martes, 20 de diciembre de 2016

Justo Serna


Por qué leo

Hay en cada uno de nosotros inclinaciones, gustos o preferencias que son prenda o baldón, que son virtud o defecto, eso que nos singulariza, esos rasgos de carácter o inercias de la conducta que nos hacen irrepetibles. Para bien o para mal. De ellos difícilmente podemos quitarnos.

Desde niño me gusta leer. ¿Qué cosa? ¿Libros, novelas? ¿Acaso tratados doctrinales? No, por supuesto, yo no soy John Stuart Mill ni su remedo más remoto. Vamos, ni por asomo. El autor de 'Sobre la libertad' tuvo una instrucción sistemática y sus primeras lecturas ya presagiaban al sutil pensador que llegaría a ser.

Cuenta el filósofo en su 'Autobiografía' la formación tan elevada que le facilitó su señor padre, John Mill. Cuenta también el cuidado con que el progenitor le seleccionaba lecturas y otros nutrientes para el espíritu.

Por ejemplo, con poca edad, Stuart Mill ya sabía desenvolverse hablando y escribiendo idiomas vivos y muertos, con un francés obligatorio y con un griego nada elemental. Cada vez que he leído su 'Autobiografía', tan apasionante y tan llena de autenticidad, me he sentido como ese enano que jamás ha logrado auparse a la espalda de un gigante.

Lo mío es otra cosa: como más ordinaria, ¿no? En la España de principios de los sesenta, mis primeros preceptores infantiles fueron maestros nacionales muy maleados y ya hartos de la progenie. Para aquellos docentes aburridos, nuestro pésimo ejemplo confirmaba  el fuste torcido del Hombre.

No queríamos leer ni trabajar y apenas mostrábamos reverencia a las cosas de Dios. Por pereza, vaya. Éramos como bestias y apenas se apreciaba en nosotros algún rasgo de humanidad. Tanto es así que nos castigaban con saña. Nos hundían a base de capones y bofetadas o nos arreaban con palos finos y sangrantes.

Nos enseñaban las primeras letras, nos atemorizaban con la lectura, nos amenazaban con la vara verde. Difícilmente, los libros podían procurarnos dicha alguna. La escuela de mi infancia y de mi primera adolescencia era confesional, levítica. Y era un recinto de rufianes y rutinas, un lugar tedioso y ocasionalmente terrible que sólo aligeraban los recreos.

Dicho así suena tremebundo y hasta novelesco. Pero no. Aquello no tenía nada de fantástico. Era una realidad basta sin apenas incentivos; era un mundo de crueldades habituales, con niños que ejercían de matones, con curas untuosos y con profesores frecuentemente violentos. No todos los maestros eran tan odiosos, por supuesto: cuando de repente te tropezabas con un hombre bueno, diligente, pensabas que el Magisterio no estaba perdido.

¿Qué función desempeñaban los libros, qué necesidad satisfacían? La lectura difícilmente aliviaba el trato hostil o amenazante del entorno. Podría haber sido un escape,  cierto, pero no: para mí sólo lo sería tiempo después, a los trece años, justo cuando con extrañeza y hasta estupor descubrí que mi señor padre se alimentaba de libros. El verbo sólo es un poco exagerado.

Hasta ese momento, yo había ignorado dicho hábito, tan saludable. Vamos, que desconocía todo o casi todo de él, de ese señor que era mi papá. Por alguna razón que nunca averigüé, mi padre sólo empezó en 1973 a hacer ostentación de sus volúmenes, a mostrar físicamente los libros que consumía, a declararse un gran lector.

Tal vez, yo mismo he tomado ejemplo de él, aunque no siempre su conducta era lo que quería reproducir ni tampoco sus aficiones literarias eran aquellas que más apreciaba. Eso sí, un día, no sé cuándo, me descubrí leyendo tebeos, prospectos farmacéuticos, encartes publicitarios, catálogos de editoriales y rótulos callejeros. Todo lo impreso era un reclamo. Y de eso tan simple pasé a los libros.

En ello no soy muy distinto de lo que era mi padre, también Justo Serna Ibáñez, que en vida acumuló miles de libros (aparte de los que regularmente le prestaban en las bibliotecas públicas): sí, miles de libros leídos y fichados. Su vida alicorta de jubilado temprano se multiplicó con las novelas, de las que llevaba fiel registro y voluntariosa anotación. O apuntación, que decía mi abuela materna Ana María. Apuntación: retengamos esa palabra...

Tampoco soy muy diferente de mi abuelo paterno, Fernando Serna Salvador, que reunía los pocos volúmenes que la familia poseía al tiempo que devoraba al menos un periódico cada día ('El Debate'). Escribo "devoraba" porque, al decir de mi progenitor, su señor padre no daba por concluida la lectura hasta que el diario estaba rozado, roto y la tinta desleída.

Mi abuelo era de ideas conservadoras, un hombre de orden que, además, alcanzó la alcaldía de su pueblo, Salinas del Manzano, con gran respaldo del vecindario. Eso me decía mi señor padre, que apenas podía reprimir el orgullo filial.

