sábado, 18 de noviembre de 2017

Alena Collar



 Siempre que termino de leer un libro que me gusta, que me hace perder la noción del tiempo de lectura, como hoy, pienso lo mismo: qué lujo saber leer. Qué lujo que me enseñaran además el amor por la lectura. Porque no siempre se da; a veces, muchas, se enseña a leer pero no se enseña ese amor por los libros. Y yo no creo que valgan campañas, de colegios, ni nada de eso; creo que es un modo de vida que te incorporan de pequeño en casa. Yo no recuerdo no estar rodeada de libros, de recitados, de gente que me leía antes de aprender, de historias. Vivir, crecer así es un privilegio. Siempre recuerdo el portal de la casa del pueblo, la silla de mi tío Pepe, y una caja. Cerrada. Yo, con tres años. En otra silla.  Mi pregunta habitual con él: “ ¿qué me vas a enseñar?”… Porque mi tío Pepe era un Maestro, aunque no fuera maestro. Era médico. Y me enseñaba, todos los días.

Y aquel día me dijo unas palabras que no se me olvidan: “ Te voy a enseñar un juego mágico que te abrirá las puertas del mundo”. Y cuando le pregunté, “ y ¿cómo se llama el juego?”, me respondió : “ Se llama Leer”.

La caja cerrada –hablo de 1963- contenía unos bloques cuadrados. 28 bloques cuadrados. Mi tío me dijo que cada cuadrado era una letra y tenía un sonido. Y empezamos. Con las vocales, “a” “ como si te sorprendieras”,  “e” como cuando llamas a alguien para que venga”, “i” como si lloraras bajito” “o” como si te asustaras”, “u”, como si quisieras asustar a alguien”. La A dos palitos hacia ti y un palito de mano a mano”, la “E” Un palito hacia ti, dos palitos hacia la mano mala y uno en medio” ( yo soy zurda), la “I” Un palito solito” la O”  “como la pelota, redonda”, y la U” Como la O pero sin cerrar”.
 
A base de sonidos e imaginación, aquel mes de julio veraniego de 1963 fui aprendiendo. Una tarde de aquellas, en las que ya dominaba el abecedario me dijo; “bueno, ahora la prueba final. Pon una palabra”. Yo puse muy despacio una palabra. “Léela”.“Mamá”. Entonces se sonrió y me dijo: “Ya sabes leer, pero vamos a hacer otra prueba”. Sacó un pequeño paquete. Lo desenvolví. Era un libro de cuentos. “Lee el título”, me dijo.Y yo, muy despacio fui leyendo, asombrada, casi asustada, entusiasmada luego, de corrido y alborotándome: “Rubito, el gatito abandonado. Érase una vez un gatito muy pequeño al que abandonaron en un bosque…” -Para, para- me dijo riéndose y cogiéndome las manos. Me paré y me miró. “Ahora sí, ahora es verdad, ahora YA SABES LEER”. Y yo salí corriendo por  toda la casa, armando una escandalera que alborotó a todo el mundo, gritando con mi libro de cuentos abrazado: “ Mamá, papá, ya sé leer”…

Había aprendido un juego mágico que me iba a abrir todas las puertas del mundo, iban a ser mías todas las historias, todos los países, todas las aventuras. Para siempre. Y nunca más, mientras hubiera  libros, me importaría estar horas y horas en la cama…

Siempre que acabo un buen libro, como hoy, me acuerdo de esto, y quería compartirlo con vosotros.


Alena Collar
Escritora y crítica literaria.


miércoles, 25 de octubre de 2017

Martina Tuts



La niña aprenderá las letras en casa —sentenció mi abuela. Y a contar también. Y así, la m con la a, repetida tantas veces, nunca se pronunció mamá: aprendí que a la b y la o se le añadía una n y se pronunciaba bobón que, en nuestro idiolecto particular, no significaba tonta sino buena. Mi abuela era artista: tocaba la mandolina, cantaba y bailaba. Me cautivaban sus dedos recorriendo las ocho cuerdas del instrumento haciendo sonar una y otra vez para mí “Los Niños del Pireo”.

—Otra vez, abuela —pedía sin parar. Ella se esforzaba por introducir nuevas notas, arreglos, variantes, que resonaban en la habitación y me transportaban a mundos de luz azul y olores desconocidos.

Años después, en un barrio de Atenas del que me esforzaba en leer cada cartel, otro músico tocando el bouzouki me retrotrajo a la cocina de Bilbao y al sillón de orejas del rincón desde el que miraba embelesada a esa mujer de dedos largos y sonrisa eterna. Aprendí, pues, a diferenciar -an de -on, al ritmo de las notas, con los dedos en forma de pinza oprimiendo mi pequeña nariz y creo que me hice con el pentagrama antes que con el alfabeto.

Aprendí a leer con los nombres de los alimentos, los indicadores de tráfico, los carteles de las calles, un poema de Baudelaire que, no se sabe muy bien por qué extraña razón, había acabado en el cesto de la leña y que yo repetía, compulsivamente, sin llegar a comprender cómo serían esos amargos abismos….

