viernes, 27 de enero de 2017

Eloína Calvete García


Pasión lectora

Aprendí a leer con apenas tres años, descifrando los titulares del diario ABC que mi padre solía comprar. Imitaba a mi hermano mayor, un chico tímido que amaba la lectura sobre todas las cosas. Un amor que me inculcó sin pretenderlo. Me acerqué a los libros con el instinto imitador de los humanos y ellos me abrieron los ojos al mundo. Ha llovido mucho desde entonces, pero los libros siempre han sido mis compañeros de viaje; no entendería la vida sin la lectura.

Julio Verne y Enid Blyton fueron los autores de mi infancia. La Vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff, el correo del zar, La isla misteriosa…y Los cinco, los maravillosos cinco de Blyton, llenaron mi cabeza de sueños y aventuras más o menos posibles para una chiquilla que apenas salía de casa. Por gustarme, hasta me gustaban los libros de texto. Mis lecturas juveniles dejaron de lado la aventura y me situaron ante una sociedad que se transformaba. Descubrí la poesía de Antonio Machado, García  Lorca y Miguel Hernández; me acerqué a autores cono Hermann Hesse y Kafka. Leía, leía, leía, a todos y de todo. Y comencé a escribir, alguna poesía, un diario personal, alguna historieta corta… Poca cosa.

La vida y sus circunstancias me alejaron de la escritura, aunque no consiguieron apartarme de los libros. Arrinconé mi afán de escribir, pero la lectura siguió siendo mi compañera y amiga más fiel. Sigo leyendo de todo y a todos, aunque reconozco que soy más selectiva; no en vano acumulo más de cincuenta años de experiencia lectora. Yo, Claudio, de Robert Graves y Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari, son dos títulos que me impactaron; los he leído varias veces y me siguen pareciendo magníficos. Me gustan Vargas Llosa y García Márquez; Eduardo Mendoza, Lorenzo Silva y Vázquez Montalbán, también. No me olvido de Agatha Christie ni de Stephen King. De Almudena Grandes, Elvira Lindo o Dolores Redondo son algunas de mis últimas lecturas. Periodistas /escritores como Kapuscinski, Lee Anderson o Svetlana Alexievich se han unido a mi universo de lectora empedernida, un universo en continua expansión al que también se  suman relatos y libros de compañeras y amigas como Elena Marqués y Montserrat Suáñez; quizás aún desconocidas, pero dotadas de un inmenso talento y talante escritor.

El apasionante, hermoso y vital hábito de lectura que adquirí de pequeña se ha transformado en una auténtica pasión, una pasión que intento trasmitir a todos los que me rodean. 

Eloína Calvete García
Profesora, periodista y un poco escritora.




jueves, 12 de enero de 2017

Manuel Enríquez


Supongo que, como a todos, o al menos como a la mayoría, fue nuestra madre quien nos enseñó a leer. Ella no lo sabía pero hace más de 50 años siguió uno de los sistemas de enseñanza de lectura que, incluso en el día de hoy, se consideran avanzados. En lugar de ir letra a letra, ella me enseñaba palabras que comencé a reconocer gracias a su paciencia. Así pronto empecé a ser capaz de reconocer palabras e incluso frases relativamente complejas.

Cuando a los cinco o seis años entré en el jardín de infancia y empecé con lo de “mi mamá me mima” o “Tu tía te tutea a ti”, no era capaz de entender por dónde iba la historia porque en lo tocante a lectura y comprensión lectora mi nivel era muy superior al de otros niños de mi edad. A los siete años comencé a coleccionar la saga de “Sandokan” de Emilio Salgari y me pasaba leyendo y releyendo las aventuras de Sandokan, Yañez, Giro Batol y la Perla de Labuán hasta que mi padre se daba cuenta de que tenía la luz encendida, me quitaba el libro y me echaba la bronca de rigor.

