jueves, 24 de octubre de 2013

Leonor Quintana


Hubiese querido recordar cómo y cuándo aprendí a leer pero, no lo consigo...

Sé que las letras me las enseñó mi madre antes de empezar a ir al colegio, pero soy la mayor de siete hermanos y comprendo ahora que no tuviera nunca demasiado tiempo disponible para este menester, así que supongo que lo hice en párvulos con la madre Anunciación -una monja alta, de piel y ojos claros, de quien no recuerdo nada especial, ni bueno ni malo,- y con esa cartilla que decía "mi mamá me ama, mi mamá me mima" al llegar a la letra m del alfabeto. Sí recuerdo los libros de la colección "Historias selección", de la editorial Bruguera, que por cada tres páginas de texto tenían una con ilustraciones tipo cómic que resumía la historia.

Ya os habréis dado cuenta de que nunca fui una niña prodigio y reconozco que entonces me saltaba el texto con alegría porque lo que ocupaba mi interés era conocer el desenlace de las historias y, además, las ilustraciones me atraían poderosamente.

Con todo, y a pesar de eso, sirvieron para aficionarme a la lectura y siempre pedía libros -en particular leyendas y cuentos de hadas de todo el mundo- como regalo de Reyes.

Como muchos niños de mi época, me convertí en una lectora casi compulsiva y leía con una linterna debajo de las sábanas, para no molestar a mis hermanas pequeñas, cuando a las diez de la noche mi padre apagaba indefectiblemente la luz de la habitación. En bachillerato leía -como muchos otros de mi generación- las obras de Enyd Blyton y, cuando se acababan, cualquier cosa impresa, como la enciclopedia Salvat que presidía las estanterias de la sala en casa.

Quizás me equivoque pero, a mis cincuenta y pico años, pienso que a los niños hay que dejarles desarrollar su fantasía y despertar su curiosidad y el amor por la lectura vendrá por sí mismo si no lo impedimos con distractores  materiales.

Leonor Quintana
Profesosora de español en Atenas.