Fernando Serna Salvador era un hombre de la Serranía de Cuenca, el abuelo grandioso al que no yo conocí y cuya celebridad me resultaba desconcertante: sus convecinos lo llamaban Canalejas, como el viejo político liberal tan pronto asesinado. ¿Canalejas? Sí, por esa propensión suya, tan suya, a perorar con ciertas dotes intelectuales, con energía visionaria.

Él tenía ideas porque leía, me aseguraba mi padre. En cambio, frente a ese abuelo algo fantasioso, mi abuela paterna, Valentina, encarnaba el coraje, la razón y la sensatez familiares: hacía las cuentas con mucho esmero y, al parecer, llevaba el libro de contabilidad del negocio familiar con letra muy primorosa.

Aún la veo lejana y anciana, completamente enlutada, pequeñita, encorvada  y con apenas un hilillo de voz. Murió hace muchas décadas, pero su imagen perdura. Según me confesó mi padre años después del fallecimiento de la abuela Valentina, ella sólo leía libros prácticos. Nunca pregunté a qué se refería eso, lo de libros prácticos...

Me recuerdo a los diez años leyendo también cosas prácticas: las cubiertas de la prensa y de las revistas en el quiosco más cercano a mi casa. Me recuerdo informándome sobre minucias o irrelevancias del día, con una voracidad incluso malsana, conectando una cosa y la otra, sin criterio. ¿Por qué hacía esto?

Tal vez porque me pensaba sobrante o no justificado, un hijo que había venido después de otro hijo… muerto: un hijo al que, para más inri, bautizaban con el mismo nombre, lastre que he debido acarrear desde el primer día de mi vida. El muerto reencarnado en un hermano que no es tal. Al menos, propiamente.
En la guerra y en la vida, la muerte convierte en héroe al fiambre, incluso en un cadáver exquisito: en cambio, la supervivencia de este o aquel soldado no es heroica. En efecto, ese superviviente arrastra un sentimiento culpable y a la vez dañado. ¿Por qué murió él? ¿Por qué sobreviví yo?

Hay, insisto, un sentimiento de culpa y hay una desconfianza hacia el mundo, la preocupación, quizá morbosa, por un entorno que se juzga peligroso, hostil, y del que uno no se puede fiar. Ese sentimiento suspicaz, en parte superado, me obligaba a sondear lo que pasaba para estar prevenido. Prevenido…, ¿frente a qué?

Frente a los ataques reales o potenciales, la mejor defensa es prepararse, informarse. Si sabes o crees saber de qué va esto, si te documentas, tal vez frenes o contengas la agresión. Si lees, quizá te salves.

Para mí, la historia y las historias ficticias son justamente eso. Saber de qué va esto, para tomar ejemplo o para evitar horrores ya pasados; saber cuál es el origen de lo que tengo o carezco: una circunstancia que, por un lado, me acoge y, por otro, me hostiga.

Pero, como ese presente histórico es copioso y desordenado, me gusta leer también desordenadamente, a partir de sugestiones, de impresiones, de intuiciones. Me gusta tratar muchas cosas, abundantes, innumerables, que aparentemente nada tienen que ver entre sí, pero a las que quiero hallarles algún parentesco, algún hilo o alguna resonancia.

No sé, al nieto de Canalejas también le gusta perorar. Así soy, pero mi natural timidez, de origen materno, me hace ser prudente, tal vez sensato o timorato. En fin, ustedes sabrán, ustedes sabrán perdonarme tanta disculpa, tan justificación, este discursito.


Justo Serna
Catedrático de Universidad.


jueves, 15 de diciembre de 2016

David A. Esquivel




No me gustaba ir a la escuela, ¿a quién sí? Era un niño y lo único que quería hacer era jugar. Recuerdo que me fui de viaje a Los Ángeles para visitar a mi papá y a su otra familia. Todo estuvo bonito, pero cuando regresé a Mérida ya no tenía ningún amigo. Solía tener un grupo entero de ellos, pero eso había quedado en el pasado. Regresé y mi realidad comenzó a ser otra. Cinco escuelas tuvieron el honor de contar conmigo entre sus alumnos desde que regresé de mi viaje y aunque no era el alumno prodigio, sabía muy bien lo que tenía que hacer: no reprobar. Y era muy bueno para ello.

Comencé a tener amigos de la noche a la mañana gracias al único tipo de plática que une a cualquier grupo de niños de 12 años: los videojuegos.

Continué mi vida con mis nuevas amistades y fui creciendo. A medida que crecía me volvía cada vez más rebelde. Todos somos unas esponjas y a veces no nos fijamos de qué es lo que estamos absorbiendo, y en mi caso absorbí  las llaves hacia mi primer castigo.

Un verano sin salidas.

