pequeño y, en estos pueblos, las monjas solían llenar el vacío de escuelas por parte del Gobierno. Fui a las monjas a los 3 años, allá por el 1953, porque mi vecina, mayor que yo, ya iba y quería hacer lo que ella hacía. Un día nos colocaron para hacer una foto. Yo soy la primera de la tercera fila.
 

No siempre había este orden ni esta uniformidad en la clase: era para la foto. Nuestro idioma no era el mismo que hablábamos. Pero lo aprendimos rápido. Simplemente, aquélla era la lengua de leer y escribir. Y no teníamos problemas.
Ahora siento nostalgia de no "pasar a la rana" y de no tener ya los dedos siempre sucios de la tinta del tintero. Y del chicle pegado. Y del olor a goma de borrar.
Aprender a leer para mí fue fácil y simple. Y recuerdo con gran cariño a sor Bárbara, que fue quien me enseñó. Aprender a leer no fue realmente importante para mí en la infancia. Era más importante jugar en la calle, pasar noches eternas en la camilla jugando a las cartas o jugar a las muñecas con mis amigas. Aprender a leer fue una cosa más. Igual que aprender la tabla de multiplicar dando vueltas al patio y cantándola. Un cúmulo de recuerdos, de felicidad infantil llena de juegos, calle, plaza, amigas....

Joana Serra de Gayeta                 
Profesora de la UIB jubilada.


jueves, 24 de octubre de 2013

Leonor Quintana


Hubiese querido recordar cómo y cuándo aprendí a leer pero, no lo consigo...

Sé que las letras me las enseñó mi madre antes de empezar a ir al colegio, pero soy la mayor de siete hermanos y comprendo ahora que no tuviera nunca demasiado tiempo disponible para este menester, así que supongo que lo hice en párvulos con la madre Anunciación -una monja alta, de piel y ojos claros, de quien no recuerdo nada especial, ni bueno ni malo,- y con esa cartilla que decía "mi mamá me ama, mi mamá me mima" al llegar a la letra m del alfabeto. Sí recuerdo los libros de la colección "Historias selección", de la editorial Bruguera, que por cada tres páginas de texto tenían una con ilustraciones tipo cómic que resumía la historia.

Ya os habréis dado cuenta de que nunca fui una niña prodigio y reconozco que entonces me saltaba el texto con alegría porque lo que ocupaba mi interés era conocer el desenlace de las historias y, además, las ilustraciones me atraían poderosamente.

Con todo, y a pesar de eso, sirvieron para aficionarme a la lectura y siempre pedía libros -en particular leyendas y cuentos de hadas de todo el mundo- como regalo de Reyes.

Como muchos niños de mi época, me convertí en una lectora casi compulsiva y leía con una linterna debajo de las sábanas, para no molestar a mis hermanas pequeñas, cuando a las diez de la noche mi padre apagaba indefectiblemente la luz de la habitación. En bachillerato leía -como muchos otros de mi generación- las obras de Enyd Blyton y, cuando se acababan, cualquier cosa impresa, como la enciclopedia Salvat que presidía las estanterias de la sala en casa.

Quizás me equivoque pero, a mis cincuenta y pico años, pienso que a los niños hay que dejarles desarrollar su fantasía y despertar su curiosidad y el amor por la lectura vendrá por sí mismo si no lo impedimos con distractores  materiales.

Leonor Quintana
Profesosora de español en Atenas.
 

martes, 22 de octubre de 2013

Nelson Verástegui

 

¿Cómo aprendí a leer?


Muy buena pregunta, Mayti. Antes de interesarme por la lectura y escritura, lo que me gustaba era dibujar. Con que me dieran papel y lápiz, yo era feliz pintando. Los elogios de mi familia me motivaban a dibujar más. A veces una tía o mi abuela me proponían que escribiera las vocales o palotes, pero me parecía aburrido. Me gustaba que me leyeran, sobre todo las historietas que salían en el periódico, en blanco y negro entre semana y en colores los domingos.


Recuerdo que en ese tiempo de feliz analfabeto encontré el cuaderno de tareas de mi hermano, cuatro años mayor que yo, tentadoramente abierto y me puse a dibujar en él. Llené dos páginas de garabatos. Por supuesto, me regañaron.


