sábado, 7 de enero de 2017

Manuel Machuca



La primera imagen que recuerdo de cuando aprendí a leer es la de mi madre tirada en el suelo conmigo, armando palabras con un rompecabezas hecho de cubiletes con letras de colores. Aquella escena la sitúo en el apartamento que mi familia alquilaba en Rota, frente al desaparecido Hotel Buenos Aires, para pasar aquellos largos veranos de la infancia. Ni siquiera sé si la escena ocurrió en la realidad, al menos en la ubicación en la que la sitúo, pero podría ser, ya que por aquel entonces no había comenzado a ir al colegio, y de lo que sí estoy seguro es de que, cuando ingresé en los parvulitos del colegio del Espíritu Santo, en la sevillana calle Dueñas, ya sabía a leer.
Mi familia era un tanto singular para lo que se estilaba entonces. Eran los años sesenta del siglo pasado, y no era habitual que mis dos progenitores fueran universitarios, y en especial mi madre, que a sus ochenta y tres años forma parte de aquella minoría de mujeres que accedieron y culminaron los estudios superiores cuando aún no estaban autorizadas a tener a su nombre una cuenta bancaria. Sus padres, de extracción humilde y vida azarosa, siempre tuvieron claro que para salir de la pobreza había que estudiar, y ellos tres, mi abuelo, mi abuela y mi madre, fueron personas claves en mi recorrido vital.
Mis abuelos maternos fueron también unos personajes muy curiosos. Siempre los conocí separados y ello, hace casi cincuenta años, tampoco era muy frecuente que digamos. En cierta ocasión, mi abuelo me regaló una gran bola del mundo iluminada. Cada vez que lo veía, me enseñaba el nombre de las grandes capitales del mundo y a localizarlas en aquella esfera multicolor. Cada rato que pasaba con él, era un viaje de Tananarive a Otawa, de Ulan Bator a Montevideo, de Saigón a Uagadugú. Luego me exponía ante sus amistades cual mono de feria, y yo respondía de forma repelente a sus preguntas sobre los diversos países que componían el planeta, en el que existían nombres hoy tan extraños como Rhodesia o Alto Volta, Yugoslavia o el Pakistán Oriental.
Un día acompañé a mi abuela en uno de sus habituales paseos. Nos adentramos por la calle Sol, a la altura de la iglesia de los Terceros y nos detuvimos ante el escaparate de una librería. La recuerdo atestada de volúmenes que se erguían amenazantes para mi corta estatura, en torno a los estrechos pasillos de aquel laberinto. De allí salí con mi primer libro: La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne, en una edición de tapa dura, creo recordar que de Ramón Sopena. No he olvidado aquellas noches de lectura en la habitación que compartíamos mi hermano, mi abuela y yo. Luego vinieron otras, y con Julio Verne no sólo recorrí el mundo de la mano de Phileas Fogg, sino que me introduje en el centro de la tierra, me convertí en un capitán de quince años surcando los mares del sur y lloré la muerte del perro Dingo mientras hería de muerte al malvado Negoro, o me sumergí junto al capitán Nemo en las profundidades marinas más tenebrosas, en aquellas ediciones ilustradas de Bruguera, en las que las viñetas que aparecían cada cuatro páginas, aliviaban la intensidad del texto.
Aquella combinación inducida por una pareja imperfecta resultó perfecta para mí. Mi mundo continuó ampliándose hasta límites insospechados con nuevos autores, entre los que debo tener un recuerdo especial para Enid Blyton y su intrépido grupo de cinco aventureros adolescentes.
Un tiempo más tarde, aquel mundo imaginario se tornó realidad cuando apareció por casa la tía Dora, que venía de Brasil a visitar a la familia. Dora Pelletti fue para mí la constatación real de que aquellos mundos existían más allá de mi mente. Conocerla fue sin duda uno de los hitos más importantes que haya podido vivir. Durante años recibí sus libros sobre selvas inexpugnables, ríos inabarcables y aves exóticas que no podía imaginar.

Décadas después, cuando tras buscarla durante cinco años me volví a encontrar con ella, quise escribir sobre nuestra inexplicable historia. Deseaba entender una relación tan especial, que se había mantenido durante tantos años, con una mujer que había tratado apenas una semana. Tras escribir El guacamayo rojo, la novela que surgió de aquello, caí en la cuenta de que en realidad, lo que había escrito era un homenaje a mis abuelos Gabriel y Matilde, auténticos responsables de mi ferviente deseo de ensanchar el mundo. Gracias a la tía Dora pude reconocer lo mucho que les debo a ellos. Porque todo lo que hoy continúa, comenzó un día en suelo del salón de una casa de la calle Santa María del Mar de Rota, junto a la playa de La Costilla.
Cuando fui padre, busqué un rompecabezas similar a aquel que tuve de niño. Nunca lo encontré.


Manuel Machuca.
Escritor.