No recuerdo cómo, ni por qué, pero recuerdo que jamás me había aburrido tanto. Solía salir con mis amigos a tocar timbres o a fastidiar guardias de seguridad, jugar en el parque y todas esas cosas que hacen los niños, pero ese verano no podía hacer nada de eso. Acabé como un rehén en la casa de mis abuelos. La casa aburrida. Y era tan aburrida que decidí hacer eso que nunca había imaginado hacer: ponerme a estudiar. Y con esa decisión llegó la lectura de mi primer libro que fue la Enciclopedia: Historia Universal. Esa debió ser la mejor decisión que he tomado en mi vida. Había fácil 15 enciclopedias más sobre distintas ramas de estudios y decidí leer las que más llamaron mi activa atención y para cuando me di cuenta, el verano ya había acabado, a la par que mi castigo.

 
La lectura ha marcado casi todo para mí y desde que empecé a hacerlo ya no he podido parar. Un rato después me di cuenta de que sabía escribir y ello se ha convertido en mi mundo. Mi madre fue la que cultivó eso en mí, pues la primera vez que escribí fue una carta para ella.

Después de ese verano empecé a devorar libros y hasta la fecha no me he detenido. Comencé con enciclopedias pero mi hermano mayor me dio la bienvenida a los libros de acción, aventuras y misterio. Sir Arthur Conan Doyle fue el autor que iluminó mi camino hacia el tipo de relatos que aprendería a disfrutar más tarde. 56 relatos cortos y cuatro novelas sobre Sherlock Holmes marcaron el inicio de mi locura por los libros. Luego leí todos los clásicos que llamaron mi atención, después los contemporáneos y hasta la fecha sigo leyendo todos esos libros que llaman mi atención. Mi atención de niño. Mi atención de adolescente. Mi atención de adulto joven de 22 años que hoy en día disfruta del ir a la escuela, pues gracias a ella hace diez años me castigaron en verano y aprendí que uno nunca sabe lo que tiene, hasta que lo lee.

David A. Esquivel
Estudiante de Creación literaria.


jueves, 1 de diciembre de 2016

Roberto Cardozo


La culpa fue de mi madre. Sí, su culpa, nada la justifica más que sus ganas de presumir con la familia y amigos que sus hijos son “muy inteligentes”. Por esa culpa es que aprendí a leer antes de los cuatro años. Leíste bien, a los cuatro años ya sabía leer y es la edad en la que entré a estudiar la primaria. En México, la edad reglamentaria para empezar la educación primaria es de seis años cumplidos.
El proceso de aprendizaje fue sencillo, todas las paredes de la casa estaban tapizadas con carteles que contenían sílabas en todas las combinaciones de una consonante y las vocales. Cada paso que daba por la casa estaba escoltado por sílabas y mi madre se encargaba de hacerme identificar y repetir cada una sin que tuviera escapatoria.
Claro, tampoco es que hubiera mucho por hacer en una casa enclavada en la zona pantanosa del Estado de Tabasco, donde el patio de juegos era un río que en la temporada de lluvias se invitaba solito a pasar por las casas como un miembro más de la familia. Recuerdo las tardes de juego en los árboles a la orilla del río; recuerdo las raíces del sauce donde nos poníamos a pescar mojarras y el “biche” que siempre nos regalaba sus frutos dulces; esas tardes de juegos que se veían interrumpidas justo cuando la luz natural ya no era suficiente y los aullidos de los monos al otro lado del río se hacían más fuertes.
Desde los cuatro años, regresando al tema de la lectura, comencé a leer los clásicos cuentos para niños, de los que recuerdo el de Pulgarcito y Los viajes de Gulliver, aunque, este último quizá no sea para tan niños. De ahí, quizá en este experimento de mis padres, lo que más recuerdo haber leído son las enciclopedias de la casa como las famosas Salvat, la Larousse y la de Historia Natural. Aun no entiendo por qué poner a un niño a leer enciclopedias y no cuentos. Bueno, también leí una colección de historias llamada El Libro de Oro de los Niños (¿fue de Editorial Bruguera?), de la que únicamente recuerdo que la moneda común era la Libra.
Mi primer libro fue un regalo de mi padre y se llamaba “Curiosidades Matemáticas”, me lo regaló cuando tenía diez años y también ese fue un parteaguas en mi vida, ahora soy profesor de Matemáticas. Esto me hace reforzar esa idea de que los hijos son experimentos macabros de los padres y terminan siendo y haciendo lo que ellos desean, aún sin que sea una orden explícita. Por lo que haya sido, ahora soy Profesor de Matemáticas.
Otras lecturas importantes en mi vida fue la revista Selecciones del Reader’s Digest, a la que teníamos suscripción y a la que accedíamos todos los miembros de la familia. Desde luego que algunos artículos estuvieron lejos de mi entendimiento hasta pasados varios años, pero me divertía mucho con las secciones “La risa, remedio infalible” y “Enriquezca su vocabulario”.
Desde ese entonces he leído infinidad de libros, prefiriendo la poesía pero sin dejar de disfrutar de un buen cuento o novela. Y vaya que soy lector, que hasta los folletos de ofertas, las recetas de cocina, los instructivos de uso, periódicos viejos, todo lo que caiga en mis manos es devorado por mis ojos. Incluso, pero no le digas a nadie, los periódicos viejos que suelen poner en los pisos de los baños.

