sábado, 21 de diciembre de 2013

Aurora Humarán

Con mi maestra de preescolar


“Aurora, ¿cómo andan tus recuerdos de cómo aprendiste a leer?”

Muy frescos, le contesté a Mayti, porque es un tema que suele conversarse en reuniones familiares. ¿Por qué? Porque fui precoz con la lectura, pero no por ningún mérito intelectual, sino por mi ya por entonces (insoportable) incapacidad de quedarme quieta.

Tenía 4 años, y contraje hepatitis. Eso me tuvo en cama durante muchos más segundos de los que toleraba por entonces (u hoy). No sabían qué más hacer para que no me aburriera. Así, llegaron los diarios, las revistas y los libros. Nadie entiende cómo fue porque nadie me enseñó, pero lo cierto es que en unos poquitos meses, ya leía sola.

Casi al mismo tiempo, como una compañera inevitable de la lectura, llegó la escritura. Fue por esto que cuando empecé el preescolar ya sabía leer y escribir. Recuerdo con cariño cuando la maestra de primer grado nos pedía que dibujáramos sol, sol con nube, nube, lluvia… Ya saben, lo típico, acompañado de una oración: Hoy es un día soleado. Hoy llueve. Mis escritos no eran de una oración, sino que solían ocupar una página. Y se nota que me gustaban las metáforas desde esa época porque en uno de esos verborrágicos detalles meteorológicos escribí, sobre la luna: “esa pálida viajera del espacio”.

Mamé el amor por los libros en casa. Mami leía. Todos hablaban sobre literatura. O me contaban sobre mi bisabuelo escritor (anarquista vasco), amigo de Alfonsina y de Horacio Quiroga. O sobre Estela Canto (la mujer Aleph, mi tía bisabuela). Eso me nutría. Eso me hizo la que soy. Cuando terminé primer grado, mi abuela materna me regaló una colección de diccionarios enciclopédicos (más grandes que yo). Los amo. Acá los tengo, cerquita.

Luego la suerte me trajo a la vida a una maestra mágica (desapareció con la dictadura, con los otros 29.999). La señorita María Elena nos ponía “Las cuatro estaciones" de Vivaldi y nos decía, alta y sonriente: ¡escriban! Y esa Aurorita, que sufría a la hora de calcular cuánto tardan tres albañiles en construir una pared si uno solo tarda dos días, era feliz y construía mundos en esos  renglones. De ese contacto con María Elena nació un libro que ocupó un cuaderno Gloria. Trataba sobre un caballo que vivía solo en un planeta chiquito y cuidaba una flor. El plagio tan obvio me produce una ternura infinita.

Otra maestra, la señorita Ema, organizaba carreras de diccionarios. Decía una palabra, y el que la encontraba primero ganaba. Un placer premonitorio.

Tengo muchos recuerdos asociados con los libros. Esperaba al señor del Círculo de Lectores como quien espera un nuevo juguete. Sentada al lado de mi mamá (a quien, en realidad, visitaba el señor) me emocionaba ver los libros que salían de las cajas prometedoras. El primer libro “de grandes” que leí fue "El habitante y su esperanza" de Pablo Neruda (robado de la biblioteca de mi madre).

La coronación de mi vida en este tema es haber parido una hija palabrera. Desde los "libros de chico", con escala en Agatha Christie, Asimov y otros amigos, le presenté a Baricco (Noveccento), y ella me regaló mi primer contacto con Unamuno (Niebla). Cada año, antes de entrar a la Feria del Libro, nos juramos que este año no compraremos muchos libros. Promesas que nacen muertas. Vicios saludables.

Hoy escribo en español lo que otros escribieron en inglés. Una variedad un mucho encorsetada de escritura, pero hermosa.

Leo apasionadamente, de a tres o de a cuatro libros. Primero los huelo, como hace cualquier palabrista que se precie. A mi escritor favorito, Borges (¿quién otro?) lo releo cada tanto. Me nutre. Y llámenme rara, pero de corazón siempre he sentido que los escritores que amo son mis amigos. Por eso, a veces, les escribo, en sus mismísimas hojas, que los quiero, les agradezco o les estampo un beso al terminar de leerlos. Son Jorge Luis, Marechal, Wilde, Carpentier, Manucho, Octavio, Virginia, Capote, Pessoa, Pablo el chileno enorme, Hawthorne, Brecht, Julio, Fiodor, Ray con sus seres de ojos amarillos, el tortuoso Poe y la tenue Emily. Soy mucho de lo que soy gracias a ellos.

Aurora Humarán
Traductora

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pilar Chargoñia

En la fiesta de final de curso

Yo aprendí a leer…

… con mi madre, que ha estado siempre allí, constante, casi invisible. No tengo recuerdos de cómo aprendí a leer. Sí en cambio de cuando me saqué un sobresaliente en lectura oral. 

Una noche de invierno, antes de la cena, pedí a mamá que me prestara atención y me corrigiera para poder leer en la clase del día siguiente. Comencé la lectura de un texto corto, de un autor uruguayo conocido, Serafín J. García. Sobre el campo, niños, pájaros, poco importa.

«¡No!, ¡así no!», me decía mamá, en los límites de su fastidio, mientras trajinaba en la cocina y trataba de ayudarme.

Volví a leer el texto una y otra vez, incontables veces… Hasta que logré su visto bueno. Conseguí terminar correctamente la pronunciación de cada palabra; le di la entonación adecuada a esas oraciones largas plagadas de comas.