Pero tanta precocidad me sirvió de poco. Treinta años después dejé de leer. La culpa fue de una enfermedad que se llama “retinosis pigmentaria” y que, en pocos años, me dejó ciego. Tuve que volver a aprender las letras pero esta vez en sistema Braille y utilizando dedos en lugar de ojos. Bien, puedo aseguraros que aprender este sistema no es difícil, apenas en un par de días ya las conocía todas e incluso podía escribir utilizando una especie de máquina de escribir, máquina Perkins, que “graba” los puntos de cada letra utilizando un papel apropiado. El que mis dedos adquirieran la sensibilidad adecuada para lograr una lectura cómoda resultaba mucho más complicado. Por suerte, o por desgracia, por aquel entonces empezaron a desarrollarse los “lectores de pantalla” que posibilitan, de una manera mucho más rápida y eficiente,  el acceso a la lectura y a la escritura.

Ahora, a mis 58 tacos, bien llevaos, he pasado por tres sentidos para poder leer: La vista, como todo hijo de vecino, el tacto, como los ciegos de siempre y el oído, como los ciegos aficionados a la cosa informática. Así que, entre otros, mis agradecimientos a los antiguos mesopotámicos, que comenzaron a escribir, a mi madre, al señor Louis Braille y a mister Billy Gates que, al permitir la popularización de la informática, nos ha abierto una nueva puerta a este maravilloso mundo de las letras. 

Manuel Enquez.
Veterinario y escritor. 


María Dolores Almeyda Domínguez


Yo aprendí a leer mientras era feliz. Donde nací y me crie había un solo colegio con un aula para cada género, en el que todas las niñas y niños, desde los seis a los catorce años, convivíamos durante seis horas diarias, excepto sábados y domingos. La primera vez que fui al colegio había caído una intensa nevada durante la noche que se fue derritiendo a lo largo del día. Nunca más he vuelto a ver la nieve. Y por supuesto, nunca más nevó en aquel lugar. No sé por qué entré al colegio el primer día de clases después de las vacaciones de Navidad. Fue cuando la nieve. Lo pasamos jugando con ella y es el recuerdo más imborrable y hermoso que tengo de mi primer día de colegio.
No puedo recordar si mi aprendizaje fue rápido o lento. Hace tantos años… Pero sé que me gustaba aprender, ir al colegio, hacer los deberes... Sacaba buenas notas, aunque era fácil entonces sacar buenas notas. Guardo mi cartilla de escolaridad. No se nos exigía mucho. Lo elemental, las cuatro reglas, hacer labores de costura y bordado; pero sobre todo, religión. Aprender de memoria todas las oraciones, los evangelios y la vida de Jesús. Recitábamos las lecciones como una cantinela, con el soniquete sin el cual era difícil después decirlas de corrido o salteadas. Los ríos, las montañas, las regiones, los pueblos de España... La tabla de multiplicar… Todo era una canción, un ritmo cansino y perezoso; no sé si el método era eficaz para aprender, pero no conocíamos otro sistema.
Nunca me gustaron las matemáticas, aunque ese término se nos quedaba grande en aquel colegio en mitad de la nada. Las matemáticas eran unas básicas nociones de aritmética y geometría simple. Sumas y restas, multiplicaciones y divisiones. Líneas rectas, curvas y circunferencias. Hasta ahí fue divertido. Lo que más me gustaba eran las lecciones de lengua española. La gramática. Pero todo, insisto, era muy básico. Y llegados a un cierto nivel ya no aprendíamos más, y las niñas mayores pasábamos a ser las ayudantas de la maestra, que a su vez solo había sido una niña aventajada en su tiempo que pasó de aprendiz a maestra sin moverse del lugar. Heredera del Catón, los cuadernos de rayas y la Enciclopedia Álvarez.
Recuerdo que yo leía mucho, era lo que más me gustaba. Y leer me acarreó problemas. Yo buscaba libros que no estaban en el colegio ni en la biblioteca recibida de la anterior compañía inglesa que tuvo la concesión de aquella mina. Siempre tuve medios y picardía para hacerme con libros que se suponía no debía leer, poetas y escritores malditos, prohibidos, muertos o perseguidos por la dictadura. Y tenía recién cumplidos los trece años, cuando doña Manolita me echó de la escuela. Y eso que me quería cantidad. Pero no pudo soportar que yo intentara hacer un club de lectura -sin saber lo que era aquello-, en el que intentaba que las otras niñas leyeran los mismos libros que yo.
Terminé el aprendizaje en casa. Para entonces ya mi madre había rechazado en mi nombre una beca que había ganado para ir a estudiar a la capital. Terminé de aprender a coser y a bordar y a hacerme una mujer de provecho que, según la costumbre de la época, era todo cuanto debíamos hacer y saber las mujeres.
Pero nada puede evitar que la cabra tire al monte.