Roberto Cardozo.
Profesor de matemáticas y artista. 


miércoles, 23 de noviembre de 2016

Ángela Sahagún





Cuenta la leyenda familiar que empecé a leer antes de los cuatro años. Era una niña enfermiza: a menudo tenía anginas, con fiebre alta, que anunciaban una lesión cardiovascular parecida a la que padecía mi madre. Hasta que me operaron a los siete años, me tenían metida en la cama una semana sí y dos también. Un suplicio para la familia. Debieron pensar que era mejor enseñarme a leer que aguantar mis “me aburro” continuos. Hay que tener en cuenta que no había televisión ni, mucho menos, maquinitas informáticas. Esas que van a conseguir que los niños lectores sean especímenes en vías de extinción.

Recuerdo mi cama llena de cuentos troquelados. Cuentos que memoricé por haberlos escuchado muchas veces. Debió ser fácil aprender a leer en ellos. Caperucita Roja  la recitaba al revés... “Baí tacirupeca por el quebos Lalatrá, lalatrá, lalatrá”. Además, mi padre, al que le gustaba mucho pintar, había llenado las paredes del dormitorio con Blancanieves y los siete enanitos,  Mariuca la castañera, Bambi y, en las puertas del mueble donde guardaba mis cuentos, estaban Caperucita y el lobo en casa de la abuelita. Mi mundo se pobló de esos cuentos que ahora afirman los pedagogos que son terribles para la formación de los tiernos infantes. Y debe de ser verdad, aunque confieso que jamás he intentado comerme a un niño, como el lobo, ni abandonar a mis hijos, como hicieron los padres de Pulgarcito. Bueno, la verdad es que a veces si qué pensé en hacerlo, pero enseguida lo superé.

Mención aparte merecen los tebeos. Diego Valor y el Capitán Trueno se mezclaban sin rubor con Azucena, una revistilla para niñas, y con el muy famoso TBO. Los compraba los jueves, que era cuando no teníamos clase por la tarde, y, una vez devorados, nos los cambiábamos entre los amigos. Intercambios llenos de sueños y manchas de chocolate.

Gracias a los cuentos y a los tebeos. Gracias a los libros con la versión de cómics en su interior (¿Alguien recuerda la colección Historias de la editorial Bruguera?) repito, gracias a ellos, superé el terrible hastío que me producía la lectura y copia al dictado del Quijote, en ese colegio de monjas en el que intentaron formarme el espíritu hacendoso y cristiano, apostólico y de las JONS. Le cogí tal asco que no he conseguido leerlo hasta el año en que cumplí los sesenta, y lo hice llevada por una secreta vergüenza y, sobre todo, porque me empeciné en hacerlo. Es como lo que me ha pasado con las acelgas: sé que son buenísimas para la salud, pero no me gustaron de pequeña y siguen sin gustarme. Nada. En absoluto. Quizás mi aversión a la obra cumbre de la literatura castellana me naciera por los pescozones que me daba sor Manuela cada vez que se me caía un borrón de tinta en el dictado: era torpe con aquellas asquerosas plumillas y poco rápida con el secante.

Por entonces (estoy hablando de los años cincuenta del siglo pasado) el fomento de la lectura se terminaba ahí y en la Historia Sagrada: con un Diluvio universal sorteado por un Noé animalista a la par que borracho, un Moisés con la cabeza emisora de rayos y centellas y la interminable lista de profetas. Me gustaba leer la Enciclopedia, que lo mismo te hablaba de planetas, que de los reyes godos y sus regicidios, o te planteaba problemas de choques de trenes, como si tal cosa, al tiempo que te exigía dividir por tres sin el menor remordimiento.

Todo era así hasta hacer el ingreso en el bachillerato, entonces te decían que había que leer también a los clásicos franceses... que es lo que toda niña de diez a doce años desea hacer, sin duda. Al menos ya teníamos bolígrafos y un sano espíritu rebelde contra las monjas.

Por entonces y por libre, me gustaba Antoñita la fantástica, o Mari Pepa y su hermano Cuchifritín. Me encantaban las aventuras de Guillermo Brown, escritas por Richmal Crompton. Luego, además de la colección Historia, de la que aún guardo bastantes libros, y de las historias de Pollyanna, de Eleonor H. Porter, me leí varias veces una novelita que me entusiasmó: Allende los mares, se llamaba, escrita por María Luisa Fillias de Becker. Reconozco que este nuevo mundo rosa aportó a mi personalidad una pátina de cursilería que a veces me acecha sin poder remediarlo, a pesar de que a los catorce años tomé conciencia de ello e intenté disfrazarla de cierta rudeza acentuada por un vocabulario que a veces lindaba con la grosería. ¡Qué se le va a hacer! la edad del pavo llamaba a mi puerta al mismo tiempo que las novelas de bolsillo de Ciencia ficción, compradas junto a las de Corín Tellado en los puestos de mercadillo. Las de Corín Tellado las devoraba a escondidas. ¡Qué infravalorada está esa escritora que mezclaba el odio con el amor platónico, los besos apasionados y la reconciliación matrimonial como nadie! Loor y gloria a Corín, que me sumergió en un caos emocional en el que soñaba con besos prolongados y ardientes, al mismo tiempo que tenía que guardar la compostura que se le exigía a la muchachita recatada y honesta que preconizaban las monjas... Pero esa es otra historia. 

