viernes, 18 de octubre de 2013

Francisco Ariza


Aprendí a leer en los años treinta, en España. Nací poco antes del comienzo de la guerra civil, así es que mis pasos bisoños en las letras estuvieron condicionados por la falta de recursos como lápices y papel. Mis primeras páginas consistieron en una pizarra encuadrada en madera en que estampaba mis garabatos con un punzón duro de grafito y donde personas de mi familia comenzaron a escribir palabras que yo repetía oralmente, después “leía” y por fin escribía copiando la muestra para finalmente tacharlo todo (con saliva y dedo) y volver a empezar. En esta época mi padre había muerto en acción de guerra en el frente de Madrid y estábamos evacuados por el Gobierno de la República en el este del país, donde mi madre, que era maestra, tenía a su cargo una “colonia” de niños huérfanos de diversas edades. No tengo una memoria clara de dónde vivíamos, pero sí recuerdo que una vez, al volver después de dar un paseo, nos encontramos con que la casa había sido bombardeada. No había mucho espacio en nuestras vidas para aprender a leer y escribir, nuestras energías casi se agotaban en la tarea onerosa de sobrevivir. Sin embargo, sin duda porque tenía que estar en la especie de escuela algo caótica que regía mi madre, pronto aprendí el “ma-me-mi-mo-mu”, más bien cantándolo (“la eme con la a, ma; la eme con la e, me…”) que leyéndolo. Muchos años después, al estudiar lingüística, pensé que no era mal sistema para apreciar desde el principio las virtudes y ventajas del sistema vocálico español.

Cuando acabó la guerra mi progreso en lectura y escritura siguió tropezando con las carencias materiales propias de la pobreza en que vivíamos. Ya contaba con algunos libros, prestados o de origen incierto. No eran del tipo que después empezaron a utilizar los principiantes para aprender metódicamente, se trataba más bien de cuentos para niños de más edad con historias interesantes, como los de Elena Fortún, de los que conservo algunos, como “Cuchifritín y Paquito”, mi favorito por tener mi nombre este protagonista. Mi problema era que no podía leer todo lo que me apetecía, porque la luz no podía estar encendida todo el tiempo que yo quería, costaba demasiado. Tampoco esto lo considero un obstáculo: cuando es difícil leer tanto como uno desea, se hace más firme la afición que se adquiere. 


Francisco Ariza
Profesor universitario jubilado