María Dolores Almeyda Domínguez.
Empresaria jubilada.


miércoles, 11 de enero de 2017

Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo




Lo que nos contaban los libros durante la hora de la siesta

Los libros y yo: infancia y adolescencia.

De niña asistía de buen grado al colegio donde aprendíamos e interactuábamos en armonía,  sin embargo la literatura como forma de aprendizaje y de evasión llegó a mí gracias a mi entorno familiar. En esa etapa  nuestros  maestros – a los que recuerdo con mucho cariño, a excepción de uno en particular- eran buena gente y amaban su profesión, aunque  no solían recomendarnos libros para leer en casa, quizá porque  tenían que lidiar con un número excesivo de alumnos y el programa era el que era. A pesar de todo ello mi asignatura preferida era “Lectura”: leíamos textos en clase, en voz alta, ante el resto de los alumnos, y en esos momentos mi timidez desaparecía como por arte de magia.

He mencionado con gratitud a mi familia, pues mis primeros recuerdos asociados al acto de leer se sitúan en el  salón de nuestra casa,  libros de diferentes colores y tamaños que, repartidos en diversas estanterías,  no se limitaban a ocupar un espacio, sino que tenían el honor de ser leídos por mi padre, quien nos los “presentaba” a mis hermanos y a mí indicando los temas, los autores y su interés o dificultad en función de nuestra edad. Al contrario que la Enciclopedia Salvat (quienes rondan mi edad la conocen de sobra)  tenía la sensación de que estos libros estaban vivos y suponía un gran aliciente saber que “podíamos leerlos todos”, sin excepción, sin prohibiciones.

Al tratarse de clásicos, en su gran mayoría, estas obras me acompañarían más adelante,  durante la adolescencia, especialmente durante la aburrida “hora de la siesta”, quedando fascinada desde entonces y para siempre con las inquietantes  historias de Kafka y con los relatos impactantes y misteriosos de E. Allan Poe (en realidad no me parecieron tan terroríficos como se decía).

Volvamos, pues, a mi infancia y centrémonos en los regalos de  cumpleaños y los que nos traían los Reyes Magos, que prácticamente siempre nos sorprendían con un juguete y un cuento de magnífica encuadernación e ilustraciones. Recuerdo también la dulce influencia de los comentarios sobre literatura de mi abuelo Manolo, maestro de profesión, de vocación y de convicción. Algunas tardes le visitaba en su casa y siempre me explicaba entusiasmado el libro que estaba leyendo en esos momentos, así como sus últimas adquisiciones editoriales, para las que necesitó robarle espacio al pasillo de su hogar,instalando  muebles especiales para dar la bienvenida a sus nuevas novelas… 

Sinceramente, me hacía especial ilusión que me regalaran libros durante mi niñez, aunque esto suponía disponer de menos juguetes; recuerdo claramente la colección Historias Selección (con 250 ilustraciones), de la Editorial Bruguera, que aún conservo. Estoy convencida de que los libros adecuados que recibes cuando eres niño te marcan positivamente  ¿No les parece que sería perfecto si gran parte de los familiares y amigos regalaran libros a los niños y jóvenes en Navidad, Reyes, cumpleaños y demás celebraciones?  Si por mí fuera,  animaría a los padres y profesores a acompañar a los niños a bibliotecas o librerías, y a celebrar sus logros o a apoyarles en momentos clave con libros motivadores. En estos momentos hay grandes escritores infantiles y ediciones preciosas, así como ilustradores muy creativos.

Mis hijos y la lectura: nuestro  ritual diario.