Al otro día leí en la clase como si lo hiciera para mi madre. Llovía, era una de esas mañanas oscuras y olorosas a ropa mojada. La hermana Benigna, monja maestra de la clase de 4° año del Colegio del Divino Maestro, Carmelo, Uruguay, luego de mi lectura dibujó a lápiz, sobre el margen de mi texto escolar, un Ste. leve y bellísimo.

Volví a casa, le mostré la nota a mamá y fuimos felices.

Años después sigue sorprendiéndome mi propia proeza: tenía entonces, y sigo teniendo ahora, hipoacusia severa. Pero nadie lo notó, nadie lo sabía todavía. Le debo a la constancia y exigencia de mi madre una pronunciación casi perfecta, como de persona con audición normal.

Pilar Chargoñia

Correctora de estilo

jueves, 12 de diciembre de 2013

Benito García Peinado



Mi padre hubiera preferido el colegio donde estudió él, La Mirandilla, pero nos quedaba muy lejos, casi en la otra punta de Cádiz, así que mi madre se salió con la suya y me llevaron a la Academia de Enseñanza primaria Hermanos Garate que había cerca de casa y que era muy pequeñita, apenas un chalecito con cuatro o cinco habitaciones que servían de clases y en la que Don Francisco, que ejercía la dirección, tenía un trato muy personal con todas las familias. Además, se ofrecía la posibilidad de apuntarse a las clases de apoyo y recuperación por las tardes para hacer las tareas, toda una novedad por entonces, una vez terminada la jornada escolar.

Me acuerdo muy bien de la señorita Vicky (mi primera maestra) de la que por supuesto, me enamoré. Recuerdo también la cartilla Palau con la que aprendía a leer y los dibujos que en ella había. Una vez terminada esta etapa inicial finalicé mi escolarización básica y los estudios medios en el colegio San Felipe Neri que los Marianistas mantienen en Cádiz.

No he sido un gran lector de libros “importantes” cuando niño, pero no culpo a la escuela de ello. Coincido con algunos que me han precedido en este blog en que los pilares básicos sobre los que me interesé por la lectura estaban fuera de la escuela. Creo que la lectura, por aquellos tiempos, era una tarea familiar y social y sencillamente no estaba preparado para ellos.


No conocí a los clásicos de la literatura universal hasta que me hice un zagal de nueve o diez años, época en la que dediqué muchas horas a la lectura de las entregas semanales del Guerrero del Antifaz, que dio lugar a una interminable lista de cómics y tebeos de la época hasta que llegó el increible Spiderman y del que salté a las colecciones ilustradas de los clásicos, a las novelas de Julio Verne, a La Isla del tesoro, a Robinsón Crusoe, Los tres mosqueteros...


Esta historia personal con los cómics y las novelas ilustradas sigue hoy día en mis clases, donde trato que la chavalería acceda a estos clásicos mediante lo visual. Soy de los que piensan que hay que invertir en cómics en las bibliotecas públicas y los espacios dedicados a los libros en las aulas, porque desde ellos, contribuiremos a que las generaciones futuras se interesen por la lectura de una manera más natural.



Benito García Peinado

Maestro de Primaria.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Melchor Manota


Eran los últimos años de la década de los 50 y, aunque no tengo conciencia exacta del momento en el que comencé a leer, si la tengo acerca de los factores que influyeron, de manera decisiva, en mi aprendizaje inicial, tanto en la lectura como en la escritura.

Mis primeros recuerdos de lectura y escritura en la escuela de mi pueblo me llevan a una cartilla que se llamaba "Raya primero". En ella empecé a conocer las vocales y las primeras letras. Por supuesto, a base de repetir innumerables veces tanto la lectura, que hacíamos cantando y a coro, como las interminables muestras y copiados para la escritura.

Hubo, sin embargo, fuera de la escuela, dos pilares que influyeron en mi despertar a la lectura. El primero era un señor mayor que se llamaba Matías y que, en las calurosas noches de verano sentados al fresco nos contaba, con infinita paciencia, los inolvidables cuentos de Calleja y el bizco Pardal. Eso despertó en mí el deseo de leer y conocer mejor esas historias y, por fortuna, encontré otro eslabón que me ayudó en la tarea: los tebeos. Mis preferidos eran El capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín y El Guerrero del Antifaz. Recuerdo que íbamos al  quiosco de "El Chico" y, por unas "gordas" (así llamábamos a las monedas de céntimos de peseta) podíamos cambiar unos tebeos  por otros, una y otra vez.

En la escritura tuve la suerte de tener un maestro que se llamaba don Manuel, al que le debo el amor por la escritura. Respetar los trazos, las formas. Tenía una gran vocación y contagiaba su afán por el trabajo bien hecho.

A lo largo de mi vida he procurado seguir esa máxima. La Lengua es el principal y más preciado tesoro del que dispone el pueblo. Debemos cuidarla al máximo , respetarla y enriquecerla día a día.

Por último dejar constancia de que en la vida, con el paso de los años, aprendes a valorar la importancia que puede tener el maestro o la maestra o las personas de nuestro entorno más cercano. Y llegas a la conclusión de que la calidad de la educación que recibes viene dada, fundamentalmente, por lo que ellos son capaces de transmitirnos.

Melchor Manota
Maestro jubilado.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Miguel Ángel Román

Es evidente en estas imágenes mi afán lector


- Mamá, mamá, mira: esa es la letra ce. -Dije señalando al rótulo de una tienda.
Y aunque mi madre tiraba de mí obligándome a continuar la marcha -“cosas de niños”- yo insistía…
- Mamá, mamá: y esa letra es la ese. Ahí dice “ca-sa”.

"Bueno, ¿y qué?", pensaría mi madre. Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Primero aprenden a hablar y luego a leer. El hecho de que yo aún no hubiera cumplido los tres años no añadía mayor relevancia.