No sé si fue antes o después de esa pilatuna que un día que mi hermano estaba juicioso haciendo sus tareas y yo jugando a su lado, le pregunté qué hacía. Me dijo: «esta tarea; léela». Cuando cayó en la cuenta de que yo no sabía leer, se sorprendió y empezó a explicarme el sistema de las letras, vocales, consonantes y el desciframiento tipo mamemimomú. La lección no duró mucho pues él quería terminar su tarea para poder irse a jugar, pero me picó la curiosidad y las ganas de leer.


Aprendí en serio en la escuela con una cartilla llamada Alegría de leer. Fue la primera cartilla de muchos niños colombianos. Tenía una doble página por cada letra del alfabeto, desde las más fáciles a las más difíciles. Frases como «Mi mamá me ama. Amo a mi mamá. El burro va al molino» nos hicieron aprender poco a poco la lectura y la escritura. Con solo ver su carátula me recuerda mis años infantiles. El salón de clase era grande con muchos pupitres y niños. Los olores y sonidos reaparecen todavía muy vivos en mi mente. Recuerdo las numerosas manos levantadas para pedir la palabra y contestar a las preguntas de la maestra.


Cuando por fin supe leer, no paraba de descifrar cuanto letrero y aviso veía en la calle. Parecía una cotorra. Jugábamos con mis hermanos a decir una palabra que habíamos visto y los demás a descubrirla en medio de la selva de letras de las publicidades. En ese tiempo los anuncios de los almacenes eran perpendiculares a las fachadas y hasta el almacén más pequeño podría tener el aviso más grande.


Esa sensación de descifrar mensajes secretos con los primeros pasos de la lectura me encantaba y me sigue gustando. Quizás por eso disfruto aprendiendo idiomas extranjeros. Leer avisos en ruso o en árabe y descubrir palabras nuevas es maravilloso.

Nelson Verástegui Carvajal
Ingeniero informático, escritor, soñador...

 

lunes, 21 de octubre de 2013

Nora Ibarra


Mientras mi hermano plasmaba en el papel las letras hasta convertirlas en palabras; yo, arrodillada en la silla y con los codos sobre la mesa, las delineaba mentalmente.

Él acostumbraba leerme el Billiken, la revista que aún hoy es el material didáctico de casi todas las escuelas de Argentina.

Nuestra pasión por la lectura nos llevó a descubrir a Julio Verne y Louisa May Alcott; a tomar el té con un sombrerero loco y a preguntarnos qué habría cenado Oliver Twist.

En la adolescencia nos batimos a duelo improvisando poemas que brotaban espontáneamente. Nos sentíamos en carne viva, en un padecer-florecer constante.

Nuestra infancia no fue un jardín de rosas, y cada uno, a su manera, armó con las letras su propio caleidoscopio. Construyó con las palabras un refugio y en el camino dejó huellas con olor a tinta.

Todo comenzó en aquellos días en que mi hermano, con siete años, plasmaba letras en un papel hasta convertirlas en palabras y yo, con cuatro años, arrodillada en la silla y con los codos sobre la mesa, las delineaba mentalmente.


Nora Ibarra
Psicopedagoga, profesora de español y escritora.

María Barbero


A mí me enseñó a leer mi hermano, que me lleva cinco años. Empecé a mirar con mucho interés sus libros del colegio cuando tenía cuatro o cinco años. El verano de mis cinco años, él, que era la paciencia personificada, me enseñó primero a leer las cosas que había escritas debajo de "los santos". Me acuerdo perfectamente del día en que me contó que la i latina se leía igual que la i griega, y de cómo me rebelé porque no comprendía ese despilfarro de letras para un mismo sonido. "No hay nada que entender -me dijo-. Son normas de ortografía y hay que aprenderlas, no entenderlas." Con un par. Y el nene no tenía más de once años.
En cuanto pude, arrasé su modesta biblioteca de ciencia ficción de bolsillo. Vamos, que mis clásicos fueron Glenn Parrish y Ralph Barby. Luego empecé con la colección de Selecciones del Reader's Digest del año del catapún de mi padre y con las novelas "de señoras" que no me censuraba mi madre, que era muy severa. Me dejaba leer biografías de reinas (María Cristina, Sissi o Victoria de Inglaterra), pero me quitaba de las manos los libritos que yo sacaba de la exigua estantería de mi padre con el singular argumento de "Eso no puedes leerlo tú, que es una novela". ¡Bendita madre mía, que me censuraba "Los tres mosqueteros", pero con siete años me dejó leer la biografía de Mesalina, que estaba con los otros libros de reinas!
Cuando cumplí siete años me regalaron mi primer libro propio: "Mujercitas". Cuando me regalaron el segundo, un año después (una biblia Regina), me había leído el primero veinticuatro veces. A esas alturas, como en mi casa había pocos libros, se los pedía a mi primo, que era un mimado y tenía muchos de Enyd Blyton. También seguía leyendo religiosamente los libros de texto de mi hermano. A los ocho años le dije a mi madre una tarde que tenía ganas de ir al colegio. "Bueno, pues vamos mañana a apuntarte."
Supongo que Sor Ana María se asombraría un tanto de que le llevaran en abril a una alumna nueva de ocho años que nunca había estado escolarizada antes, pero no preguntó nada. Al día siguiente se quiso sentar conmigo para enseñarme las letras y se quedó literalmente temblando cuando yo saqué mi biblia Regina (me pareció lectura apropiada para lucirme ante una monja) y le leí un capítulo del Eclesiastés. Al día siguiente teníamos allí a la superiora. Me pasaron de curso rápidamente. A partir de aquello quedé condenada a leer y memorizar plúmbeos poemas de Pemán y de Gabriel y Galán para todos los festivales escolares. En fin...
"Era al caer de la tarde todo el pinar un rumor" y "He dormido esta noche en el monte con el niño que cuida mis vacas" llegaron a convertirse en auténticas pesadillas para mí. Aunque a mi madre se le caía la baba mirándome.