Desde que mis hijos eran bien pequeños sentí la necesidad de establecer un ritual nocturno de carácter casi sagrado. El tiempo se ralentizaba  en esos momentos y la complicidad era absoluta: a lasensación del deber cumplido y eldescanso merecido añadía más de media hora de amena lectura diaria con ellos. Era mi momento perfecto, tanto antes como después de que ellos aprendieran a leer. Lógicamente mi papel inicial de única narradora fue dando paso, poco a poco,  a la intervención y posterior protagonismo narrativo de mis hijos, cuando  les entusiasmaba comenzar a leerme su libro a mí, primero despacito, luego con precisión. Cuentos leídos, historias contadas, combinando varios idiomas, audiolibros,  narraciones sugeridas en su colegio y mi particular forma de bromear algunas veces, leyendo “muy mal” para que ellos me corrigieran, son momentos que atesoro con infinita ternura.

Mis primeros viajes (literarios).

Observo con satisfacción  que desde hace  tiempo  la lectura ocupa el lugar que merece en las escuelas desde edades muy tempranas, y sigo manteniendo la esperanza de que se fomente una verdadera Promoción de la Lectura para toda la sociedad. Mi contacto con el apasionante mundo de los libros ha sido una constante en mi vida, por varias razones, y lo verdaderamente relevante para este blog es que con el tiempo me he dado cuenta de que mis primeros viajes infantiles, sin compañía de los adultos, los realizaba leyendo desde nuestro salón familiar, en silencio, mientras todos dormían la siesta.


Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo
Profesora universitaria y gestora cultural. 



lunes, 9 de enero de 2017

Carmen Martagón


    Aprender a leer es encender un fuego, 
cada sílaba que se deletrea es una chispa”.
Victor Hugo   