Souvent, pour s'amuser, les hommes d'équipage
Prennent des albatros, vastes oiseaux des mers,
Qui suivent, indolents compagnons de voyage,
Le navire glissant sur les gouffres amers.

—Lee, lee —insistía mientras desgranaba las notas en las cuerdas— si lees, escribirás. Y lo harás bien. Y a quien escribe bien, se la respeta.

Y leía, pues, sin parar, todo lo que alcanzara mi mano de niña pequeña, en esa casa demasiado grande y demasiado fría, pero en la que se escuchaba siempre la bonita voz de la abuela cantando.

Cuando cumplí cinco años, llegaron los libros: Martina en la Escuela, Martina en el campo, Las vacaciones de Martina… hasta completar una colección que creí durante muchos años que se había escrito especialmente para mí. Así que, cuando llegó septiembre y el primer día de escuela, estaba lista para la aventura.

Pero cuando la maestra escribió las veintisiete letras del alfabeto y nos hizo repetirlas durante una hora y pasó después a ba, be, bi, bo, bu y luego a ca, ce, ci, co, cu y así hasta llegar a la Z, yo ya volaba entre nubes y pájaros con la cu de cuervo, la go de golondrina y la ga de gaviota.

Volvía a casa, mustia, hacía los deberes sin ganas y soñaba con volver a la casa grande llena de música en la que la abuela se inventaba frases que me hicieran pensar o reír y mezclaba las notas con las letras. Es así como canturreaba « do mi si la sol fa si la si re do mi si la do re », obligándome a escribir primero lo que oía (que era lo mismo que las sílabas que nos imponía la maestra) y, después, a sacarle un sentido a lo adivinado, que era algo como «domicile à sol facile à cirer, domicile adoré» (lo que en castellano sería algo como «hogar cuyo suelo es fácil de encerar, adorado hogar», y no tiene gracia alguna) que, a mí, me resultaba de lo más divertido.

Después llegarían los poemas de Luis Aragón, cantados por Jean Ferrat, las letras irreverentes de Brassens o el melancólico cinismo de las canciones de Brel, impresas en octavillas, que vendía un viejecito en los mercadillos de los viernes, entre frutas y verduras y exprimidores de naranjas.

Luego llegarían otros idiomas, otras canciones, otros poemas, otras lecturas. Libros, libros y más libros.

Lee, niña, lee. Si lees, escribirás. Y lo harás bien. Y a quien escribe bien, se la respeta.


Martina Tuts

Editora.


martes, 24 de octubre de 2017

María Luisa Huertas



Me resulta imposible olvidar como y cuando aprendí a leer y a escribir. Toda mi vida ha estado marcada por esos momentos.

Nací en el seno de una familia marginal, en cuanto al trayecto de vida. Mis padres vivían y trabajaban en Marruecos. Durante mi infancia residíamos en las montañas Rifeñas, sin posibilidad de acudir a ningún colegio. Para mi seguridad, me enviaban muy a menudo a España, con los abuelos. Mi abuela era pintora y cantante de ópera y mi abuelo un hombre de negocios liberal, abierto y demasiado moderno para la época. En aquella casa se dedicaba mucho tiempo a las artes, a las reuniones con artistas de todas clases y a la lectura. Para mis abuelos la escuela era perturbadora para los niños, así que, aquí, tampoco tuve la posibilidad de canturrear las sílabas con otros niños. Ni de unir las consonantes y las vocales para formar palabras, sirviéndome de las sugestivas imágenes de los libros de texto.

Aprendí a leer con el Quijote. Sí, con el Quijote. Cuando fui capaz de unir las letras y de comprender las frases, pasé a todo tipo de literatura clásica y menos clásica que ocupaba la biblioteca. Ahora puedo decir que aprendí realmente a leer. Después de cada párrafo leído, se comentaba el contenido y poco a poco, mi pasión por la lectura dejó paso a la pasión por la escritura.


María Luisa Huertas
Escritora.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Carmen Dorado Vedia


Un libro es como un jardín
que se lleva en el bolsillo.
Proverbio árabe.                                                                              
                                                                         