Lo cierto es que me hubiera encantado tener una maestra, o un maestro, al que recordar con lágrimas de agradecimiento. Pero las cosas no sucedieron así, el recuerdo de mis primeros años de colegio está manchado por unas monjas malhumoradas con una regla demasiado rápida para darte en los nudillos por cualquier tontería. Aprendí a leer con mi familia y mis cuentos. Los libros me ayudaban a evadirme de un mundo lleno de deberes y de cortos recreos donde jamás me eligieron para jugar al “balón prisionero”. Gracias a esos maravillosos libros, a mis amigos y a mi familia, recuerdo mi infancia con cierta nostalgia y mi adolescencia como un mal menor. Mi eterno agradecimiento.

Ángela Sahagún
Restauradora de pintura.


martes, 1 de noviembre de 2016

Alix Elena Rosales




Conocer la O por lo redondo

Llegar a conocer “la O por lo redondo” es un alumbramiento intelectual que para muchos era traumático y doloroso dado que en mis tiempos todavía “la letra entraba con sangre”, y de este modo, se justificaba el maltrato por un derecho inalienable. Para otros, aprender a conocer esa “O” del saber fue un momento de magia, que de tanto intentar relacionar una grafía, junto a un sonido, resultaba un significado. En muchos de los casos, también esa magia era reforzada por un premio, traducido en la ganancia de un beneficio: el aprendizaje, o un bien material, como un juguete o la camiseta que deseabas, o un par de zapatos de cual carecías.
En ambos casos se trataba de aprender a leer y aprender a escribir, enfrentarse a un mundo de saberes a los que teníamos derecho, tendríamos que asumir por madurez en cuanto a edad, y la escuela, como institución, que reclamaba tu presencia. En mis recuerdos están presente las dos vertientes, aprender por métodos de castigos y recompensa, y el de llegar a aprender por descubrimiento de un significado.
Corrían los años 70, había una urgencia de conocimientos pues en 1969 el hombre había llegado a la luna, habíamos descubierto que el satélite no era de queso como en los cuentos que contaba mi abuela, y dicho sea de paso, la luna era una ladrona, robaba la luz del sol para brillar en el firmamento. Y lo más tremendo para los saberes de un niño, comprender que la luna no te persigue a cada paso, como creías. Esa “O” en el cielo me habría desilusionado tanto como saber que los Reyes Magos, San Nicolás o el niño Jesús, no te traían los regalos, detrás de esos mitos estaba algún adulto, que con trabajo, ganaba dinero para regalarte felicidad.
En el pueblo donde nací siempre hubo la señorita solterona que no teniendo compromisos enseñaba a los niños en la antesala de la edad escolar. Las madres ya sea por ganar tiempo libre o porque era muy cómodo que otro se ocupara, nos dejaban en las casas de dichas maestras, así que cuando ibas al primer año de la escuela formal, ya eras un dechado de virtudes. Con la llegada del progreso esto cambió, ya “la seño” no era una solterona “que vestía santos en la iglesia”, también era una futura ama de casa que esperaba a que su príncipe encantado pidiera su mano, y las clases representaban un modo de producción de bienes para comprar el ajuar, además que decidían quiénes les cantarían serenatas a la luz de la luna, y sin miedo a la soledad, con ideales fijos, se convertían en emancipadas feministas. No tenía importancia cuál tipo de maestra te tocaba en suerte, lo imprescindible era que el método diera frutos, y entre los 4 y 5 años un niño venezolano ya sabría leer y escribir.
El procedimiento comenzaba con recitar en voz alta las letras del abecedario, una vez que ya tenías grabado en la memoria el alfabeto, proseguía la unión de consonantes y vocales, el fatigoso silabeo: la Pe con la A suena PA y la EME con la A suena MA... Un arduo adagio de sonidos que componían las palabras: mamá, papá, mío, luna, paloma. Y de ahí se pasaba a las frases, que como en oraciones religiosas se repetían una y otra vez, hasta que ocurriera el milagro de poder identificarlas o por la buena memoria o por la comprensión: “Mi mamá me ama”, “Papá lima la pala”.
Te sorprendías a tí mismo que lograras seguir adelante en la páginas de los manuales, mientras más páginas más reunías sabiduría. Si en caso contrario, no se avanzaba significaba que eras un “un borriquito como tú, que no sabe ni la U”, y comenzaban los métodos de tortura: reglazos en las palmas de mano por cada olvido, castigos en el rincón sin mirar hacia los lados por no haber repetido tu lección, arrodillados en el patio sobre las tapas de coca-cola, por reincidente; tiradas del pelo en el punto justo cerca de la sien, y así por el dolor te acordabas, golpes en la cabeza con los nudillos para abrirte un “hueco” virtual por donde colar el saber en tu cabeza. Estos eran los castigos físicos, también los había psicológicos: “ se lo diré a tu madre o padre que no estudias o que te comportas mal”, “si no te aprendes eso, te meteré en el cuarto de la calavera”, “eres un tarado o un estúpido”, “ qué burro que eres, no conoces la “o por lo redondo”.
Por poseer una memoria de elefante, no recibí mucho maltrato, pero si los vi padecer a mis compañeritos, cada día, y me hacía sentir una terrible pena por ellos. Yo aprendí de memoria, lo repito, y mi astucia, hacía creer a la maestra que yo lo sabía, es decir, que comprendía, que llegaba a mi el significado de cada sonido, cada palabra y cada frase; hasta que un buen día, por arte de magia, me di cuenta que podía leer no sólo mi libro, sino los carteles de publicidad: “Comparte su suavidad”, titulares del periódico: “Alto costo de precios en los alimentos de primera necesidad ”, y los soportes con los nombres de las tiendas. Este último descubrimiento me llevaba a repetir todos los carteles cuando andaba por la calle, y a los que estaban cerca me mandaba a hacer silencio. ¡Qué enfado!
Con el proceso de escritura me fue fácil, ya en muy temprana edad, antes de las escuelitas privadas de las señoritas, mis hermanas mayores me daban viejos cuadernos para hacer círculos, los que más tarde descubrí que era la decimosexta letra del abecedario. También con ésta práctica supe cómo se componía mi nombre, tan corto, tan extraño por ser extranjero, tan mío, porque me pertenecía...y que no podía intercambiarse sus letras como en algunas palabras creando otras, con significados distintos o iguales como: coco- oso-Ana, Pepe; en casos como: sopa- paso-sapo, to-ma-te= tomate- Tómate /te-mato. Cómo entró en mi cabeza ese mecanismo, no tengo idea, es una magia que entra sin varitas, te apropias del significado y ya, al parecer es la edad, es la intervención repetitiva con un entrenamiento constante. Tal vez, el miedo a que te duela en cualquier parte de tu cuerpo o con el susto de que entre con “sangre, o se te aparezca una calavera en el cuarto del aseo o trastero, el miedo al abandono en el cuarto oscuro”, el encasillarte en ser “un burro”, con todo respeto por el animal, la ofensa de siempre. Recuerdo las gratificaciones una vez adquirida la capacidad de leer, un merecido viaje de vacaciones, algún bonito regalo, pero nada comparable con el sentirme apreciada y admirada por mis semejantes, por mis seres queridos. Fue un todo.
El tiempo es inexorable y con ellos vamos creciendo de muchas maneras, adquiriendo hábitos que se quedarán en ti para siempre. Descubrir lo que dicen los libros se expande más allá del manual. Cuando tenía como 8 o 9 años me acerqué a un manual de literatura, pertenecía a mi hermana mayor, —el libro- que estaba abierto encima de la mesa, esperaba por ser leído...Fue entonces que estuve de frente a un hallazgo: la magia de las letras, también pueden hacerte volar, sufrir y vivir. Nunca me había pasado, ni con los cuentos, por muy tristes o trágicos que fueran, ni con las fábulas, con la ternura de los animales. No, no. Fue la “La I Latina”, un cuento que me produjo tal conmoción, y en plena tragedia lagrimosa mi hermana me rescató. No le importó el por qué del llanto, sólo que yo hubiera entendido una historia que no era para niños. Y fui literalmente una ladrona de libros, me he enfrentado a los obstáculos de las lecturas calibradas según la edad...no les he hecho caso, he ido a por los libros... El inicio de un enamoramiento que sigue conmigo, destinó la carrera que iba a ejercer en el futuro...y hoy por hoy me acompaña en los círculos de la vida, como un alianza, redonda, redonda, sin fin. 

