jueves, 12 de enero de 2017

María Dolores Almeyda Domínguez


Yo aprendí a leer mientras era feliz. Donde nací y me crie había un solo colegio con un aula para cada género, en el que todas las niñas y niños, desde los seis a los catorce años, convivíamos durante seis horas diarias, excepto sábados y domingos. La primera vez que fui al colegio había caído una intensa nevada durante la noche que se fue derritiendo a lo largo del día. Nunca más he vuelto a ver la nieve. Y por supuesto, nunca más nevó en aquel lugar. No sé por qué entré al colegio el primer día de clases después de las vacaciones de Navidad. Fue cuando la nieve. Lo pasamos jugando con ella y es el recuerdo más imborrable y hermoso que tengo de mi primer día de colegio.
No puedo recordar si mi aprendizaje fue rápido o lento. Hace tantos años… Pero sé que me gustaba aprender, ir al colegio, hacer los deberes... Sacaba buenas notas, aunque era fácil entonces sacar buenas notas. Guardo mi cartilla de escolaridad. No se nos exigía mucho. Lo elemental, las cuatro reglas, hacer labores de costura y bordado; pero sobre todo, religión. Aprender de memoria todas las oraciones, los evangelios y la vida de Jesús. Recitábamos las lecciones como una cantinela, con el soniquete sin el cual era difícil después decirlas de corrido o salteadas. Los ríos, las montañas, las regiones, los pueblos de España... La tabla de multiplicar… Todo era una canción, un ritmo cansino y perezoso; no sé si el método era eficaz para aprender, pero no conocíamos otro sistema.
Nunca me gustaron las matemáticas, aunque ese término se nos quedaba grande en aquel colegio en mitad de la nada. Las matemáticas eran unas básicas nociones de aritmética y geometría simple. Sumas y restas, multiplicaciones y divisiones. Líneas rectas, curvas y circunferencias. Hasta ahí fue divertido. Lo que más me gustaba eran las lecciones de lengua española. La gramática. Pero todo, insisto, era muy básico. Y llegados a un cierto nivel ya no aprendíamos más, y las niñas mayores pasábamos a ser las ayudantas de la maestra, que a su vez solo había sido una niña aventajada en su tiempo que pasó de aprendiz a maestra sin moverse del lugar. Heredera del Catón, los cuadernos de rayas y la Enciclopedia Álvarez.
Recuerdo que yo leía mucho, era lo que más me gustaba. Y leer me acarreó problemas. Yo buscaba libros que no estaban en el colegio ni en la biblioteca recibida de la anterior compañía inglesa que tuvo la concesión de aquella mina. Siempre tuve medios y picardía para hacerme con libros que se suponía no debía leer, poetas y escritores malditos, prohibidos, muertos o perseguidos por la dictadura. Y tenía recién cumplidos los trece años, cuando doña Manolita me echó de la escuela. Y eso que me quería cantidad. Pero no pudo soportar que yo intentara hacer un club de lectura -sin saber lo que era aquello-, en el que intentaba que las otras niñas leyeran los mismos libros que yo.
Terminé el aprendizaje en casa. Para entonces ya mi madre había rechazado en mi nombre una beca que había ganado para ir a estudiar a la capital. Terminé de aprender a coser y a bordar y a hacerme una mujer de provecho que, según la costumbre de la época, era todo cuanto debíamos hacer y saber las mujeres.
Pero nada puede evitar que la cabra tire al monte.

María Dolores Almeyda Domínguez.
Empresaria jubilada.