Pero, claro, había truco. Mis padres, jóvenes, gustaban de reunirse con otros matrimonios amigos para ir los sábados por la noche de tapas, copas y jolgorio. Así que, una vez el pecho materno cesó en su función nutricia, reanudaron sus correrías mientras el niño, yo, quedaba convenientemente depositado en casa de los abuelos, que para eso están, desde el sábado por la tarde para recogerlo el domingo por la mañana, de camino a misa.

Mi abuela tuvo entonces que enfrentarse de nuevo, tras haber criado tres hijos propios, a la tarea de mantener entretenido a aquel renacuajo inquieto. Abuela Carmen no tenía más estudios que los primarios, pero de muy joven había sentido la llamada de los escenarios y llegó a actuar en varios antes de que su matrimonio con un honrado orfebre le hiciera abandonar la farándula. Lo que no abandonó fue la afición a la lectura que había adquirido releyendo las obras teatrales hasta memorizar todo el texto, especialmente los diálogos de su personaje y los pies que le daban entrada; cada tarde se sentaba en su balcón con un libro entre las manos y dejaba pasar las horas en compañía de Calderón, Becquer, Lorca...

- Abuela ¿qué haces?
- Estoy leyendo, mira.– Y me enseñaba aquellas hojas llenas de minúsculos trazos de misterioso significado.
- Yo también quiero leer.

¿Y por qué no? Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Así que no se le ocurrió mejor cosa que comprar una cartilla y enseñarme las letras. Me enseñaba una letra nueva cada sábado, y yo empleaba el resto de la semana en localizar la recién aprendida en cuanto papel o letrero se ponía a mi alcance.  Mi mente párvula descubrió que aquellas letras estaban por todas partes, que el mundo estaba compuesto por miríadas de letras que decían cosas a quien las conociera, y la inquietud por incorporar a mi bagaje a aquellas a las que aún no les había llegado el turno aumentaba a cada semana.
El año en que cumplía cuatro primaveras, mi madre me llevó al parvulario más cercano, regentado por las Reverendas Madres Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Yo iba jubiloso con mi babi de rayas y el estuche de colores, ansioso por ir al colegio como el resto de los niños de mi calle.

Pero ¡qué decepción! Allí no leía nadie, solo te ponían a jugar con tacos de madera y a pintarrajear en la libreta. Afortunadamente, al tercer o cuarto mes cayó en mis manos una cartilla que habría extraviado algún alumno de primero. Ávido de letras me puse a leerla, en silencio, que mi abuela me había enseñado a no leer en voz alta para no molestar a nadie. La madre Leticia, que me vio pasando las páginas muy atento, pensó que estaría mirando las ilustraciones, pero se acercó a preguntarme:
- ¿Qué haces, niño?
- Estoy leyendo.- Contesté yo, muy ufano de poder responder lo mismo que me dijo mi abuela.
- ¿Ah, sí? –decidió seguirme la "broma" y, señalando una línea en la página abierta, me retó- ¿Y qué pone aquí?
- “El pato Perico tiene dos patas y un pico”.

A la madre Leticia se le escurrieron los espejuelos nariz abajo y se le quedaron colgando del cordoncillo, al igual que quedó colgando su mandíbula dejando ver una boca muy abierta con algunas muelas de oro.

Cuando mi madre llegó para recogerme a la hora del almuerzo me encontró en el centro de un corro de hábitos negros y con un ejemplar del Kempis, “Imitación de Cristo”, en las manos, leyendo en voz alta a aquel solícito auditorio. Al verla llegar, la madre superiora se dirigió a ella muy alterada.
- ¡Este niño sabe leer!
- Sí, claro. Eso es bueno ¿no?
- Pero es que va a tener que hacer la Primera Comunión.
- Pero si aún es muy pequeño.
- Sí, pero si sabe leer tiene que aprenderse ya el Catecismo, porque si no le puede entrar el diablo en la cabeza.

Esto me contaba así mi madre, una y otra vez, que no tengo yo memoria para recordarlo si no es por su testimonio.

El caso es que la prevención de la monja llegaba tarde. Aunque con seis añitos recién cumplidos recibí mi Primera Comunión, el diablo ya estaba en mi cabeza, conminándome a leer, a seguir con la vista a mis amigas las letras y ver qué cosas nuevas, sorprendentes, emocionantes, divertidas o serias, a veces tristes, me contaban. Hasta hoy, y espero que no se vaya nunca de ahí.

Miguel Ángel Román 
Informático



miércoles, 20 de noviembre de 2013

Engracia Santos


En Topas, un pequeño pueblo de la provincia de Salamanca de alrededor de mil habitantes, la mayoría de los cuales malviven de la agricultura, propia o a jornal. Naturalmente, unos cuantos viven con holgura porque tienen tierras suficientes para ello, y alguno tiene hasta una dehesa, pero no hay que contar con él más que el día de la romería, que va hasta la ermita de su propiedad, y en ocasiones para las caridades de navidad al estilo de Los santos Inocentes de Delibes. 

Debía ser el año 1954 porque mi madre siempre ha dicho que como doña Juana, la única maestra en aquel momento, era su vecina y la quería mucho, me admitió antes de cumplir los 6 años. Por espacio en el aula no había problemas. Como todavía no se había construido la escuela de niñas, la clase se impartía en el salón parroquial, un espacio rectangular largo y estrecho, mal iluminado por tres ventanas verticales. Allí cabíamos las alrededor de 60 niñas del pueblo en edad escolar, de 6 a 14 años. La escuela era, claro está, unitaria de niñas. Cuando se construyó el edificio, creo que al año siguiente, pasó a ser graduada de niñas, al lado de la graduada de niños, pero sin relación ninguna con ella. A partir de entonces tendríamos dos clases: doña Juana se quedó con la de las mayores y las pequeñas pasamos a manos de la nueva y también estupenda maestra: doña Consuelo. El material con el que acudíamos a la escuela no tenía nada que ver con el actual: consistía en la cartilla, una pizarra del tamaño aproximado de una cuartilla incluyendo su marco de madera, un pizarrín y un trapo para borrar que se llevaba atado para que no borráramos con la mano. Una vez que sabíamos escribir con soltura pasábamos a usar el cuaderno de dos rayas y el lápiz.