María Barbero
Traductora técnica de alemán 

domingo, 20 de octubre de 2013

Gra Litvak


Yo aprendí a leer por hambre. Por hambre, o por exceso de comida; da igual, porque en mi caso era lo mismo. No hablo de cuando aprendí a juntar letras y formar palabras y unir palabras y seguir formando otras cosas más largas acerca de las cuales ahora enseño. No. Ese juntar letras fue anterior, claro, pero no llamo a eso «leer». Uno aprende a leer cuando descubre que la lectura le salvará la vida.

Pero será mejor que vaya por orden, que es la única manera de caminar por los recuerdos: ordenándolos para que la memoria les invente un sentido.

Según me contaron, aprendí a unir unas letras con otras, como decía, de mi hermana, ocho años mayor. Yo tenía tres años y ella, una clara vocación docente y pocas muñecas para divertirse. No sé qué método usó, pero lo cierto es que tiemblo al imaginarlo porque, en cambio, recuerdo bien cuando, unos diez años después, declaró que me enseñaría a jugar a la canasta: durante semanas, me hizo sentar frente a ella, mesa por medio, y me ponía once naipes en la mano. Mientras ella armaba a cada rato hileras y montoncitos de cartas y luego se anotaba cientos de puntos, yo debía pasar las horas levantando un naipe del mazo y descartándome de otro, una y otra vez, hasta que ella acabara de jugar.

Volvamos a lo de la lectura. Para eso, tengo que explicarles que, desde bebita y hasta mi adolescencia, yo tenía lo que hoy llamarían un severo trastorno alimentario y que en aquella época recibía dos diagnósticos, «capricho» y «maña», y un único tratamiento: una madre ora llorosa y suplicante, ora colérica, intentando embutirme en la boca alguna cucharada de comida. Así, en cada almuerzo, en cada cena. Yo masticaba para siempre aquel bocado hasta que, en un descuido de ella, lograba disimularlo debajo de la servilleta o tirarlo al suelo. Cuando el resto de la familia se levantaba de la mesa, mi madre seguía firme en su come-tido o su co-metido, nunca mejor dicho, llorando y maldiciendo hasta que, por fin, yo vomitaba lo poco que había conseguido tragar. En fin, aquello no era un infierno: era EL infierno, y yo deseaba que llegase de una vez la parte en que Satán me envolvería en llamas para obtener algún alivio.

Una noche —yo andaría por los seis años—, cuando me llamaron a cenar, llevé conmigo el libro que leía y, en silencio, lo apoyé, abierto y sujeto entre mi plato y el sifón de soda. Continué leyendo mientras servían la comida, pero apenas me di cuenta. Mi familia, atónita, se abstuvo de corregir aquel atentado a la etiqueta cuando vio que yo, sin apartar la mirada del relato, agarraba el tenedor y empezaba a comer. No sé qué habría en el plato, pero el libro era uno de la Condesa de Ségur (así firmaba su autora, a mí no me digan ná) cuya protagonista se llamaba Genoveva, y gracias a él pude acabar aquella cena con algo de alimento en el estómago. Tenía seis años y era la primera vez que comía sin que nadie me obligara.