¿Cómo y cuándo comenzó mi pasión por la lectura?
La respuesta es, como cabía esperar, una historia.
La historia de una niña que creció en mil y una noches bajo la cálida voz de su madre mientras le desgranaba las historias de Sherezade, la narradora por excelencia. Gracias a sus cuentos descubrí que nada es imposible: construir un jardín en el desierto, vivir la sencillez de los nómadas, cabalgar sobre una alfombra voladora, recorrer los zocos y, lo más importante de todo, sobrevivir porque hay historias que contar y sabemos contarlas, que estamos vivos porque tenemos voz y porque alguien nos escucha. Aunque esas historias que nos cuentan, que nos contamos, no sean necesariamente placenteras.
La niña se hizo grande. Ya tenía criterio propio y entre los libros de casa buscaba aquellos que le llevasen a paraísos perdidos, playas desiertas, barcos piratas.
Mis primeras lecturas fueron la Isla del Tesoro, Los viajes de Guilliver, las travesuras de Guillermo o los cuentos de Celia de Elena Fortún.
En mi undécimo cumpleaños mi madre me regaló dos libros que me han acompañado desde siempre: Los cuentos de la Alhambra de Washington Irving y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Ese mismo año, con el dinero que habían ahorrado compré el Principito. Por entonces no intuía que más tarde mi profesora de francés me haría leer (precisamente) Le petit prince y Autour du monde en 80 jours.
Poco después llegaron Enid Blyton y los cinco. Ellos me inspiraron los primeros relatos que escribí y que aún guardo con mucho cariño.
A los quince años descubro, gracias a mi hermano, a García Márquez y Vargas Llosa. Del primero he leído (casi todo) lo publicado. Cien años de soledad es mi libro de cabecera, lo he leído y releído en varias ocasiones y puedo asegurar que nunca deja de sorprenderme, además de tener distintas ediciones.
Por esa época es cuando desembarco en la poesía de Machado, Alberti, Lorca, Miguel Hernández.
La niña creció y viajó.
Recorrí Oriente Próximo y aprendí que el más precioso de todos los colores es el que guardan las palabras. Conocí gentes, lugares, aromas que a mi vuelta siempre añoraba con una punzada en el corazón. El vacío de la nostalgia lo llené de libros y autores que me trasladaban a esos lugares. Mi curiosidad me llevó a adentrarme más en la idiosincrasia de sus gentes. Fue la etapa en la que me sumergí en el ensayo, en la novela histórica, en los libros de viajes.
Desde entonces leo con asiduidad a autores árabes como Rafik Schami (sirio), Fátima Mernisi (marroquí), Malika Mokedden (argelina), Ibrahim Al-Koni (libio), Simin Daneshvar y Kader Addolah (persas), Tarik Ali (paquistaní), Niguif Mahfud (egipcio), Amin Maalouf, Khalil Gibran (libaneses), Mahmud Darwis y Edward Said (palestinos).
En el año 2005 entro en el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y gracias a ella descubro autores como Borges, Cortázar, Monterroso, Horacio Quiroga, que me han ayudado a resolver muchos de los vacíos que había en mi escritura. Gracias al Taller, a Camila Paz y a la colección “el pez volador” pude publicar mi primer libro de cuentos Tras las huellas de Sherezade.
Voy a terminar utilizando una frase de Borges: Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Carmen Dorado Vedia



domingo, 20 de agosto de 2017

Silvia Fernández Díaz



En mi vida, he aprendido varias veces a leer. La primera fue en parvulitos, a los cuatro años. Sin apenas darme cuenta, comencé a unir las grafías que, a diario, copiaba en los cuadernillos Rubio. Un día la señorita Gracia nos mandó la cartilla Palau. Era una cartilla de lectura. Es mi primer recuerdo, al que luego sumé el de los maravillosos libros Senda de la editorial Santillana.

Cuando aprendí a leer mis hermanas respiraron aliviadas. Ya no les daba continuamente la tabarra para que me leyeran en voz alta mi libro favorito. Uno sobre el niño Jesús en el templo, que no se titulaba exactamente así y que, desgraciadamente, no he podido localizar en mis largas búsquedas por Internet ni en las ferias de libros antiguos.

Sobre todo, aprendí a leer con las poesías. Con esos poemas de Machado o Espronceda que nos hacía recitar de memoria junto al encerado. Cuando me mandaban esos deberes, siempre pensaba que sería incapaz de aprenderme aquellos versos tan largos. Gracias a la repetición, lo acababa consiguiendo. Esos poemas, grabados desde entonces en mi memoria, han sido las lecturas más inolvidables de mi vida.

También recuerdo gratamente las incursiones a los libros de las estanterías de mi casa. O a los que heredé o me regalaron mis hermanas. Me acuerdo con gratitud de los lomos granates, con letras doradas, de Selecciones del Reader's Digest de mi abuela, las aventuras de Los siete y Los Cinco, las de Tom Sawyer o las de Los muchachos de la calle Pal. Las emociones que viví con Cuando Hitler robó el conejo rosa. Y el deseo de devorar, sin querer que nunca se acabara, La historia interminable, de Michael Ende. Recuerdo una maleta cargada de libros de Cuba, en la que llegó Mi planta de naranja lima. Y La busca, de Baroja, y después muchas más novelas suyas, o las de Herman Hesse, Heinrich Böll, Carmen Martín Gaite... Así se me abrió un mundo paralelo, en el que me sentía mucho más acompañada que en la vida real. Leer junto al balcón, en las noches de verano, era lo más agradable de las vacaciones interminables de mi adolescencia.

Casi nunca he dejado de leer. Durante los años en que me dediqué a preparar unas oposiciones, no pude hacerlo con la asiduidad que quería. Sin embargo, cuando las aprobé, quise cursar algo relacionado con la escritura. Los talleres de escritura de relato y, posteriormente otros más especializados, me han enseñado a leer de nuevo. Antes sabía cuándo un libro me gustaba o, por lo contrario, me aburría, pero no sabía el porqué. O cuál era el motivo por el que me emocionaba. Gracias a la lectura compartida de relatos y novelas en talleres, aprendí de nuevo a leer. A analizar los textos, intentando llegar más allá de lo que se deduce en las líneas, y compartir los comentarios con los compañeros y los profesores. Y sigo en ese proceso maravilloso.