El respeto a la maestra, como a los padres, tenía a veces más que ver con el miedo que con otra cosa, porque los castigos físicos no estaban mal vistos y no eran raros, aunque no pasaran de una bofetada o unos azotes. Todas, y todos, teníamos claro que más valía que en casa no se enteraran de que  en clase nos habían reñido, castigado o dado una torta: recibirías el doble.
 
Asistir a clase era una posibilidad que se iba al garete cuando había algo que hacer en casa o en el campo. La de veces que le escuché a mi abuela aquello de que el oficio del niño es poco pero el que lo pierde es un loco. Sólo cuando la razón era hacer los dulces para las fiestas del pueblo no me importaba faltar a clase. Pero a veces se consideraba imprescindible.

Siempre me he preguntado cómo se las apañaban los maestros y maestras de entonces para atender a toda aquella chiquillería tan dispar. Recuerdo el runrún de la clase, bajito, porque cuando hablaba la maestra se la oía, pero permanente, como el de una colmena. Cada grupo hacía tareas diferentes, y había ratos en que alguna de las mayores daba de leer a las que estábamos aprendiendo. Las cosas se hacían sin prisa, cuando ya sabías leer una página de la cartilla pasabas a la siguiente. Si alguien en casa leía contigo, o tenías mucha facilidad, aprendías antes. Si no era el caso, tardabas más.

La vida de las niñas y los niños no era fácil entonces, como tampoco lo era la de los adultos. Comodidades, ninguna, ni siquiera agua corriente, ni luz eléctrica, con todo lo que ello implica. La comida escaseaba en muchas casas, la nuestra entre ellas. En aquellos inviernos tan fríos que se helaba el agua del caorzo hasta el punto de que los muchachos lo recorrían en toda su longitud patinando bajo los árboles, la única fuente de calor en el aula, aparte del que nosotras generábamos, era un brasero de cisco bajo la mesa de la maestra. Había días en que no podíamos escribir porque las manos se nos entumecían de frío.

Pero a luz de un candil y al amor de la lumbre, en mi casa, en las largas noches de invierno, se producía un milagro: se escuchaban historias fantásticas, terribles, bonitas… que no tenían nada que ver con la vida que vivíamos, en las que los protagonistas pasaban muchas penalidades pero terminaban siendo felices. Mi padre leía en voz alta y los demás escuchábamos embobados, las manos ocupadas si había faena: desgranar maíz, seleccionar las alubias, coser o hacer punto. Los pocos libros que había en la vecindad circulaban de casa en casa: se prestaban (como el pan, pero esa es otra historia). Y si se acababan, se volvían a leer.
 
Si leyendo se podían conocer historias y enterarse de las partes que una se perdía cuando uno de los más pequeños lloraba (mi familia aumentaba cada dos años) y había que ir a mecerlo hasta que se dormía. ¿cómo no querer leer? Yo creo que me gusta la lectura desde antes de ser lectora gracias a esa costumbre familiar que se perdió cuando llegaron las comodidades y hubo otras formas de entretenimiento.
 
Engracia Santos 
Maestra jubilada

Carmen Riera

De niña con el traje típico

Carme Riera (Palma de Mallorca, 12 de enero de 1948) es una escritora española en catalán y castellano. Es catedrática de Literatura Española en la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus novelas destacan En el último azul, premios Nacional de Narrativa, Josep Pla, Crexells, Lletra d’Or y Premio Vittorini a la mejor novela extranjera publicada en Italia en el año 2000; Por el cielo y más alla, Premio de la Crítica Serra d’Or; La mitad del alma, Premio Sant Jordi 2003; El verano del inglés y Naturaleza casi muerta. Su obra ha sido traducida al inglés, alemán, italiano, portugués, francés, ruso, griego, holandés, rumano, hebreo, húngaro, turco y eslovaco. En 2001 recibió el Premio Nacional de Cultura concedido por la Generalitat de Cataluña. Desde el día 8 de noviembre es miembro de la Real Academia de la Lengua en la que ocupa el sillón "n".

En su discurso de ingreso en la RAE habló sobre cómo aprendió a leer.

"... yo, por el contrario, fui una niña torpe, a la que las monjas no conseguían enseñar a leer. Exhaustas y vencidas, avisaron a mi madre de mis dificultades. Mi padre, al que eso de tener una hija tonta de capirote —como se decía en una época en que la hipocresía de lo políticamente correcto aún no había triunfado— debía de fastidiarle mucho, intentó encontrar un método distinto al del parvulario. Consistió en hacerme más caso del que los padres de entonces solían hacer a sus hijos, en especial si eran hijas, y en leerme una serie de textos que, a su parecer, podrían despertar en mí el interés por aprender a leer. Y funcionó, lo recuerdo muy bien.