Alix Elena Rosales.
Profesora en la Universidad de Catania y escritora.






lunes, 31 de octubre de 2016

Marina Cruz Gracia


El arte de leer.

Mi primera maestra se llamaba Susana. Evocarla me lleva a sentir un dulce cariño, mientras mi rostro sonríe. Me enseñó —en realidad nos enseñó, pero lo aprecio como si hubiera sido solo para mí— el sonido de cada letra del abecedario. Después dijo que solo hacía falta unirlos y ya se sabía leer. Cuando logré fijarlos, que según recuerdo fue con mucha rapidez, estaba feliz. «Ya no soy analfabeta», pensé.

Mi abuelo hablaba mucho sobre los problemas que ocasionaba el analfabetismo. Un día, no sé qué edad tendría, le pregunté qué era eso y él me dijo: «No saber leer ni escribir, hija». Callé, pero en mi mente comenzaron a revolotear unos oscuros pensamientos. Yo pertenecía a esa gente a la que, según decía el abuelo, se la dominaba con facilidad. Entonces me propuse aprender a leer costara lo que costara. Tenía un libro de cuentos «Blancanieves y los siete enanitos» que me gustaba mucho. A la mañana siguiente de enterarme de mi triste condición, lo tomé y comencé a decir todo lo que en él estaba escrito. Mi madre me preguntó qué hacía; yo le contesté que estaba leyendo. Ella se sonrió y me aclaró que eso no era leer, que solo estaba repitiendo de memoria lo que había escuchado. Con mi ilusión desvanecida, comencé a mirar aquellos signos y creo que de tanto hacerlo algo debí aprender o no me hubiera sido tan fácil memorizar sus sonidos, cuando me los dio a conocer Susana.