Por lo demás, casi nunca salgo de casa sin un libro en el bolso. Es un objeto imprescindible en mi vida. Uno de los mejores compañeros de viaje. No suelen defraudarme. Y, si lo hacen, no les pido más y enseguida encuentro otro que me satisface. Hace años, al acabar un libro, me quedaba sin saber elegir otra lectura. Tenía que esperar para comprar un nuevo libro, a pesar de tener bastantes que no había leído pero que no se encontraban entre mis apetencias. Sin embargo, ahora tengo en mis estanterías una pila de amigos que esperan el turno para que llegar a mis manos.

Los libros me enseñan a vivir otras vidas, abren mi reducido mundo a otros lugares, a otras emociones, a unas sensaciones que reconozco cuando leo algún párrafo de Sándor Márai, Zweig, Magda Szabó. O me sumerjo en los abismos vitales de Thomas Bernhard. O cuando me deleito en la prosa fluctuante, en el dejarme llevar entre las olas de palabras de António Lobo Antunes. Quizás parezca exagerado, pero no puedo vivir sin los libros. Vivir sin leer es una especie de muerte. Porque los libros me hacen soñar. Eternamente.

Silvia Fernández Díaz.
Escritora y lectora apasionada. Profesora. Administrativo por las mañanas.

sábado, 8 de julio de 2017

Alberto García-Teresa


 

Dice Javier Lostalé que, “quien lee, vive más”. Me gustaría precisar que “vive más intensamente”. O, mejor, “está preparado para vivir más intensamente”. Porque mucho se ha reflexionado sobre la capacidad de la literatura y del ensayo de agudizar nuestra mirada del mundo, de afinar nuestros sentidos, de ayudar a comprender la sociedad, su funcionamiento y a quienes la habitan; de ser estímulo. Sin embargo, me sigue perturbando la concepción de la literatura como mero entretenimiento. Es indudable el placer que nos causa el sentirnos atrapadas/os por una historia, por las correrías de sus personajes. Pero me preocupa que esa experiencia nos desplace, en vez de situarnos en un lugar de percepción y apreciación profundizada, y que se reduzca a evasión y termine obedeciendo o colaborando con lógicas de distracción y adormecimiento.

En cualquier caso, mi comienzo en la lectura, sin duda, vino de la mano de esa inmersión en historias y mundos fascinantes y absorbentes. Nada de extraordinario tiene mi peripecia con la lectura. Desde pequeñito leí con fervor, alimentado por dos fuentes que considero fundamentales socialmente. Por un lado, la biblioteca familiar que había en casa de mis abuelas/os paternas/os: entre los doce hermanas/os, fueron acumulando dos estanterías de novelas juveniles y de aventuras (sobre todo, aquellas historias de Los Cinco, Los Hollister, Guillermo y Julio Verne de la editorial Molino) que me surtieron durante años hasta el punto de precipitar la escritura de mi primera “novela”, cuando tenía once años, sobre una aventura de una pandilla al mismo estilo.


La otra fuente ha sido una librería de mi barrio (un barrio obrero de la periferia de la capital), en la que adquiría, sobre todo, volúmenes de las series de Elige tu propia aventura, Lince y Amy (Resuelve al misterio), La máquina del tiempo, Planea tu fuga... La labor de esos libro-juegos me parece encomiable como animación a la lectura aún hoy. Es una lástima que los intentos en la actualidad de recuperar el formato, hasta lo que sé, no hayan conseguido la popularidad y la implantación que aquellas series obtuvieron en su momento.

Temprano llegó también mi afición por los cómics. Ahí se fue fraguando el magma, a base de material de fantasía y ciencia ficción para que, durante la preadolescencia, fueron cayendo esos hitos que jalonaron el género en narrativa, y que me marcaron profundamente: El señor de los anillos con once años (en una lectura tan alejada de la que pude hacer más tarde a los veintitantos, que siempre guardo como ejemplo del valor de las relecturas y del acompañamiento que las grandes obras nos van dando en distintos momentos de nuestra vida), H.P. Lovecraft con doce o trece (ídem), Isaac Asimov (que, por el contrario, hay que reconocerlo, resiste mal las relecturas en la madurez)… 


A la poesía, que ha sido el motor de buena parte de mi vida desde mi juventud, llegué en el instituto. Miguel Hernández y Juan Ramón Jiménez (con distintas facetas de su obra a lo largo de los años, en su caso), por distintas razones, entraron muy pronto a formar parte de mi propio cuerpo, y ahí siguen alojados, alimentándome continuamente. Por tanto, poesía y ficción especulativa y fantástica fueron mi sustento (lector y vital) al que se sumaron ensayos de política, sociología y de teoría literaria.

Sin embargo, desde el inicio de mi tercera década en la vida, he ido perdido el interés por las tramas de la narrativa. Sí que presto mucha atención a la construcción del aparato narrativo pero, en el fondo, me desentiendo de si el asesino es el terrateniente o el jefe de policía. Salvo títulos concretos y el género del microrrelato (síntesis de movimiento y sugestión), la verdad es que me duele reconocer que no me interesa la narrativa (y mira que tengo centenares de estupendas novelas por leer en casa todavía…). Que lea ahora menos de una decena de novelas al año (frente al centenar largo de poemarios y libros de ensayo, teniendo en cuenta que hace años devoraba más de cincuenta novelas) creo que resulta significativo.

