viernes, 25 de octubre de 2013

Joana Serra de Gayeta

Mi infancia escolar huele a goma de borrar y a papel. El chicle, pegado debajo de la mesa para más tarde, al salir e ir a la plaza a jugar.
No recuerdo cuándo aprendí a leer. Supongo que bastante pequeña. Recuerdo, eso sí, que teníamos una cartilla con muchas ilustraciones y pocas palabras y "pasábamos" a la página del dibujo principal. Por ejemplo, si estábamos en la R decíamos "paso a la rana". No todas estábamos en la misma letra. Unas "pasaban a la rana", otras "pasaban al conejo". Y así, siguiendo el ritmo de cada una de nosotras con una gran paciencia. Era una escuela de monjas.
Pasé mi infancia en un pueblo que entonces era muy pequeño y, en estos pueblos, las monjas solían llenar el vacío de escuelas por parte del Gobierno. Fui a las monjas a los 3 años, allá por el 1953, porque mi vecina, mayor que yo, ya iba y quería hacer lo que ella hacía. Un día nos colocaron para hacer una foto. Yo soy la primera de la tercera fila.
 

No siempre había este orden ni esta uniformidad en la clase: era para la foto. Nuestro idioma no era el mismo que hablábamos. Pero lo aprendimos rápido. Simplemente, aquélla era la lengua de leer y escribir. Y no teníamos problemas.
Ahora siento nostalgia de no "pasar a la rana" y de no tener ya los dedos siempre sucios de la tinta del tintero. Y del chicle pegado. Y del olor a goma de borrar.
Aprender a leer para mí fue fácil y simple. Y recuerdo con gran cariño a sor Bárbara, que fue quien me enseñó. Aprender a leer no fue realmente importante para mí en la infancia. Era más importante jugar en la calle, pasar noches eternas en la camilla jugando a las cartas o jugar a las muñecas con mis amigas. Aprender a leer fue una cosa más. Igual que aprender la tabla de multiplicar dando vueltas al patio y cantándola. Un cúmulo de recuerdos, de felicidad infantil llena de juegos, calle, plaza, amigas....

Joana Serra de Gayeta                 
Profesora de la UIB jubilada.