lunes, 4 de septiembre de 2017

Carmen Dorado Vedia


Un libro es como un jardín
que se lleva en el bolsillo.
Proverbio árabe.                                                                              
                                                                         
¿Cómo y cuándo comenzó mi pasión por la lectura?
La respuesta es, como cabía esperar, una historia.
La historia de una niña que creció en mil y una noches bajo la cálida voz de su madre mientras le desgranaba las historias de Sherezade, la narradora por excelencia. Gracias a sus cuentos descubrí que nada es imposible: construir un jardín en el desierto, vivir la sencillez de los nómadas, cabalgar sobre una alfombra voladora, recorrer los zocos y, lo más importante de todo, sobrevivir porque hay historias que contar y sabemos contarlas, que estamos vivos porque tenemos voz y porque alguien nos escucha. Aunque esas historias que nos cuentan, que nos contamos, no sean necesariamente placenteras.
La niña se hizo grande. Ya tenía criterio propio y entre los libros de casa buscaba aquellos que le llevasen a paraísos perdidos, playas desiertas, barcos piratas.
Mis primeras lecturas fueron la Isla del Tesoro, Los viajes de Guilliver, las travesuras de Guillermo o los cuentos de Celia de Elena Fortún.
En mi undécimo cumpleaños mi madre me regaló dos libros que me han acompañado desde siempre: Los cuentos de la Alhambra de Washington Irving y Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll. Ese mismo año, con el dinero que habían ahorrado compré el Principito. Por entonces no intuía que más tarde mi profesora de francés me haría leer (precisamente) Le petit prince y Autour du monde en 80 jours.
Poco después llegaron Enid Blyton y los cinco. Ellos me inspiraron los primeros relatos que escribí y que aún guardo con mucho cariño.
A los quince años descubro, gracias a mi hermano, a García Márquez y Vargas Llosa. Del primero he leído (casi todo) lo publicado. Cien años de soledad es mi libro de cabecera, lo he leído y releído en varias ocasiones y puedo asegurar que nunca deja de sorprenderme, además de tener distintas ediciones.
Por esa época es cuando desembarco en la poesía de Machado, Alberti, Lorca, Miguel Hernández.
La niña creció y viajó.
Recorrí Oriente Próximo y aprendí que el más precioso de todos los colores es el que guardan las palabras. Conocí gentes, lugares, aromas que a mi vuelta siempre añoraba con una punzada en el corazón. El vacío de la nostalgia lo llené de libros y autores que me trasladaban a esos lugares. Mi curiosidad me llevó a adentrarme más en la idiosincrasia de sus gentes. Fue la etapa en la que me sumergí en el ensayo, en la novela histórica, en los libros de viajes.
Desde entonces leo con asiduidad a autores árabes como Rafik Schami (sirio), Fátima Mernisi (marroquí), Malika Mokedden (argelina), Ibrahim Al-Koni (libio), Simin Daneshvar y Kader Addolah (persas), Tarik Ali (paquistaní), Niguif Mahfud (egipcio), Amin Maalouf, Khalil Gibran (libaneses), Mahmud Darwis y Edward Said (palestinos).
En el año 2005 entro en el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y gracias a ella descubro autores como Borges, Cortázar, Monterroso, Horacio Quiroga, que me han ayudado a resolver muchos de los vacíos que había en mi escritura. Gracias al Taller, a Camila Paz y a la colección “el pez volador” pude publicar mi primer libro de cuentos Tras las huellas de Sherezade.
Voy a terminar utilizando una frase de Borges: Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Carmen Dorado Vedia