Desde esa noche y hasta muchos años después, solo era capaz de comer si leía. Mi madre ya no lloraba ni gritaba: se limitaba a traer a la mesa una botella de más para que yo pudiese sujetar el libro abierto contra el plato.

Los relatos, literalmente por partida doble, me salvaron la vida y me ayudaron a ganármela muchos años después, cuando escogí mi oficio para mantenerme. Ya ven: uno no aprende a leer cuando se lo enseñan, sino cuando descubre que, sin historias, sin poemas, no se sobrevive.

Gra Litvak

Profesora de Lengua y coordinadora de talleres de escritura creativa. 

viernes, 18 de octubre de 2013

Francisco Ariza


Aprendí a leer en los años treinta, en España. Nací poco antes del comienzo de la guerra civil, así es que mis pasos bisoños en las letras estuvieron condicionados por la falta de recursos como lápices y papel. Mis primeras páginas consistieron en una pizarra encuadrada en madera en que estampaba mis garabatos con un punzón duro de grafito y donde personas de mi familia comenzaron a escribir palabras que yo repetía oralmente, después “leía” y por fin escribía copiando la muestra para finalmente tacharlo todo (con saliva y dedo) y volver a empezar. En esta época mi padre había muerto en acción de guerra en el frente de Madrid y estábamos evacuados por el Gobierno de la República en el este del país, donde mi madre, que era maestra, tenía a su cargo una “colonia” de niños huérfanos de diversas edades. No tengo una memoria clara de dónde vivíamos, pero sí recuerdo que una vez, al volver después de dar un paseo, nos encontramos con que la casa había sido bombardeada. No había mucho espacio en nuestras vidas para aprender a leer y escribir, nuestras energías casi se agotaban en la tarea onerosa de sobrevivir. Sin embargo, sin duda porque tenía que estar en la especie de escuela algo caótica que regía mi madre, pronto aprendí el “ma-me-mi-mo-mu”, más bien cantándolo (“la eme con la a, ma; la eme con la e, me…”) que leyéndolo. Muchos años después, al estudiar lingüística, pensé que no era mal sistema para apreciar desde el principio las virtudes y ventajas del sistema vocálico español.

Cuando acabó la guerra mi progreso en lectura y escritura siguió tropezando con las carencias materiales propias de la pobreza en que vivíamos. Ya contaba con algunos libros, prestados o de origen incierto. No eran del tipo que después empezaron a utilizar los principiantes para aprender metódicamente, se trataba más bien de cuentos para niños de más edad con historias interesantes, como los de Elena Fortún, de los que conservo algunos, como “Cuchifritín y Paquito”, mi favorito por tener mi nombre este protagonista. Mi problema era que no podía leer todo lo que me apetecía, porque la luz no podía estar encendida todo el tiempo que yo quería, costaba demasiado. Tampoco esto lo considero un obstáculo: cuando es difícil leer tanto como uno desea, se hace más firme la afición que se adquiere. 


Francisco Ariza
Profesor universitario jubilado

miércoles, 16 de octubre de 2013

Isabel Urueña


Soy la pequeña de una familia con siete hijos. En los años cincuenta, sin cine ni televisión, en una España de asfixiantes fronteras, los libros eran la única ventana a otros mundos, a otras vidas. Tenía tanta avidez de ellos que no pude esperar a que me enseñaran a leer en la escuela, donde nadie parecía tener prisa por desasnarme. Pero allí estaban mis hermanos mayores y los periódicos: iba de uno a otro preguntando qué letra es esta, cómo se lee esta palabra... Así logré aprender y, cuando fueron a darse cuenta, leía de corrido a los tres años. También recuerdo mis primeros y amados personajes literarios: Guillermo Brown, Antoñita la Fantástica y la díscola Celia. 

Otra circunstancia se añadió a las anteriores: en mi casa, gobernada con mano firme por mis padres, ambos maestros, la lectura estaba limitada por decreto. Si había que estudiar, no se podía leer; si era de noche, no se podía leer, y ni hablar de acceder a alguna lectura inadecuada, de moral laxa. Qué asunto raro, porque mis padres fueron siempre grandes lectores... Aplicaban un criterio dominante que no compartían.

En consecuencia, los libros pasaron a ser para mí no solo una fuente de inspiración y placer, sino también la primera vía de liberación, de rebeldía. Mi paladar se ha vuelto muy exigente, pero la intensa emoción de aquellos tiempos se renueva ante cada nuevo libro.