Recuerdo con qué atención escuché la «Sonatina» de Rubén Darío y hasta qué punto me entusiasmó. Me pareció un cuento maravilloso que me estuviera especialmente dedicado... Todas las niñas se sienten princesa y yo estaba triste, ¿cómo no tenía que estarlo si era la última de la clase? Había palabras que no había oído nunca, que no entendía: Golgonda —¿sería Golconda?—Ormuz, libélula, argentina... O tal vez por eso, porque desconocía su significado me gustaban todavía más, me parecían misteriosas. Sonaban a música y me daban alas. Alas para alejarme: Golconda, argentina, Ormuz...

Le pedí a mi padre que volviera a leer el poema. En efecto, el estímulo estaba ahí, en la «Sonatina», en las palabras que nunca había escuchado juntas y que por arte de magia, más veloces aún que el caballo con alas del príncipe, podían, sin necesidad de que tuviera que moverme de casa ni salir de mi isla, llevarme lejos, muy lejos. A partir de aquel momento puse todo mi empeño en aprender a leer y en pocos días lo conseguí.

Ese hecho tan simple, al que no solemos dar importancia, tuvo para mí muchísima. Fue, sin duda, una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Por eso me he permitido, en una ocasión tan significativa y que debo a la generosidad y benevolencia de ustedes, volver la vista atrás, hacia la lejanía de mi infancia remota para reencontrar a la niña que, a instancias de su padre —cuánto daría para que hoy estuviera aquí—, aprendió a leer gracias a los versos de Rubén Darío."


La foto la he tomado de la página El mono lector

domingo, 17 de noviembre de 2013

Miguel Rosa

Un libro y yo

Tenía 6 años y una fresca brisa de una mañana de julio me daba en la cara. Subido en un camión recorría los pocos kilómetros que separaban Dos Hermanas de Sevilla. Comenzaba el éxodo de mi familia hacia una nueva vida en busca de trabajo y de oportunidades. La cara sonriente de mis hermanos pequeños y de mi madre, las tengo aún grabadas en mi memoria.

Tan pequeño y ya llevaba un bagaje de sueños y aventuras: ¡sabía leer y escribir! Mis fantasías volaban por el Reino de Thule, donde la preciosa reina Sigrid acompañaba al Capitán Trueno, a Goliath y a Crispín contra los infieles sarracenos; El Jabato, Taurus y Fideo se embarcaban en busca de la bella Claudia; Roberto Alcázar y Pedrín luchando contra todo tipo de criminales; las locuras del TBO y el DDT, Rompetechos, las hermanas Gilda, los inventos del doctor Franz de Copenhague, la 13 Rue del Percebe, Zipi y Zape; las Hazañas Bélicas; El Guerrero del Antifaz; Mortadelo y Filemón; los desafíos de pistoleros del oeste y el colorido de los indios, Jerónimo y  los comanches...

En el taller de costura de mi abuelo, las mujeres, mi madre y mis tías, se afanaban en terminar las hombreras, planchar pantalones, pasar hilvanes ... mientras yo leía sentado en un alfeizar de la ventana que daba a la calle todo lo que caía en mis manos, ¡hasta las revistas del Selecciones Reader's Digest!

Mis padres solo conocían las primeras letras y se pasaban todo el día trabajando, mi madre en la sastrería, mi padre en la obra. Entonces, ¿quién me enseñó a leer? Me estrené con 5 años en el Colegio de la Compasión. Recuerdo vagamente como a la madre Sor Emilia no le gustaba que hiciera las tareas con la mano izquierda y, en cambio, la Madre Blanca no me decía nada. Fueron estas dos monjas las encargadas de iniciarme en la lectura y la escritura. No tengo demasiados recuerdos ya que era muy pequeño, pero mis pensamientos se trasladan al patio de recreo donde cogíamos “vinagretas” para chuparlas y sacar su sabor agrio y fuerte, al moral de moras negras que nos ponía el babi blanco manchado como si fuera tinta, a la leche en polvo de media mañana y, especialmente, a la campana, muy tenue, que nos decía que ya era hora de volver a casa, de coger a mi hermano Tomás de la mano, de ponernos la caperuza de color azul y el abrigo de confección hecho en el taller, de correr con nuestros pantalónes cortos y las piernas al aire llenando la calle de gritos con nuestras caras de felicidad.

Miguel Rosa
Maestro 

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Luis Carlos Díaz



Hay gente que recuerda con detalle cómo y cuándo aprendió a leer. Gente que tiene recuerdos nítidos, precisos e incluso minuciosos de los silabarios que emplearon en la escuela, de los maestros o familiares que los enseñaron a deletrear, de los compañeros con los que compartieron esos momentos... Confieso que me sorprenden y me asombran este tipo de personas, seguramente porque yo no soy una de ellas. De cuando era chico y analfabeto, recuerdo tan sólo que miraba los tebeos que había por casa imaginando las historias que contaban los dibujos: el mundo era todo mío, y lo creaba y recreaba a cada instante. La historieta podía ser la misma, pero tenía comienzos y finales diferentes según dictase mi fantasía. Hasta que, de repente, comencé a entender lo que decían las palabras. Si me costó mucho o poco tal hazaña, es algo que no recuerdo en absoluto, pero lo cierto es que más que alegrarme por tan enorme logro para un niño, creo que sentí entonces la decepción de perder parte de mi independencia: las historias de aquellos tebeos ya no eran las que mi imaginación había creado; las palabras que leía ya no eran las que yo habría empleado; los detalles los contaban ahora otros, que tenían, además, el poder de entrometerse en mi mundo, hasta entonces tan personal, único e inaccesible.