Pero, ¿qué habría sido y es mi vida sin libros, sin literatura? Sin lugar a dudas, algo radicalmente distinto, pues la lectura me ha configurado por completo. Afortunadamente.



Alberto García-Teresa
Filología Hispánica, poeta, microrrelatista y crítico literario. Trabaja en una biblioteca municipal.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Inma Blanco




Mi vida era demasiado inquieta como para perderla leyendo, bueno eso era más o menos lo que sentía cuando corría a trompicones por Membrilla mi pequeño pueblo manchego.

Recuerdo la mano amorosa de doña Marce acompañando a la mía mientras entre las dos juntábamos unos palotes de los que de forma mágica salía algo parecido a las letras. Muchos días, la profe repartía equitativamente la pizarra, que rodeaba toda el aula de las niñas en la escuela de San León, y entonces comenzaba lo divertido. En aquel pequeño espacio de pared, podía dar rienda a mi fantasía, dejar que mis manos escupieran lunas, soles o estrellas: sí, porque mis primeras palabras eran dibujos inconexos, como los de casi todos los niños a los que permiten soñar despiertos.

Un día, a escondidas de mi madre, me llevé al parvulario un precioso libro de cuentos que alguien acababa de regalarme. Aún hoy imagino los dibujos preciosos de sus láminas y siento, tan claramente como aquel día, el dolor que me produjo verlo todo roto en una especie de alcantarilla situada en el patio de recreo. Los juguetes y los libros eran un bien preciado e inusual en los niños del pueblo, solo aquellos que teníamos familia fuera de allí solíamos tenerlos. No sé si fue la envidia o la rabia de alguna de mis compañeras, yo solo recuerdo mi propia rabia y  dolor. Un libro es un tesoro demasiado valioso para sacarlo de casa, al menos eso es lo que pensé aquel día.

El libro preferido de mi hermana era el de Heidi de Johanna Spyri. Cuando cumplí los nueve años descubrí que también era el mío. Fue el primer libro que fui capaz de leer entero (hasta entonces solo leía comics) y aquel verano, en el que yo estaba por fin en casa convaleciente de mis dos operaciones, fui consciente de que todo el sufrimiento de la niña de los Alpes en la ciudad de Frankfurk era similar al mío en aquel hospital de Madrid. Heidi abrió para mí una puerta que nunca más se cerró.

Mi hermano, a diferencia de mí, devoraba libros desde una edad temprana. Este hecho facilitaba que yo tuviera un buen surtido de libros para elegir. Él tenía casi todos los libros de Julio Verne, un escritor que a mí no me hacía mucha gracia, pero gracias a mi hermano, pude vivir aventuras sin fin. Recuerdo con mucho cariño libros como: "La isla del tesoro" de Robinson Crusoe, "Los viajes de Gulliver"... etc. Se suponía que eran libros para chicos pero a mí me encantaban. En mi adolescencia descubrí a Charles Dickens y leí todo lo que de este escritor caía en mis manos; me pasaba los días ahorrando para comprarme libros ya que mi hermano no los tenía todos. Con trece años leí "Los Miserables" de Víctor Hugo en dos tomos enormes; también por aquella época más o menos cayó en mis manos "El Decamerón" un libro que me dejo alucinando y que me abrió la parte más oculta del ser humano: la del sexo. Yo ni imaginaba que pudiera haber libros que hablaran abiertamente de todo lo que yo creía sucio y oscuro.

Me encantaba leer y a la vez intentaba escribir y vivía un mundo paralelo lleno de fantasía. No me gustaba mi mundo real, había pasado dos años de mi infancia en un hospital y tenía grandes problemas para volver a sentirme parte de mi familia. Mi refugio, mi mundo estaba en todas aquellas historias que leía o que imaginaba. Pero el tiempo todo lo cura o al menos poco a poco va poniendo todo en su sitio. Con los años, he visto como mis hijos aprendían a leer, como de un día para otro aquellos signos incomprensibles tomaban forma en sus pequeñas cabecitas y como daban forma a sus sueños a través de dibujos y más tarde de palabras. Y he visto también a mis nietos y como alguno de ellos ha heredado de mí un gran amor a la lectura. Ahora escribo, sueño, imagino pero sobre todo indago y busco en mis raíces que para mí lo son todo. Creo a pie juntillas que las mejores historias casi siempre surgen de la realidad por muy dura que esta haya sido porque siempre hay rayitos de luz que la hacen brillar. 

Inma Blanco.
Educadora Social, Criminóloga y Escritora (o al menos intento serlo).

viernes, 5 de mayo de 2017

Alessandra Bonatti



En mi casa siempre hubo libros en distintos idiomas, revistas, discos de música y poca televisión.