Llegué a casa pletórica de alegría.
—¡Ya sé leer, mamá! ¡Ya sé leer!

Mi madre estaba cocinando. Los vidrios de la ventana se hallaban empañados por el vapor. Entonces, con su dedo índice escribió sobre uno de ellos y me pidió que leyera. Yo vi que era una sola palabra muy larga. Debía responder bien; lo sentía como un examen. Miré la primera de las letras y pronuncié el sonido de la f y así seguí con el de la l, o, r, e, n, t, i, n, o. Cuando terminé me preguntó que decía; me costó, me costó mucho, pero contesté: «¡Florentino!», que era el nombre de mi abuelo. Entonces ella sonrió y me aclaró que aquello era apenas el comienzo, que faltaba mucho aún. Me dolieron sus palabras, pero sabía que tenía razón.

Con el transcurso de los días empecé a llenar mis cuadernos con oraciones como: El oso se asea. La osa se casa… Más adelante pintaba frutillas, peras, uvas, hojas… y tenía que escribir enunciados sobre aquellos dibujos. «Blancanieves y los siete enanitos» lo degustaba sola y con la boca cerrada. Mi madre no volvió a decirme que no sabía leer. Pero, el camino recién había comenzado. De manos de las maestras llegaron a mí: «El cántaro fresco» y «Chico Carlo» de Juana de Ibarbourou, «Perico» de Juan José Morosoli, «Cuentos de la selva» de Horacio Quiroga, entre otros.

En la escuela, para conmemorar el Día del Libro —creo que por entonces ya estaba en quinto grado— nos dieron uno a cada niño. Lo debíamos leer en voz baja y estar concentrados. No puedo recordar el nombre del que me tocó; es una pena. Hablaba de cómo comenzaron las primeras historias, de cómo se transmitían en forma oral, de la aparición de la imprenta, del trabajo que daba que un ejemplar llegara a nuestras manos… Lo que más llamó mi atención es que decía que un libro siempre estaba para quien lo quisiera. Nunca se enojaba, no te abandonaba, te contaba historias que lograban divertirte, hacerte razonar o educarte y que era el mejor amigo que se podía tener. Esas palabras me calaron profundamente y me convertí en una lectora apasionada. A mis doce años de edad leía clásicos como «Crimen y castigo» de Dostoyevski, «Ana Karenina» de Tolstói, y más, muchos más. No es que hubiera elegido aquel tipo de literatura, no; esos eran los libros que había en mi casa. Cuando ya me dieron la oportunidad de ir a librerías y escoger lo que deseaba comencé con «Cuentos de amor de locura y de muerte» de Horacio Quiroga, «La tregua» de Mario Benedetti, «Cien años de soledad» de Gabriel García Márquez, entre muchos otros.

El camino de aprender a leer sigue comenzando cada día. Se trata de un arte en el que siempre somos novatos. Cada libro nos plantea un nuevo reto: ¿comprenderemos en realidad lo que su autor nos quiere transmitir? Ese es el dilema.

 Marina Cruz Gracia.
 Escritora. 


lunes, 24 de octubre de 2016

Rosa María Torres del Castillo

Ilustradora Sophie Blackall


   Para mi papá, Antonio
Para mi nieta, Camila

Aprendí a leer y escribir cuando tenía cinco años y eso me marcó la vida, la familiar, la profesional, la de todos los días. Ahora viene la investigación a explicar con razones científicas algo que he sabido siempre.

No aprendí en un pre-escolar o con maestra. Aprendí con mi papá. En casa y con cariño. No me pregunten qué 'método' usó o cómo lo hizo. Recuerdo que me sentaba en sus piernas, en su oficina, en cualquier lugar de la casa, en el jardín; me leía en voz alta, me contaba historias y me pedía que se las contara de vuelta, colgaba carteles en los árboles de mango, jugábamos juegos con letras o números, me rodeaba de rompecabezas, de libros, cuadernos, libretas, hojas en blanco, lápices de colores, borradores, sacapuntas, crayones, pequeñas pizarras. Podía usar y combinar todo eso como se me antojara: para dibujar, colorear, pintar, leer, escribir, recortar, pegar. Ese era para mí uno de los momentos más preciados del día. Era como jugar. Era jugar.

Fui una niña privilegiada que, a diferencia de la espeluznante mayoría de niños en el mundo, no vivió la lectura y la escritura como imposición o como tortura. Soy hija de una extraordinaria experiencia de homeschooling temprano. Total libertad, mucha improvisación, mucho juego.