 OLVIDAR LAS PALABRAS Y ENCENDER LA CHISPA
Hay historias de tu vida que siempre recuerdas. Desconoces si es por esa forma especial que tiene la memoria de elegir los acontecimientos para traerlos al presente, o bien, por las veces que tu madre o tu abuela los refieren a propios y extraños en un intento por dar a conocer y ensalzar tus méritos actuales o infantiles.
Pensar en esa chispa, que logró encender el fuego en mi interior y rememorar mis primeros pasos en la lectura, significa traer a mi presente la figura de doña Lola, mi maestra de primer curso de Educación General Básica (E.G.B.). Recuerdo a doña Lola como una señora de buena planta, elegante, alta y grandota, con los labios pintados de rojo brillante, siempre sonriente y muy cariñosa. En sus manos, de largos dedos, un lápiz, también rojo (casi idéntico al esmalte impecable de sus uñas) que guiaba entre las letras de mi primera cartilla “Amiguitos”.
Cada día, nuestra maestra nos sentaba uno a uno en su mesa, con la hoja que tocaba para completar el aprendizaje. Ella nombraba la letra y la repetíamos una y otra vez. A pesar de mis ganas de aprender y mi avance al repetir cada palabra, lo cierto es que no recordaba ni una sola de ellas al día siguiente y teníamos que volver a empezar. “La m con la a: ma, la m con la e: me… Mi mamá me ama, mi mamá me mima, yo amo y mimo a mi mamá”
Con el paso de los días doña Lola no era capaz de explicarse, ni aclararle a mi madre, por qué razón aquella niña buena y aplicada, siempre dispuesta a colocarse junto a la maestra para leer, olvidaba todo lo leído al día siguiente. Hasta que en una ocasión, sin motivo aparente, se obró el milagro. Tal vez por el tiempo, por la paciencia de aquella mujer adorable o bien porque la madurez se instaló en aquella niña tenaz y trabajadora. Lo cierto es que superadas aquellas pequeñas dificultades lectoras, el avance fue más que evidente en unos meses.
A partir de entonces recuerdo mi pasión por leerlo todo: carteles, anuncios, recibos e incluso las etiquetas de los alimentos que, aunque entonces no eran tan extensas explicando ingredientes ni valores nutricionales, sí solían llevar el nombre del producto, los ingredientes básicos y la procedencia o la fábrica dónde se elaboraba.
Mis primeros pinitos con la lectura coincidieron con nuestras visitas a Portugal para ver y estar con la familia de mi abuela y esto ocasionó todo un conflicto en mi aprendizaje lector. Fue embarcar en el ferry desde Ayamonte hasta Vila Real de Santo Antonio y comenzar a preguntar cómo se leía aquella letra extraña parecida a la “O” con sombrero o esa “C” a la que dibujaron un rabito de cochino. Yo leía “pao” y mi abuela me explicaba con mimo y paciencia que se pronunciaba como una especie de “u”, pero a mí me sonaba como un disparo (paun). De esa forma tan especial se pedía el pan en Portugal, con un disparo a bocajarro en la panadería del barrio.
Casi a la fuerza, de la mano de mi abuela por las calles de Tavira, aprendí, entre otras muchas cosas, que “menino” no era cómo llamaban al gato, que a los bomberos se les añadía una “i” tras la “e” y que para escribir “yo” colocaban Eu, exactamente así era cómo llamábamos a nuestra vecina del portal de al lado, Eugenia Salguero. La “C” con su “rabito” sonaba como una “Z” y en las tiendas de ropa infantil podía leerse “crianças” al hablar de los niños. En aquel tiempo de descubrimientos, desconocía lo importantes que llegarían a ser mis lecturas en el país vecino.
A lo largo de mi vida he regresado muchas veces a Portugal y tengo entrañables recuerdos pero de entre todos los que guardo en mi memoria, me quedo con el más hermoso: la risa de mi abuela al ver mi cara mientras intentaba leer en español lo escrito en portugués o cuando me ofuscaba por no entender aquel cambio de letras en el “pan nuestro de cada día”.
Volviendo a mis tiempos de aprendizaje escolar y mi avance curso tras curso, tengo un bonito recuerdo de las lecturas en los libros de Senda, en ellos se forjó mi amor por los cuentos. Me gustaban todas las historias, siempre quería ser quien leyera en voz alta las aventuras fantásticas que en ellas se describían. Tengo grabado, de forma especial, aquel cuento del libro de lectura Senda 3 que comenzaba así:
    “-¿Qué es el viento?
    Quien mejor lo sabe es Pandora. Porque Pandora tiene todos los vientos encerrados en  una caja…”
Yo quería ser cómo Pandora. Me parecía extraordinario que aquella mujer controlara los vientos. Quería ser Pandora y tener encerrados a la brisa, al céfiro o al vendaval juntos en una caja, para después sacarlos y volar con ellos. Aquellos vientos impulsaron mis sueños. Con ellos, mi imaginación eligió acomodarse en el aire para irse posando en todos los libros que llegaban a mis manos. Así me convertí en la más valiente pirata “viento en popa a toda vela en su bergantín”, mientras leía a Espronceda. También me transformé en “la princesa triste de la boca de fresa” con la pluma de Rubén Darío.
Pero, sin duda, mi mejor recuerdo pasea junto a un burro blandito, de ojos color azabache, al que Juan Ramón Jiménez llamó Platero. Ese burro pequeño y suave, a pesar de los años, sigue siendo el mismo en el corazón de los niños. Él forma parte de mi amor a los libros y de todas las aventuras en las que me embarcaron aquellas primeras letras. Esas letras impresas en las páginas de una cartilla repleta de dibujos: una iglesia, un racimo de uvas, un ojo... Las primeras páginas que aquella niña de ojos oscuros y ávidos de aprender olvidaba, sin saber por qué, tras el sueño reparador de cada noche.

Carmen Martagón. 
Psicóloga.