Cuando llegué con mi familia a México con poco mas de dos años recuerdo a mi madre que colocaba libros que sacaba de cajas de cartón sobre los estantes de la biblioteca. Uno en particular llamó mi atención. Tenía una portada coloreada con una de las rimas del libro; la de la vaca que saltaba sobre la luna. Se trataba de “Mother Goose” , Mamá Gansa.  Esa vaca risueña que saltaba en dirección de la luna que a su vez sonreía me llevó a pensar que tanta jocosidad bien merecía comprender lo que significaban esas letras negras sobre la hoja blanca.

Ahí se abrieron las puertas que me han llevado a leer insaciablemente.

En la escuela primaria tuve la buena fortuna de tener a la Sra. Emilia Quilez como profesora . Era una mujer con una personalidad contundente que había huido de España con su familia durante la guerra civil en 1936. Recuerdo en particular la lectura de Juan Ramón Jiménez y sus relatos de su amado burro, Platero.

Mas tarde, nuestra maestra fue la Señorita Herrera cuya vida fue dedicada a la enseñanza. Gracias a ella aprendí mucho sobre la historia de México empezando por los pueblos que vivían en el territorio mexicano antes de la llegada de los españoles; los toltecas, chichimecas, zapotecas, mixteco zapotecas, mayas, aztecas entre otros. Eran tantos pero cada tribu tenía sus singularidades y cultura. Nos mostraba dibujos de los mismos mientras se desenvolvían en su vida de todos los días.

Cuando llegué a la escuela secundaria me agradaba dirigirme a la biblioteca de la escuela americana durante las horas de recreo. Ahí descubrí a la que se convertiría en mi heroína, una chica de nombre Nancy Drew  que era detective e investigadora a la edad de 18 años. Junto con otras dos amigas resolvían casos misteriosos con ingenio y astucia. Era huérfana de madre y su padre era su mayor admirador, alentándola a seguir con su trabajo. En vez de recordarle que corría peligros la sostenía e instaba a creer en si misma.

A medida que fui creciendo descubrí a los grandes autores de la literatura latinoamericana. En particular la gran obra de García Márquez dejó en mi una huella profunda.

Seríamos seres empobrecidos sin la lectura de un buen libro.

Alessandra Bonetti 
Traductora e intérprete


lunes, 13 de marzo de 2017

Ainize Salaberri


 «Una amiga mía va de librería en librería, yo creo que finge, que se inventa su amor por los libros; no puede existir semejante pasión.»

Probablemente eso es lo que hubiese dicho yo, a mis nueve años, si hubiese tenido la capacidad de expresarme, en aquel entonces, con un lenguaje puro y directo. ¿Libros? Menuda cosa. La niña traviesa pero silenciosa que yo era no leía. En mi habitación había estanterías llenas de libros. Recuerdo el lomo de La isla del tesoro, que aún está (y creo que es de los pocos) en la estantería; recuerdo los lomos de los clásicos (tres estanterías en total, ordenadas por colores; rojo, azul y verde) con Tolstoi, Verne, Dostoievski. Pero, sobre todo, recuerdo cómo los miraba, con qué indiferencia y con qué sopor. Veía en mi casa a mi padre leyendo y suponía que era algo digno de hacer, algo que por algún motivo que no comprendía debía hacer. No lo hacía. Muchas veces, llevada por una culpa que no sabía muy bien de dónde venía, cogía los libros y los hojeaba. Pasaba las manos por ellos, por el lomo que, a veces, tenía relieve; abría el libro y pasaba los dedos por las letras. Quizás incluso en algún momento oliese las páginas, no lo sé. Y tal y como los abría los volvía a cerrar. No me convencían. No me gustaban. A lo mejor era porque los veía ahí, en la estantería frente a mi cama, y sentía que me estaban imponiendo algo. Además de traviesa era rebelde, a mí no me gusta que me manden, me oigo decir. Los veía ahí, esperando, y me daban rabia. Recuerdo lo que pensaba del tamaño de los cinco libros que formaban Guerra y paz. Lo único que me llamaba de la obra era la palabra guerra, pues definía perfectamente lo que sentía al mirarlos; era como si estuviese creando mi propia revolución negándome a leer. Y es que no entendía el placer que se me intentaba imponer. Lo mismo pasaba con los libros de lectura obligatoria en el colegio. Uno cada dos o tres meses, creo recordar, en castellano y en euskera. Y, cuando llegó el momento, también en inglés. Y los leía porque no me quedaba más remedio, pero aquello no ayudó a mi concepción principal de la lectura. En mi infancia nadie me enseñó a leer, nadie puso en mí la semilla de la curiosidad por ver qué demonios encerraban todos aquellos lomos de colores que, dicho sea por otra parte, alegraban mi habitación y hacían que me olvidase del horrible papel estampado de las paredes. Pero eso era todo; era bonito verlos desde fuera, única y exclusivamente, porque nadie intentaba que viese lo bonitos que podían ser desde dentro. De las explosiones en su interior nadie me habló, y yo me dediqué a perder el tiempo miserablemente. Y, pese a todo, me gustaba verlos, que se amontonasen, que mis padres me regalasen libros y los dejasen en las estanterías, que hiciesen sitio en ellas. Me gustaba tenerlos, tocarlos de vez en cuando, como si mi yo infante fuese capaz de advertir, de alguna forma, que en algún momento ellos se convertirían en parte esencial de mí misma y de mi vida, que realmente habría una revolución, una pasión, y que comenzaría gracias a ese amor por tenerlos ahí, cerca. Quién le iba a decir a aquella niña rubia y alejada de toda literatura que, en unos años, su vida no tendría sentido sin los libros.

