domingo, 1 de diciembre de 2013

Miguel Ángel Román

Es evidente en estas imágenes mi afán lector


- Mamá, mamá, mira: esa es la letra ce. -Dije señalando al rótulo de una tienda.
Y aunque mi madre tiraba de mí obligándome a continuar la marcha -“cosas de niños”- yo insistía…
- Mamá, mamá: y esa letra es la ese. Ahí dice “ca-sa”.

"Bueno, ¿y qué?", pensaría mi madre. Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Primero aprenden a hablar y luego a leer. El hecho de que yo aún no hubiera cumplido los tres años no añadía mayor relevancia.

Pero, claro, había truco. Mis padres, jóvenes, gustaban de reunirse con otros matrimonios amigos para ir los sábados por la noche de tapas, copas y jolgorio. Así que, una vez el pecho materno cesó en su función nutricia, reanudaron sus correrías mientras el niño, yo, quedaba convenientemente depositado en casa de los abuelos, que para eso están, desde el sábado por la tarde para recogerlo el domingo por la mañana, de camino a misa.

Mi abuela tuvo entonces que enfrentarse de nuevo, tras haber criado tres hijos propios, a la tarea de mantener entretenido a aquel renacuajo inquieto. Abuela Carmen no tenía más estudios que los primarios, pero de muy joven había sentido la llamada de los escenarios y llegó a actuar en varios antes de que su matrimonio con un honrado orfebre le hiciera abandonar la farándula. Lo que no abandonó fue la afición a la lectura que había adquirido releyendo las obras teatrales hasta memorizar todo el texto, especialmente los diálogos de su personaje y los pies que le daban entrada; cada tarde se sentaba en su balcón con un libro entre las manos y dejaba pasar las horas en compañía de Calderón, Becquer, Lorca...

- Abuela ¿qué haces?
- Estoy leyendo, mira.– Y me enseñaba aquellas hojas llenas de minúsculos trazos de misterioso significado.
- Yo también quiero leer.

¿Y por qué no? Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Así que no se le ocurrió mejor cosa que comprar una cartilla y enseñarme las letras. Me enseñaba una letra nueva cada sábado, y yo empleaba el resto de la semana en localizar la recién aprendida en cuanto papel o letrero se ponía a mi alcance.  Mi mente párvula descubrió que aquellas letras estaban por todas partes, que el mundo estaba compuesto por miríadas de letras que decían cosas a quien las conociera, y la inquietud por incorporar a mi bagaje a aquellas a las que aún no les había llegado el turno aumentaba a cada semana.
El año en que cumplía cuatro primaveras, mi madre me llevó al parvulario más cercano, regentado por las Reverendas Madres Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Yo iba jubiloso con mi babi de rayas y el estuche de colores, ansioso por ir al colegio como el resto de los niños de mi calle.

Pero ¡qué decepción! Allí no leía nadie, solo te ponían a jugar con tacos de madera y a pintarrajear en la libreta. Afortunadamente, al tercer o cuarto mes cayó en mis manos una cartilla que habría extraviado algún alumno de primero. Ávido de letras me puse a leerla, en silencio, que mi abuela me había enseñado a no leer en voz alta para no molestar a nadie. La madre Leticia, que me vio pasando las páginas muy atento, pensó que estaría mirando las ilustraciones, pero se acercó a preguntarme:
- ¿Qué haces, niño?
- Estoy leyendo.- Contesté yo, muy ufano de poder responder lo mismo que me dijo mi abuela.
- ¿Ah, sí? –decidió seguirme la "broma" y, señalando una línea en la página abierta, me retó- ¿Y qué pone aquí?
- “El pato Perico tiene dos patas y un pico”.

A la madre Leticia se le escurrieron los espejuelos nariz abajo y se le quedaron colgando del cordoncillo, al igual que quedó colgando su mandíbula dejando ver una boca muy abierta con algunas muelas de oro.

Cuando mi madre llegó para recogerme a la hora del almuerzo me encontró en el centro de un corro de hábitos negros y con un ejemplar del Kempis, “Imitación de Cristo”, en las manos, leyendo en voz alta a aquel solícito auditorio. Al verla llegar, la madre superiora se dirigió a ella muy alterada.
- ¡Este niño sabe leer!
- Sí, claro. Eso es bueno ¿no?
- Pero es que va a tener que hacer la Primera Comunión.
- Pero si aún es muy pequeño.
- Sí, pero si sabe leer tiene que aprenderse ya el Catecismo, porque si no le puede entrar el diablo en la cabeza.

Esto me contaba así mi madre, una y otra vez, que no tengo yo memoria para recordarlo si no es por su testimonio.

El caso es que la prevención de la monja llegaba tarde. Aunque con seis añitos recién cumplidos recibí mi Primera Comunión, el diablo ya estaba en mi cabeza, conminándome a leer, a seguir con la vista a mis amigas las letras y ver qué cosas nuevas, sorprendentes, emocionantes, divertidas o serias, a veces tristes, me contaban. Hasta hoy, y espero que no se vaya nunca de ahí.

Miguel Ángel Román 
Informático