¿Mereció la pena dejar de ser analfabeto? Pasados los años, reconozco que algunos de los libros que he leído me resarcieron de la enorme pérdida de intimidad que me supuso aprender a leer. Varios de ellos incluso me congraciaron por momentos con el género humano, aunque lo cierto es que sólo algunos, muy pocos en realidad, valieron verdaderamente la pena: sólo unos pocos lograron hacerme volar lejos. Ya sé que puede sonar raro en boca de un filólogo, pero confieso que buena parte de lo que he leído ha sido un lastre o un incordio. No me malinterpreten, ya digo que me alegro de no haber sido analfabeto, pero en términos generales la lectura me ha dado más sinsabores que alegrías. Por cada verbo preciso, por cada frase certera, por cada verso sentido, he leído demasiadas líneas vanas, pretenciosas o ridículas. Y si no temo cometer ahora el mismo fallo que critico, es porque lo que escribo me lo digo principalmente a mí, perdonen la impertinencia. Leer y escribir son actos solitarios, pero sólo al escribir se es a la vez dueño y destinatario de lo que uno piensa. Esa es, en mi opinión, la principal diferencia entre una cosa y otra. De entre estas dos actividades, prefiero sin dudarlo la segunda. La escritura, en definitiva, lo acaba compensado todo.

No sé, pues, ni cómo ni cuándo aprendí a leer, y lo cierto es que esta ausencia de memoria me resulta la cosa más natural del mundo. De hecho, tampoco me acuerdo de cuándo dije la primera palabra, ni de cuándo me vestí solo por primera vez, ni de cuándo me até los cordones de los zapatos sin ayuda. Y si recuerdo cuándo di mi primer beso de amor, es porque me obligué a guardar aquella tardenoche en la memoria: esto no puedes olvidarlo, me dije entonces. Quizás si no hubiera leído en algún sitio que momentos así debían retenerse para siempre, habría hecho lo más sensato: olvidar también aquel instante. Lo maravilloso de escribir, de amar o de vivir es hacer todo ello como si el tiempo pasado no existiera. Ya ven, yo opino que lo que uno cree atesorar en la memoria no es más que la constatación de haber perdido la imaginación o la inocencia; y a eso todavía me resisto... con mi vieja pluma y una humilde hoja de papel.


Luis Carlos  Díaz
Lingüista

lunes, 11 de noviembre de 2013

Javier Dávila

taxi "cocodrilo"

Ahora que me puse a hacer memoria, veo que no sé cómo aprendí a leer; lo que sé es que después de una temporada de dolor, leía. En mi infancia hay un antes y un después marcados por el dolor y por la capacidad de leer. Sin embargo, no asocio la lectura con el dolor, sino con la existencia y sus vicisitudes.

De niño tuve malos dientes; incluso mis dientes de leche eran malos y requirieron la intervención del dentista. Mi madre me llevó una y otra vez a un consultorio en el centro de la ciudad de México, trepados en unos horribles taxis pintados en dos tonos intensos, negro y verde, separados por una zigzagueante franja blanca, los cuales la gente había bautizado como “cocodrilos”. Mi madre y yo en un cocodrilo, epítome de la buena dentadura, de camino al suplicio del dentista. Lógicamente, yo entonces no lo sabía, pero ahora sé que mi madre era una muchacha inexperta y asustada, con su primer hijo vivo después de dos embarazos perdidos. Escudriño en mis recuerdos y no logro determinar si ella me enseñó a leer. Recuerdo, eso sí, las revistas ilustradas con que trataba de distraerme. Recuerdo a mi favorito, el Llanero Solitario, y en segundo lugar a Supermán, con el pelo azul de tan negro, como el de mi madre.

La tortura del dentista. A la lejanía del consultorio había que sumar las horas en la sala de espera que desembocaban en el sillón de los tormentos, rodeado del instrumental alevoso que maltrataba mis cinco años. En esos meses lentos aprendí a leer. Recuerdo el efecto que ejercían sobre mi ánimo esas lecturas. Recuerdo el sentimiento de realidad de lo leído, de otra realidad superpuesta que le sumaba una dimensión a la realidad ordinaria. En cambio, no tengo ningún recuerdo de la vuelta a casa. Mi memoria es como una película que se repite con ligeras variaciones y se termina de súbito con la pérdida definitiva y dolorosa de algún diente, nervio o colgajo, como unas viejas series de televisión, “Suspenso Chocomilk”, que tanto me gustaban y que terminaban increíblemente con la muerte del protagonista: el Llanero abaleado a mansalva detrás de una gran roca, Supermán encerrado con un saquito de kriptonita y Batman, inconsciente, arrojado dentro un cajón al foso de los cocodrilos, les digo que todo se repite.

De camino al dentista en un cocodrilo, cierto día chocamos. Antes de que se generalizaran los semáforos, en diversos cruceros se levantaban zócalos desde donde un policía dirigía el tránsito (en México los llamaban “tamarindos”, por el color de su uniforme –iba a escribir “disfraz”) y contra uno de esos pedestales nos dimos de frente. Enfrascado en mi lectura, no tuve tiempo de precaverme y me golpeé malamente la cabeza contra el respaldo del asiento delantero: otro dolor por culpa de los dientes. El chofer bajó de pésimo humor a revisar su cocodrilo y sin preguntarnos si estábamos bien, reanudó la marcha, olvidado también del tamarindo, al que no pude ver nunca, espero que no haya quedado por ahí tirado en el pavimento.