Mi papá era un hombre de negocios, un trabajador básicamente autodidacta, de origen humilde y con poca escolaridad, que empezó desde abajo y llegó lejos. Se levantaba temprano, se vestía de blanco entero y con sombrero. Leía mucho, disfrutaba la lectura y cultivaba la caligrafía como un arte. Un papá mayor - podría haber sido mi abuelo - que decidió enseñar a su hija a leer y escribir y flecharla con la lectura y la escritura. Me habría gustado preguntarle por qué y cómo lo hizo, pero no tuve oportunidad. Murió cuando yo tenía 12 años. Así me salió esta dedicatoria en uno de mis primeros libros, El nombre de Ramona Cuji, relatos de visitas a círculos de alfabetización durante la Campaña Nacional de Alfabetización "Monseñor Leonidas Proaño" que dirigí en el Ecuador a fines de los 1980s:
"A la memoria de mi padre
quien me enseñó a leer y escribir
para que un día yo enseñara a otros
y le escribiera esta larga carta".

Cuando, cumplidos los 6 años, entré a primer grado en el Colegio Alemán de Quito, yo no solo sabía leer y escribir sino que leía y escribía. Lo que me daba gana de escribir. Lo que encontraba para leer. Las revistas y los libros que me compraba semanalmente mi mamá y que conservo en mi biblioteca. La enciclopedia de tapa roja que me regaló mi papá y que también conservo. Las cartas que empecé a escribirle a raíz de que él y mi mamá se separaron y las que me escribía él, con su letra pulcra y su redacción esmerada.

Mientras mis compañeros hacían garabatos y coreaban sílabas, yo me aburría y me sentía fuera de lugar. Y así habría sido el resto del año - y habría aprendido ahí mismo a odiar la escuela - de no ser porque mi profesora Hildegard Dania decidió tomarse el asunto a pecho y diseñarme un programa a medida: pequeñas redacciones ilustradas, un diario de clase, excursiones a la biblioteca, tiempo libre de premio para hacer las cosas que me gustaban.

Al final del primer grado el colegio me regaló un hermoso libro de fotos de Alemania, con tapa dura y fotos a todo color, separadas con papel de cera, que decía en la primera página: "Por su absoluta superioridad frente a sus demás compañeros". Conservo aquel libro como la reliquia que era para mi mamá. Ella lo mostraba orgullosa, por años, a cuanto amigo, pariente o visitante asomaba por nuestra casa en Quito.
Soy pues testimonio vivo de que aprender a leer y escribir a temprana edad es quizás el mejor predictor de éxito escolar, un potente dispositivo de autoestima y felicidad, un disparador de habilidades cognitivas importantísimas como el razonamiento, la reflexión, el espíritu crítico, la creatividad, la imaginación, la fantasía. Tengo claro que esa mentada "superioridad" no tenía que ver con el cociente intelectual sino con las alas que crecen en el roce íntimo con la lengua escrita, con las palabras y con las ideas que ella transmite y suscita.

No obstante, soy muy cauta al plantear mi historia personal como una ruta a seguir. En conferencias o en consultas, cuando me preguntan si los niños deben iniciarse en la lectura y la escritura antes de entrar a la escuela, necesito tiempo y mucho tino para explicar. Porque tengo clara la complejidad y excepcionalidad de esa iniciación y las mil cosas que pueden salir mal.

No todo papá o mamá, no toda persona adulta, quiere y puede hacer lo que hizo mi papá. No toda escuela o maestro están dispuestos o habilitados para hacerse cargo de la diversidad y para atender a itinerarios individuales de los alumnos. Lo cierto es que, en la infancia y a cualquier edad, hacen falta ciertas condiciones subjetivas y objetivas para que florezca y se desarrolle la necesidad vital de leer y escribir.

He visto, a través de mi propios hijos, de mi nieta y de cientos de niños, la torpeza alfabetizadora de una escuela que a menudo violenta la infancia, abruma a los niños con tareas y obligaciones, y termina enseñándoles en poco tiempo a odiar la lectura y la escritura antes que a apreciarlas. 
Si me preguntan, a partir de mi experiencia infantil, digo: la lectura y la escritura son mundos maravillosos que todo niño y niña deben tener derecho a disfrutar desde la infancia. Si me preguntan como mamá, digo: ofrezcan a sus hijos situaciones, actos y materiales de lectura y escritura, de dibujo, de pintura, y dejen que ellos vayan entusiasmándose y descubriendo las posibilidades. Como pedagoga y especialista, digo: huyan de pre-escolares y escuelas apurados, obsesionados con escolarizar a ritmos forzados; prefieran siempre a los que valoran y alientan el juego y respetan los ritmos y gustos de los niños.

La mejor estrategia para ayudar a los niños a leer y escribir es no forzar, no apresurar, ofrecerles las condiciones para que sean ellos quienes decidan qué, cuándo y cómo. El objetivo no es que los niños aprendan a leer y escribir lo antes posible, sino que aprendan a amar la lectura y la escritura.

Rosa María Torres del Castillo.
Pedagoga, lingüista, periodista educativa y activista social.


La autora escribió esta entrada en su blog OTRAƎDUCACION y me ha dado permiso para trascribirlo aquí. Muchísimas gracias.