Yo, como Agnès Desarthe, también tuve que aprender a leer.

¿Qué me interesaba de pequeña? La vida contemplativa, al parecer. No tengo un claro recuerdo de qué hacía para llenar las horas o, mejor dicho, qué hacía para perderlas. No leía, tampoco me esforzaba en el colegio. Hacía deporte, mucho, y me gustaba estar sola. Cuando terminé primaria y empecé secundaria me dio por leer los libros de Pesadillas, quién sabe por qué. Pero eran los únicos libros, junto con los del pequeño Nicolás, que me atraían, entretenían, divertían. Y los leía de una atacada, y pedía más, y leía más. Los lomos de colores seguían esperando su turno. Mientras leo Cómo aprendí a leer, de Agnès Desarthe, me siento muy identificada con la niña que ella era. Los libros no le interesaban: «Leer no sirve para nada. Yo lo que quiero es escribir. Aún ignoro que existe un vínculo necesario para ambas actividades.» Escribir sí que me gustaba, como a ella. Recuerdo todos los cuadernos llenos de titulares y frases recogidas de los telediarios; llenaba páginas y páginas, con mi mala caligrafía, con todas las frases que escuchaba y que me daba tiempo a copiar. Saltos de historias que más tarde releería. También me gustaba ponerme delante de la tele, con cualquier cosa que mis padres estuvieran viendo, y con una frase cogida al azar escribir una historia. No sé qué fue de esos cuadernos ni qué objetivo pretendía con aquella actividad, pero recuerdo la sensación de estar haciendo algo importante. De pequeña, y es curioso, me llamaba más dejar por escrito —como si se tratase de una necesidad— que empezar por lo escrito. Era el camino incorrecto. Porque, como dice Desarthe, «La escritura es algo peligroso.»

—Estoy tan hastiada —le confía a su hermana Julia, que se asombra:
—¿Cómo haces para conocer tantas palabras?
—Leo —responde Judith.
—¿Lees? Pero si no te he visto nunca con un libro en la mano.
—Leo a escondidas —murmura la pequeña.
—¿A escondidas de quién?
—De mí misma —responde aún más bajito.

Desarthe comienza a aprender a leer cuando su padre decide curarla (curarla de la no-lectura, claro). Le empieza a dar pequeños libros que sabe que hará que su hija cambie esa actitud un tanto despótica hacia la literatura. Le da a Camus, a Duras; descubre los asesinatos y los ambientes de Raymond Chandler, y da con El ruido y la furia, de Faulkner. Y sigue. Salinger. Woolf. Claro, pienso, así sí. También tiene una profesora sustituta que les hace leer a Prévert, que le lleva a Racine y su Fedra, y a sentir que la Bovary es una imbécil redomada. Aprende. Y un día llega a Isaac Bashevis Singer: «a partir del descubrimiento de Singer puedo leerlo todo. Ha saltado un cerrojo, ha cedido la última reticencia, ya no siento ni miedo ni aburrimiento (…) Me convierto en lectora compulsiva». Todos, creo, tenemos un escritor que nos cambia la vida, que nos hace lectores. Cuando una profesora, en cuarto de secundaria, me enseñó a leer, lo hizo a través de Gabriel García Márquez, de Darío Jaramillo Agudelo, de Benito Pérez Galdós, de Luis Sepúlveda. Luego llegaría otro profesor que me hizo amar, en la asignatura de Derecho, a George Orwell, a Franz Kafka, a Saramago. Devoré 1984 y creo que ese libro fue el que me convirtió en lectora. Más tarde vendrían los meses previos al gran salto académico y la búsqueda de lectura, casi todos los días, en las librerías, de aquellos títulos que habrían de iluminarme el camino. En aquel entonces eran los títulos los que me convencían, más que la contraportada. Con el tiempo aprendí a no fiarme de ninguna de las dos cosas; ambas eran bastante mentirosas. A leer también se aprende malgastando el dinero. Después llegaría la universidad y con ella todas mis obsesiones (Virginia Woolf, Frankenstein, Sylvia Plath, Anne Sexton), y más adelante llegaría la vida, y la revista, y…