Todavía hay más sangre. Por esa misma época, como buen chico, pasé por una hemorragia nasal incontrolable. Mi madre, de nueva cuenta, tuvo que lidiar con la situación. El hospital al que llegamos, que era el que nos correspondía por el seguro médico de mi padre, estaba sobrepasado por el accidente de algún autobús y fui internado en una cama de la sala general femenina. Junto a mí, en la mesita habitual, una tía me dejó una pila de libros de cuentos ilustrados que devoré con la nariz taponada por muchos centímetros de tela de gasa. Un poco más lejos, en la cama contigua, se tendía una niña de mi edad, aquejada de un mal desconocido para mí. Nos veíamos de soslayo sin saber decirnos nada, hasta que me autorizaron a levantarme y mi madre, pensando en lo aburrido que estaría, me instaló al lado de ella para que le leyera mis libros. Eso lo recuerdo bien: mi temblor íntimo al leer por primera vez para alguien más, para esa niña palidísima, callada y de ojos enormes que alternaban entre el libro y el lector. Percibí estremecido una que llamaré “admiración natural”: me sentí admirado y, al mismo tiempo, tuve la certeza de que para ella lo normal era que le leyera un libro mientras yacía en su lecho de enferma.

Me dieron de alta uno o dos días después. Mi madre, protagonista de estos recuerdos, como puede verse, me sugirió que le dejara a mi vecina los libros ilustrados. Me escurrí tras las cortinas que separaban las camas y vi algo que no debí ver, un “procedimiento médico”, para usar el eufemismo acostumbrado. Ella estaba anestesiada y no se percató de mi visita. Dejé los libros donde pude y escapé: me tocaba ser el pálido de los ojos muy abiertos. Espero que me haya perdonado.

Aunque me siento joven, confieso que han pasado los años. En mi ciudad ya no hay cocodrilos ni tamarindos; por lo demás, tampoco tengo dientes ni mucho menos puedo preguntarle a mi madre si fue ella la que me enseñó a leer. Tal vez sí; quizá siempre creyó que yo no lo había olvidado y por eso jamás lo comentamos al paso de las décadas. Tampoco hablamos de la niña aquella, supongo que se le habrá borrado de la cabeza. Si sobrevivió, es ahora una mujer de cincuenta y tantos. Se casó, tiene hijos y quizá incluso algún nieto precoz. Ojalá que pudiera escribir su propia historia y que yo figurara ahí, el dueño del misterio de los signos sobre el papel y del dolor y de la vida.

Javier Dávila
Profesor y traductor 


miércoles, 6 de noviembre de 2013

Juan Sánchez Martos

Con el babi escolar y un libro en la mano: más auténtico imposible

Mi infancia son recuerdos...

de las tardes de verano, a la sombra de la higuera, con mi abuelo mientras sesteaban las ovejas y las cabras. ¡Cuánto ratos con él y cuánto aprendí! Contándome historias de la familia, del barrio, de cuando iba segando de pueblo en pueblo para poder vivir, de sus historias de la guerra, de lo seco que estaba el maíz y que había que regarlo, de que aquella oveja estaba para parir…

Mi abuelo me leía los romances que, a cambio de zapatos y ropa vieja, iban dando los traperos por las casas y cortijos, romances que yo aprendía de memoria y que mi abuelo, pacientemente, escuchaba una y otra vez aparentando su sorpresa por el desenlace de la historia. Tal vez fueron esos romances los que despertaron en mí un interés casi obsesivo por aprender a leer lo que ponían aquellas hojas sepia que con tanto cariño él guardaba. Interés que me ocasionó una buena llantina ya que mi madre me “calentó el culo” porque no tuve mejor idea una mañana que escaparme de mi casa para ir a la escuela con el consiguiente susto que se llevó. La solución fue que, por la tarde y ya con mi madre, volví a la escuela “con la silla”, algo habitual en aquellos tiempos en los que en la escuela había mesas pero no sillas, y desde entonces apenas he salido de ella.

La lectura de los romances y de la cartilla la hacía con mi padre cuando volvía de trabajar en el campo en las largas veladas de invierno al calor de la lumbre: mi madre cosiendo o bordando, mi padre haciendo trabajos de esparto y yo leyendo casi cualquier cosa que caía en mis manos. Curiosamente mi padre, y no mi madre, fue quien me enseñó a leer, al igual que mis hijos que también aprendieron con él (siendo mi mujer y yo maestros). Mi padre, que con paciencia infinita nos iba corrigiendo, repitiendo, escuchando mil y una veces los cuentos que le leíamos.

El primer libro entero que yo recuerde haber leído fue “Robinson Crusoe” y eso de leer una historia completa (tendría seis o siete años) me impactó, hasta el punto que no sé cuántas veces lo habré leído; pero cada vez que lo hago se agolpan una espiral de recuerdos, de sensaciones, de olores y sabores que hacen de su lectura mucho más que la un simple libro. Lástima que se extraviara el ejemplar original que, por mucho que lo he buscado en casa de los abuelos, no he conseguido dar con él.  Le tenía un cariño especial.

Juan Sánchez Martos
Maestro

Mario Vargas Llosa

 
De niño junto a su madre Dora
 
Mario Vargas Llosa  (Arequipa, 28 de marzo de 1936) es un escritor peruano, que desde 1993 cuenta también con la nacionalidad española. Es uno de los más importantes novelistas y ensayistas contemporáneos, su obra ha cosechado numerosos premios, entre los que destacan el Príncipe de Asturias de las Letras 1986 y el Nobel de Literatura 2010 —este último otorgado «por su cartografía de las estructuras del poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, su rebelión y su derrota»—; el Cervantes (1994), el Planeta (1993), el Biblioteca Breve (1963), el Rómulo Gallegos (1967), entre otros.

En su discurso al recibir el premio Nobel de Literatura hizo una hermosa referencia a cómo aprendió a leer. 

"Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d'Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.
La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventura"
  
La foto la he tomado de la página Público.es

martes, 5 de noviembre de 2013

Antonio González

Fotografía de onio72 bajo CC BY.


