jueves, 5 de enero de 2017

Anabel Caride

 

Es curioso cómo, siendo tan parte de mi vida, no recuerdo tener ninguna foto de pequeña leyendo a pesar de levantarme las madrugadas del fin de semana a leer en el sofá lo que pillase: Esther y su mundo o lo que yo entendía de SHAKESPEARE o MACHADO… Supongo que porque era algo tan normal que nadie se tomó la molestia de plasmarlo.
Aprendí a leer con 4 años, en casa, con el tesón de mi madre, que apenas tenía estudios primarios pero sí muchas ganas de enseñar a los demás (el mundo se vuelve francamente aburrido para alguien que acaba de tener una hermana pequeña y esta no hace otra cosa que dormir). Saqueaba la biblioteca de mis padres e iba saltando de tocho en tocho hasta que me dejaba ganar por una trama, llegaba a casa de mis abuelos paternos e iba directamente al cuarto de mi primo a ver qué encontraba entre sus libros. Siempre había algo entretenido para hacer pasar una tarde de domingo sin hablar del tiempo o las enfermedades varias. Recuerdo tener que ir al dermatólogo a esperar eternamente las horas de las citas anteriores y pedir a mis padres que me compraran un cuento en la puerta (por extraño que parezca antes se vendían por las calles, como ahora las gafas de sol y el cine pirateado) y siempre llegaba a casa leído de cabo a rato. Tanto impregnó mi imaginación desde siempre, que, una mañana en que descubrí la casa sin mi madre, levanté a mi hermana muy pequeña para decirle (como tantas veces había leído en Hansel y Gretel): “Laura, levántate que nos vamos; mamá nos ha abandonado”. Imaginad la cara de estupor de esta al encontrarnos  a los dos en bata y despelucadas en la plazoleta de abajo camino de no se sabe dónde mientras ella volvía apresurada de comprar el pan.

Leía de todo, hasta las etiquetas de los champús. Mi mayor entretenimiento era dar la brasa a mis padres para comprar pronto los libros del nuevo curso y empaparme del famoso Senda, con esas ilustraciones tan hermosas, que cuando comenzaba septiembre ya había devorado en cómodos plazos y me encantaba calcar. Habré tirado muchas cosas desde entonces pero aún conservo esa maravillosa antología de Santillana de 5º, los Cuentos al amor de la lumbre o de ENID BLYTON. Cambiaba de lugar y me adentraba en la biblioteca municipal de Chipiona, Rota, la asociación familiar del barrio o curioseaba en los kioscos entre cubitos de la playa y camaroneras; nunca he creído en el tópico de que los niños lectores son seres huraños que no pisan la calle, al menos no es mi caso. Haber leído mucho —hasta ponerte gafas precozmente— da una imaginación desbordante que suele entretener mucho a tus compañeros de barrio y conduce, en muchos casos, a lanzarse a la escritura (antes que poemas cursilones y relatos truculentos, mis tardes de primaria se pasaron también fabricando para los amigos tarjetitas del concurso Un, dos, tres , preguntas raras por 25 ptas).

    Como lo que se mama directamente se acaba imitando, estaría yo en 2º o 3º de primaria cuando terminé de enseñar a leer a una compañera de clase— que se atrancaba un poco —con un cuaderno de anillas que tenía entre sus pastas viñetas de Mortadelo y Filemón . Ahora ha llovido muchísimo de todo aquello y, aparte de tener una biblioteca que es la tortura de las empresas de mudanzas, aún no he perdido el empeño como profesora de Lengua de instituto por hacer apreciar a los alumnos la belleza de viajar  lejos sin moverse del pupitre. No hay mayor odisea en un mundo ganado por la prisa y  las tabletas. Siempre recuerdo aquello tan hermoso que es la formación de las estalactitas y me gusta pensar que alguna de mis insistencias no pensadas haya conseguido crear buenos lectores.

Anabel Caride.
Profesora de Lengua.