sábado, 7 de enero de 2017

Manuel Machuca



La primera imagen que recuerdo de cuando aprendí a leer es la de mi madre tirada en el suelo conmigo, armando palabras con un rompecabezas hecho de cubiletes con letras de colores. Aquella escena la sitúo en el apartamento que mi familia alquilaba en Rota, frente al desaparecido Hotel Buenos Aires, para pasar aquellos largos veranos de la infancia. Ni siquiera sé si la escena ocurrió en la realidad, al menos en la ubicación en la que la sitúo, pero podría ser, ya que por aquel entonces no había comenzado a ir al colegio, y de lo que sí estoy seguro es de que, cuando ingresé en los parvulitos del colegio del Espíritu Santo, en la sevillana calle Dueñas, ya sabía a leer.
Mi familia era un tanto singular para lo que se estilaba entonces. Eran los años sesenta del siglo pasado, y no era habitual que mis dos progenitores fueran universitarios, y en especial mi madre, que a sus ochenta y tres años forma parte de aquella minoría de mujeres que accedieron y culminaron los estudios superiores cuando aún no estaban autorizadas a tener a su nombre una cuenta bancaria. Sus padres, de extracción humilde y vida azarosa, siempre tuvieron claro que para salir de la pobreza había que estudiar, y ellos tres, mi abuelo, mi abuela y mi madre, fueron personas claves en mi recorrido vital.
Mis abuelos maternos fueron también unos personajes muy curiosos. Siempre los conocí separados y ello, hace casi cincuenta años, tampoco era muy frecuente que digamos. En cierta ocasión, mi abuelo me regaló una gran bola del mundo iluminada. Cada vez que lo veía, me enseñaba el nombre de las grandes capitales del mundo y a localizarlas en aquella esfera multicolor. Cada rato que pasaba con él, era un viaje de Tananarive a Otawa, de Ulan Bator a Montevideo, de Saigón a Uagadugú. Luego me exponía ante sus amistades cual mono de feria, y yo respondía de forma repelente a sus preguntas sobre los diversos países que componían el planeta, en el que existían nombres hoy tan extraños como Rhodesia o Alto Volta, Yugoslavia o el Pakistán Oriental.
Un día acompañé a mi abuela en uno de sus habituales paseos. Nos adentramos por la calle Sol, a la altura de la iglesia de los Terceros y nos detuvimos ante el escaparate de una librería. La recuerdo atestada de volúmenes que se erguían amenazantes para mi corta estatura, en torno a los estrechos pasillos de aquel laberinto. De allí salí con mi primer libro: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne, en una edición de tapa dura, creo recordar que de Ramón Sopena. No he olvidado aquellas noches de lectura en la habitación que compartíamos mi hermano, mi abuela y yo. Luego vinieron otras, y con Julio Verne no sólo recorrí el mundo de la mano de Phileas Fogg, sino que me introduje en el centro de la tierra, me convertí en un capitán de quince años surcando los mares del sur y lloré la muerte del perro Dingo mientras hería de muerte al malvado Negoro, o me sumergí junto al capitán Nemo en las profundidades marinas más tenebrosas, en aquellas ediciones ilustradas de Bruguera, en las que las viñetas que aparecían cada cuatro páginas, aliviaban la intensidad del texto.
Aquella combinación inducida por una pareja imperfecta resultó perfecta para mí. Mi mundo continuó ampliándose hasta límites insospechados con nuevos autores, entre los que debo tener un recuerdo especial para Enid Blyton y su intrépido grupo de cinco aventureros adolescentes.
Un tiempo más tarde, aquel mundo imaginario se tornó realidad cuando apareció por casa la tía Dora, que venía de Brasil a visitar a la familia. Dora Pelletti fue para mí la constatación real de que aquellos mundos existían más allá de mi mente. Conocerla fue sin duda uno de los hitos más importantes que haya podido vivir. Durante años recibí sus libros sobre selvas inexpugnables, ríos inabarcables y aves exóticas que no podía imaginar.

Décadas después, cuando tras buscarla durante cinco años me volví a encontrar con ella, quise escribir sobre nuestra inexplicable historia. Deseaba entender una relación tan especial, que se había mantenido durante tantos años, con una mujer que había tratado apenas una semana. Tras escribir El guacamayo rojo, la novela que surgió de aquello, caí en la cuenta de que en realidad, lo que había escrito era un homenaje a mis abuelos Gabriel y Matilde, auténticos responsables de mi ferviente deseo de ensanchar el mundo. Gracias a la tía Dora pude reconocer lo mucho que les debo a ellos. Porque todo lo que hoy continúa, comenzó un día en suelo del salón de una casa de la calle Santa María del Mar de Rota, junto a la playa de La Costilla.
Cuando fui padre, busqué un rompecabezas similar a aquel que tuve de niño. Nunca lo encontré.