- Antonio, ¡no te bajes del umbral!
- No, abuela.
Un niño de unos cuatro años mira como el director del colegio cierra la cancela. Puede ser septiembre y algo más de las nueve. La cancela es verde y mucho más pequeña que las tapias del colegio. Es como si alguien hubiera querido proteger la escuela de algún mal, pero no hubiera tenido presupuesto para colocar una cancela acorde a las nuevas tapias.
La abuela Dolores, que sabe de las ganas de su nieto por descubrir lo que se encierra en la escuela, lo mira desde su hamaca, y se sonríe mientras remienda de memoria unos calcetines. Antonio con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón corto con tirantas, mira fijamente el ritual de cada día. Don Francisco, con la cabeza gacha y aire cansado, flanquea con dos pasos cortos la puerta, primero cierra una hoja de la cancela, luego la otra y finalmente se agacha para echar el cerrojo. Un gemido metálico pone fin al sueño de Antonio. Don Francisco, con la vista perdida, se pierde de la de nuestro infante mientras la algarabía se va extinguiendo dando paso al orden y concierto de los dictados. Antonio, todavía sin moverse del umbral, levanta un poco la cabeza y aguanta la mirada al señor de bigotitos que lo mira sin pestañear desde un azulejo en la fachada. Es el dueño de este y de todos los colegios, le dijo la abuela hace tiempo, y se llama como el director. Antonio se sacude la mirada congelada del señor importante y de un respingo, se gira y corre hacia el comedor. A los pies de su abuela lo espera una sillita de aneas.
- Abuela, ¿por qué yo no puedo entrar en la escuela?
- Porque eres muy pequeño todavía, le explica en un tono cansino.
- Yo no soy pequeño, yo quiero entrar en la escuela, replica Antonio mientras ensilla a un vaquero de plástico azul eléctrico en un caballo negro demasiado pequeño.
A fuerzas de observar cada día el mismo ritual, ese mismo curso Antonio se hace amigo del director. Un día la insistencia del pequeño se ve recompensada con una visita al despacho de Don Francisco. Allí hay muchas cosas: libros, papeles, carpetas de colores, tijeras, sellos y sobres, una máquina de escribir y hasta unos pasos de Semana Santa en miniatura. En una esquina de la mesa del despacho, el objeto más deseado por todos los niños: la campana. Antonio no quiere tocarla como ansía el resto. Después de la campana todo el mundo sale corriendo y la escuela se queda vacía.
- Don Francisco, ¿el año que viene puedo entrar ya en la escuela?, pregunta Antonio mientras garabatea en un papel sucio sentado en el filo de la silla de las visitas y alzando los hombros en una postura imposible.
- No Antonio, el siguiente.
- ¿De verdad?
- De verdad de la buena.
Los dos años pasaron a fuerza de decenas de preguntas sin respuesta, a base de cientos de leches migadas, después de miles de carreras tras los gatos de la abuela y de incontables donaciones de rodilla al cemento de la acera. Pero el día llegó y Antonio cruzó la cancela verde con su carpeta a la espalda, y pasó de largo por delante de la puerta del despacho de Don Francisco. Hoy ya no viene de visita, hoy viene para quedarse hasta que algún niño afortunado toque la campana. Los olores del colegio ya le eran familiares pero ahora puede llegar hasta donde nunca había llegado, hasta cualquier rincón de la escuela. La abuela ya se volvía de espaldas al colegio cuando el pequeño la busca con la mirada. Ella a su vez se busca con la mano derecha la toca negra del hombro por el que siempre se le escurre, el zurdo. Una clase, una mesa, una silla, un lugar en el mundo.
Un tiempo después, no es nada fácil cuantificar en los cajones antiguos de la memoria, Antonio ya hojea su cartilla Palau. Doña Pilar, una maestra mayor y enlutada, le enseña a leer. La a de araña, la e de elefante, la i de iglesia, la o de ojo, la u de uva... El mi mamá me mi mima le aburre. Doña Pilar anota en la esquinita de la página que Antonio sabe leer una cruz al terminar la ansiada sesión de lectura diaria. Un día, una página, una marca de grafito. Pero Doña Pilar no viene desde hace unos días a clase. La ausencia de la maestra se traduce en más aburrimiento y la ansiedad por avanzar le hace pergeñar un plan infalible. Pondrá una cruz en la página de la ga, gue, gui, go, gu y así podremos pasar directamente a la siguiente. Doña Esperanza viene un rato a dar de leer y no se dará ni cuenta. Así es. Al día siguiente tres cruces torpemente escritas delatan al pícaro aprendiz de lector.
- Antonio, ¿seguro que esta página ya la hemos leído?
- Claro señorita, mira la cruz.
- Bueno, venga. Entonces, ¿cuál te toca hoy?
- La xa-xe-xi-xo-xu.
Maestra y alumno se sonríen. Ella tranquila, el nervioso porque se la juega. Teme haber sido demasiado atrevido. Teme no ser capaz de leer esta hoja tan difícil y tener que repetirla mañana. Cuando la termina, suspira y una felicidad enorme le inunda su cuerpecillo. Ya no queda casi nada. Antes de que llegue el verano estrenará otra cartilla, la de los mayores.
Años más tarde, en una de esas visitas a Puente y Pellón en busca de ropa a crédito de un ditero, Antonio y su madre se cruzan con una señora enlutada. Antonio la reconoce por su perfume y le tira a su madre de la mano.
- ¿Qué quieres, miarma?
- Es la señorita Pilar.
- ¿Seguro?
- Claro mamá.
Hoy, tres décadas después puedo afirmarlo como maestro que soy: el olor de quien te enseña a leer, nunca se olvida.

Antonio González García 
Profesor de Física y Química