lunes, 21 de octubre de 2013

María Barbero


A mí me enseñó a leer mi hermano, que me lleva cinco años. Empecé a mirar con mucho interés sus libros del colegio cuando tenía cuatro o cinco años. El verano de mis cinco años, él, que era la paciencia personificada, me enseñó primero a leer las cosas que había escritas debajo de "los santos". Me acuerdo perfectamente del día en que me contó que la i latina se leía igual que la i griega, y de cómo me rebelé porque no comprendía ese despilfarro de letras para un mismo sonido. "No hay nada que entender -me dijo-. Son normas de ortografía y hay que aprenderlas, no entenderlas." Con un par. Y el nene no tenía más de once años.
En cuanto pude, arrasé su modesta biblioteca de ciencia ficción de bolsillo. Vamos, que mis clásicos fueron Glenn Parrish y Ralph Barby. Luego empecé con la colección de Selecciones del Reader's Digest del año del catapún de mi padre y con las novelas "de señoras" que no me censuraba mi madre, que era muy severa. Me dejaba leer biografías de reinas (María Cristina, Sissi o Victoria de Inglaterra), pero me quitaba de las manos los libritos que yo sacaba de la exigua estantería de mi padre con el singular argumento de "Eso no puedes leerlo tú, que es una novela". ¡Bendita madre mía, que me censuraba "Los tres mosqueteros", pero con siete años me dejó leer la biografía de Mesalina, que estaba con los otros libros de reinas!
Cuando cumplí siete años me regalaron mi primer libro propio: "Mujercitas". Cuando me regalaron el segundo, un año después (una biblia Regina), me había leído el primero veinticuatro veces. A esas alturas, como en mi casa había pocos libros, se los pedía a mi primo, que era un mimado y tenía muchos de Enyd Blyton. También seguía leyendo religiosamente los libros de texto de mi hermano. A los ocho años le dije a mi madre una tarde que tenía ganas de ir al colegio. "Bueno, pues vamos mañana a apuntarte."
Supongo que Sor Ana María se asombraría un tanto de que le llevaran en abril a una alumna nueva de ocho años que nunca había estado escolarizada antes, pero no preguntó nada. Al día siguiente se quiso sentar conmigo para enseñarme las letras y se quedó literalmente temblando cuando yo saqué mi biblia Regina (me pareció lectura apropiada para lucirme ante una monja) y le leí un capítulo del Eclesiastés. Al día siguiente teníamos allí a la superiora. Me pasaron de curso rápidamente. A partir de aquello quedé condenada a leer y memorizar plúmbeos poemas de Pemán y de Gabriel y Galán para todos los festivales escolares. En fin...
"Era al caer de la tarde todo el pinar un rumor" y "He dormido esta noche en el monte con el niño que cuida mis vacas" llegaron a convertirse en auténticas pesadillas para mí. Aunque a mi madre se le caía la baba mirándome.

María Barbero
Traductora técnica de alemán