miércoles, 11 de enero de 2017

Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo




Lo que nos contaban los libros durante la hora de la siesta

Los libros y yo: infancia y adolescencia.

De niña asistía de buen grado al colegio donde aprendíamos e interactuábamos en armonía,  sin embargo la literatura como forma de aprendizaje y de evasión llegó a mí gracias a mi entorno familiar. En esa etapa  nuestros  maestros – a los que recuerdo con mucho cariño, a excepción de uno en particular- eran buena gente y amaban su profesión, aunque  no solían recomendarnos libros para leer en casa, quizá porque  tenían que lidiar con un número excesivo de alumnos y el programa era el que era. A pesar de todo ello mi asignatura preferida era “Lectura”: leíamos textos en clase, en voz alta, ante el resto de los alumnos, y en esos momentos mi timidez desaparecía como por arte de magia.

He mencionado con gratitud a mi familia, pues mis primeros recuerdos asociados al acto de leer se sitúan en el  salón de nuestra casa,  libros de diferentes colores y tamaños que, repartidos en diversas estanterías,  no se limitaban a ocupar un espacio, sino que tenían el honor de ser leídos por mi padre, quien nos los “presentaba” a mis hermanos y a mí indicando los temas, los autores y su interés o dificultad en función de nuestra edad. Al contrario que la Enciclopedia Salvat (quienes rondan mi edad la conocen de sobra)  tenía la sensación de que estos libros estaban vivos y suponía un gran aliciente saber que “podíamos leerlos todos”, sin excepción, sin prohibiciones.

Al tratarse de clásicos, en su gran mayoría, estas obras me acompañarían más adelante,  durante la adolescencia, especialmente durante la aburrida “hora de la siesta”, quedando fascinada desde entonces y para siempre con las inquietantes  historias de Kafka y con los relatos impactantes y misteriosos de E. Allan Poe (en realidad no me parecieron tan terroríficos como se decía).

Volvamos, pues, a mi infancia y centrémonos en los regalos de  cumpleaños y los que nos traían los Reyes Magos, que prácticamente siempre nos sorprendían con un juguete y un cuento de magnífica encuadernación e ilustraciones. Recuerdo también la dulce influencia de los comentarios sobre literatura de mi abuelo Manolo, maestro de profesión, de vocación y de convicción. Algunas tardes le visitaba en su casa y siempre me explicaba entusiasmado el libro que estaba leyendo en esos momentos, así como sus últimas adquisiciones editoriales, para las que necesitó robarle espacio al pasillo de su hogar,instalando  muebles especiales para dar la bienvenida a sus nuevas novelas… 

Sinceramente, me hacía especial ilusión que me regalaran libros durante mi niñez, aunque esto suponía disponer de menos juguetes; recuerdo claramente la colección Historias Selección (con 250 ilustraciones), de la Editorial Bruguera, que aún conservo. Estoy convencida de que los libros adecuados que recibes cuando eres niño te marcan positivamente  ¿No les parece que sería perfecto si gran parte de los familiares y amigos regalaran libros a los niños y jóvenes en Navidad, Reyes, cumpleaños y demás celebraciones?  Si por mí fuera,  animaría a los padres y profesores a acompañar a los niños a bibliotecas o librerías, y a celebrar sus logros o a apoyarles en momentos clave con libros motivadores. En estos momentos hay grandes escritores infantiles y ediciones preciosas, así como ilustradores muy creativos.

Mis hijos y la lectura: nuestro  ritual diario.

Desde que mis hijos eran bien pequeños sentí la necesidad de establecer un ritual nocturno de carácter casi sagrado. El tiempo se ralentizaba  en esos momentos y la complicidad era absoluta: a lasensación del deber cumplido y eldescanso merecido añadía más de media hora de amena lectura diaria con ellos. Era mi momento perfecto, tanto antes como después de que ellos aprendieran a leer. Lógicamente mi papel inicial de única narradora fue dando paso, poco a poco,  a la intervención y posterior protagonismo narrativo de mis hijos, cuando  les entusiasmaba comenzar a leerme su libro a mí, primero despacito, luego con precisión. Cuentos leídos, historias contadas, combinando varios idiomas, audiolibros,  narraciones sugeridas en su colegio y mi particular forma de bromear algunas veces, leyendo “muy mal” para que ellos me corrigieran, son momentos que atesoro con infinita ternura.

Mis primeros viajes (literarios).

Observo con satisfacción  que desde hace  tiempo  la lectura ocupa el lugar que merece en las escuelas desde edades muy tempranas, y sigo manteniendo la esperanza de que se fomente una verdadera Promoción de la Lectura para toda la sociedad. Mi contacto con el apasionante mundo de los libros ha sido una constante en mi vida, por varias razones, y lo verdaderamente relevante para este blog es que con el tiempo me he dado cuenta de que mis primeros viajes infantiles, sin compañía de los adultos, los realizaba leyendo desde nuestro salón familiar, en silencio, mientras todos dormían la siesta.


Yolanda de San Rafael Sánchez Mateo
Profesora universitaria y gestora cultural.