Manuel Machuca.
Escritor.



jueves, 5 de enero de 2017

Anabel Caride

 

Es curioso cómo, siendo tan parte de mi vida, no recuerdo tener ninguna foto de pequeña leyendo a pesar de levantarme las madrugadas del fin de semana a leer en el sofá lo que pillase: Esther y su mundo o lo que yo entendía de SHAKESPEARE o MACHADO… Supongo que porque era algo tan normal que nadie se tomó la molestia de plasmarlo.
Aprendí a leer con 4 años, en casa, con el tesón de mi madre, que apenas tenía estudios primarios pero sí muchas ganas de enseñar a los demás (el mundo se vuelve francamente aburrido para alguien que acaba de tener una hermana pequeña y esta no hace otra cosa que dormir). Saqueaba la biblioteca de mis padres e iba saltando de tocho en tocho hasta que me dejaba ganar por una trama, llegaba a casa de mis abuelos paternos e iba directamente al cuarto de mi primo a ver qué encontraba entre sus libros. Siempre había algo entretenido para hacer pasar una tarde de domingo sin hablar del tiempo o las enfermedades varias. Recuerdo tener que ir al dermatólogo a esperar eternamente las horas de las citas anteriores y pedir a mis padres que me compraran un cuento en la puerta (por extraño que parezca antes se vendían por las calles, como ahora las gafas de sol y el cine pirateado) y siempre llegaba a casa leído de cabo a rato. Tanto impregnó mi imaginación desde siempre, que, una mañana en que descubrí la casa sin mi madre, levanté a mi hermana muy pequeña para decirle (como tantas veces había leído en Hansel y Gretel): “Laura, levántate que nos vamos; mamá nos ha abandonado”. Imaginad la cara de estupor de esta al encontrarnos  a los dos en bata y despelucadas en la plazoleta de abajo camino de no se sabe dónde mientras ella volvía apresurada de comprar el pan.

Leía de todo, hasta las etiquetas de los champús. Mi mayor entretenimiento era dar la brasa a mis padres para comprar pronto los libros del nuevo curso y empaparme del famoso Senda, con esas ilustraciones tan hermosas, que cuando comenzaba septiembre ya había devorado en cómodos plazos y me encantaba calcar. Habré tirado muchas cosas desde entonces pero aún conservo esa maravillosa antología de Santillana de 5º, los Cuentos al amor de la lumbre o de ENID BLYTON. Cambiaba de lugar y me adentraba en la biblioteca municipal de Chipiona, Rota, la asociación familiar del barrio o curioseaba en los kioscos entre cubitos de la playa y camaroneras; nunca he creído en el tópico de que los niños lectores son seres huraños que no pisan la calle, al menos no es mi caso. Haber leído mucho —hasta ponerte gafas precozmente— da una imaginación desbordante que suele entretener mucho a tus compañeros de barrio y conduce, en muchos casos, a lanzarse a la escritura (antes que poemas cursilones y relatos truculentos, mis tardes de primaria se pasaron también fabricando para los amigos tarjetitas del concurso Un, dos, tres , preguntas raras por 25 ptas).

    Como lo que se mama directamente se acaba imitando, estaría yo en 2º o 3º de primaria cuando terminé de enseñar a leer a una compañera de clase— que se atrancaba un poco —con un cuaderno de anillas que tenía entre sus pastas viñetas de Mortadelo y Filemón . Ahora ha llovido muchísimo de todo aquello y, aparte de tener una biblioteca que es la tortura de las empresas de mudanzas, aún no he perdido el empeño como profesora de Lengua de instituto por hacer apreciar a los alumnos la belleza de viajar  lejos sin moverse del pupitre. No hay mayor odisea en un mundo ganado por la prisa y  las tabletas. Siempre recuerdo aquello tan hermoso que es la formación de las estalactitas y me gusta pensar que alguna de mis insistencias no pensadas haya conseguido crear buenos lectores.

Anabel Caride.
Profesora de Lengua.