Isabel Urueña Cuadrado
Músico & Redactora y correctora de textos.

 

domingo, 13 de octubre de 2013

Carmen Ugarte


Aprendí a leer con tres años, y no lo hice en ninguna escuela sino en el hule con el mapa de España que mi abuela, como tantas otras, tenía sobre la mesa de la cocina.

Fue en el verano y la maestra no fue otra que mi prima Corona, que lista ella y con tres años más que yo, había sido una alumna aprovechada en aquel curso que acababa de terminar. Generosa, además de lista, quiso compartir con su prima pequeña aquel tesoro del conocimiento, aquella llave que nos abriría tantas puertas de ahí en adelante. Así que allí, inclinadas nuestras cabecitas sobre el tapete, iban sus dedos señalando, y mis ojos siguiéndolos, las palabras mágicas: Madrid, Burgos, Vizcaya... Y esta es una eme y la eme con la a suena ma.

Bueno, de esto último no me acuerdo, la verdad, no sé qué método siguió para transmitirme su ciencia, pero la verdad es que al final del verano yo ya sabía leer las palabras sueltas, supongo que para la comprensión lectora todavía tardaría un poco.

El portero de la finca donde vivíamos cumplía su trabajo metido en un chiscón que había justo antes del vestíbulo de ascensor y escalera, y entretenía su inactividad forzosa leyendo novelas de Marcial Lafuente Estefanía, que le prestaba la quiosquera de nada más salir a la acera. Un día, en que mi madre se debió parar allí, en el chiscón, para hablar con él sobre algo, yo me fijé en la novela en curso y como la portada tenía letras, y yo ya sabía lo que había que hacer con ellas, las leí en voz alta para asombro del señor Juan, que así se llamaba el portero, y un poco de mi madre que aprovechó para lucir las habilidades recién adquiridas de su niña. Así, cada vez que bajaba o subía, el señor Juan aprovechaba para ponerme a prueba y hacía que le leyera algunas de las palabras que ilustraban la contraportada de la novela que andaba leyendo.

Poco tiempo después ingresé en el colegio de enfrente, pero como mi madre puso en conocimiento de las profesoras que yo ya sabía leer, tras la preceptiva prueba y comprobación pertinente, se saltaron conmigo la cartilla y me pasaron directamente al catón, que era el libro de las mayores.

Los tapetes que reproducían mapas desaparecieron de mi vida, supongo que porque se pasaron de moda, sin yo darme cuenta, pero siempre mantuve bien vivo el recuerdo y la anécdota de cómo había aprendido a leer. Un día, muchos, muchos años después, iba en un autobús por la calle Fuencarral de Madrid y volví a ver esos tapetes en el escaparate de una tienda, hoy ya desaparecida. No sé ni adónde iba ni si llevaba prisa, lo que sí que sé es que me bajé del autobús en la parada siguiente, retrocedí el camino y compré uno de aquellos tapetes que volví a poner en la mesa de mi actual cocina. Desde entonces no han faltado, pues los voy reponiendo según se van gastando. A mis hijos también les he enseñado en ellos dónde quedaban las provincias de España.


María del Carmen Ugarte García(María Garcia en FB)
Economista prejubilada.

domingo, 6 de octubre de 2013

Origen de este blog

Pues sí, yo creo en la casualidades y en las causalidades, y el origen de este blog se debe a una de esas conjunciones. La idea  de montar una bitácora donde todo el que lo desee y lo recuerde pueda contar cómo, dónde y quién nos enseñó a leer surge después de colgar esta imagen en mi muro de Facebook.



Mi amiga María García la compartió en su muro y la acompañó con el siguiente comentario:
 

Me llamó la atención su comentario, y aunque el hecho de iniciar a los niños en la lectura tradicionalmente se ha asignado a los primeros años de la escuela primaria, lo cierto es que los que tenemos una cierta edad aprendimos a leer, en la mayoría de los casos, de forma no reglada. Y son historias, las más de la veces, llenas de encanto, de singularidad y de agradecimiento.



La bonita historia que me contó, y que espero me la escriba con más detalles para inaugurar esta bitácora, y el hecho de que aprender a leer es sin lugar a dudas uno de los acontecimientos más fascinantes e importantes en la biografía de un ser humano, me ha animado a diseñar este blog. Te animas y ...