Siento, de alguna forma, que la vida literaria, íntima y personal, exclusiva y privada, de Agnès Desarthe tiene mucho que ver con la mía. De pequeñas rechazábamos los libros, afirmábamos que no nos gustaba leer, pero sí escribir. Pese a todo, nuestros resultados académicos nos llevaban a tener que sobrevivir, o malvivir, de las letras. Ella creció en un entorno en el que todo lo que la rodeaba eran libros, intelectualidad. Yo crecí en una habitación en la que todo lo que me acompañaba eran libros y lomos de colores. Y la intención. Y el saber que allí había algo que podía cambiarme la vida. Tardé demasiado en descubrirlo. O quizás no. Ahora sé que todo lleva su tiempo, que todo tiene su momento. Por suerte, aquella profesora de literatura de secundaria y bachillerato, me salvó la vida. Si no hubiese sentido ira y rabia después de leer Crónica de una muerte anunciada, probablemente no hubiese seguido leyendo. Si Orwell no hubiese llegado para darme una lección, seguramente no hubiese querido estudiar filología. Si no hubiese estudiado filología no hubiese descubierto a Virginia, y no imagino mi vida sin ella, pero tampoco sin Orwell, sin Kafka, sin García Márquez, sin Anne. Mi apellido se liga ahora a todos los apellidos que marcan mi historia literaria y que me dan sustento, seguridad, un mundo en el que apoyar los pies sin miedo a derrumbarme. Y todo debe ocurrir cuando debe ocurrir. Como encontrar al amor de tu vida. Ahora sé de lo que hablo. Desarthe también traduce, era el paso natural. Para ella la traducción admite ciertos cambios (el cambio en el nombre de un personaje, por ejemplo), lo que vienen a ser como saltos al vacío. De hecho, creo que lo entiende como algo así: dejarse la piel al borde del abismo y saltar, desnuda, en un mundo que no has creado pero al que debes amamantar; darle forma, cuidarlo, traducirlo. «Siempre tengo presente, al traducir, la imperfección, la merma, el fracaso. Volvemos a la decepción. En traducción se empieza sistemáticamente vencido. (…) Y sin embargo hay que hacerlo, traicionar con toda consciencia, franquear la frontera a riesgo de asesinar la tan frágil poética, hacer obra de contrabando, y para ello es necesario, antes, saber leer.» Y de nuevo me doy cuenta de que empecé a leer para poder traducir, que estudié filología para leer y traducir, que deseo ganarme la vida leyendo y traduciendo.  La vida no da puntada sin hilo.

«Escribir, traducir (pero, finalmente, ¿no son una sola y única actividad?) me enseñaron a leer y siguen haciéndolo. Ahora que leer se ha convertido en mi ocupación principal, mi obsesión, mi mayor placer, mi recurso más fiable, sé que el oficio que he escogido, el oficio de escribir, ha servido y sirve sólo a una causa: acceder por fin a la lectura, que es al mismo tiempo el lugar de la alteridad calmada y el de la resolución, nunca concluida, del enigma que constituye para cada uno su propia historia.»


Ainize Salaberri
Traductora, profesora de inglés y creadora y directora de la revista literaria Granite & Rainbow.

La autora escribió este relato en su blog personal "Ainize Salaberri" y ha dado su permiso para publicarlo aquí.

 

viernes, 24 de febrero de 2017

Belén Gonzalvo Val


SENDA DE LIBROS

Cuando era pequeña había una habitación especial en la casa de mis padres. Las sillas eran de plástico naranja y tenían repisas de las que se recogen en el lateral. Aunque con la maniobra para lograrlo corríamos el riesgo de pillarnos los dedos, plegarla y volverla a abrir era uno de nuestros pasatiempos favoritos. En esa habitación convertida en aula de matemáticas para las clases matutinas que impartía mi padre, se pasaba de recitar números y fórmulas a disfrutar con el ritmo de las palabras. Solo cuando entrabas comenzaban las aventuras.

El sonido de la tiza en la enorme pizarra marcaba nuestro recitar:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
-no diré corría-,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: "Tente,
amigo, ¿qué es esto?"

Las fábulas de Iriarte y Samaniego son el primer recuerdo que guardo de un texto aprendido para ser contado sin sentirlo como una obligación. Mi padre había logrado reunirnos a los cuatro hermanos alrededor de un libro lleno de animales, ritmo y muchas moralejas que yo apenas lograba entender.

Subió una mona a un nogal
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde,
aunque le supo muy mal…

Era en ese aula donde conseguía cambiar lo que en el colegio se había convertido, según mis recuerdos, en un trabajo aburrido y lleno de temor: aprender a leer. Esto lo supongo, porque mi único recuerdo de parvulario relacionado con mis primeras letras no es bueno. Me veo escondida debajo de la mesa, agobiada por las grandes vocales que vigilan desde los carteles que forraban las paredes de la clase. Es posible que todo fuera parte de algún juego de la maestra que no debí de entender bien, porque asustada estaba, y mucho. Hasta tuve pesadillas llenas de grandes vocales persiguiéndome cada noche. Lo alucinante de esos sueños era que la velocidad parecía siempre la misma, daba igual que la vocal fuera una O que un palo poco dado a rodar como la I. Siempre me despertaba un paso antes que caer aplastada por una letra monstruosa, pero la angustia no me la quitaba en todo el día.

En cambio con los poemas le cogí el ritmo al asunto, tanto que con el tiempo aprendí a tocar la guitarra para poder contar historias con un compás distinto al de la escuela.

Todavía hoy, cuando nos reunimos los hermanos, somos capaces de recitar alguna de esas fábulas corrigiéndonos y sintiendo el cariño de nuestro padre en cada verso. Eso sí, acompañados de los instrumentos que cada uno fuimos eligiendo a lo largo de nuestra senda de libros y ritmos.

Gracias, papá.

Belén Gonzalvo Val

Violonchelista y en los últimos años cuentista de ratos perdidos.