jueves, 15 de diciembre de 2016

David A. Esquivel




No me gustaba ir a la escuela, ¿a quién sí? Era un niño y lo único que quería hacer era jugar. Recuerdo que me fui de viaje a Los Ángeles para visitar a mi papá y a su otra familia. Todo estuvo bonito, pero cuando regresé a Mérida ya no tenía ningún amigo. Solía tener un grupo entero de ellos, pero eso había quedado en el pasado. Regresé y mi realidad comenzó a ser otra. Cinco escuelas tuvieron el honor de contar conmigo entre sus alumnos desde que regresé de mi viaje y aunque no era el alumno prodigio, sabía muy bien lo que tenía que hacer: no reprobar. Y era muy bueno para ello.

Comencé a tener amigos de la noche a la mañana gracias al único tipo de plática que une a cualquier grupo de niños de 12 años: los videojuegos.

Continué mi vida con mis nuevas amistades y fui creciendo. A medida que crecía me volvía cada vez más rebelde. Todos somos unas esponjas y a veces no nos fijamos de qué es lo que estamos absorbiendo, y en mi caso absorbí  las llaves hacia mi primer castigo.

Un verano sin salidas.

No recuerdo cómo, ni por qué, pero recuerdo que jamás me había aburrido tanto. Solía salir con mis amigos a tocar timbres o a fastidiar guardias de seguridad, jugar en el parque y todas esas cosas que hacen los niños, pero ese verano no podía hacer nada de eso. Acabé como un rehén en la casa de mis abuelos. La casa aburrida. Y era tan aburrida que decidí hacer eso que nunca había imaginado hacer: ponerme a estudiar. Y con esa decisión llegó la lectura de mi primer libro que fue la Enciclopedia: Historia Universal. Esa debió ser la mejor decisión que he tomado en mi vida. Había fácil 15 enciclopedias más sobre distintas ramas de estudios y decidí leer las que más llamaron mi activa atención y para cuando me di cuenta, el verano ya había acabado, a la par que mi castigo.

 
La lectura ha marcado casi todo para mí y desde que empecé a hacerlo ya no he podido parar. Un rato después me di cuenta de que sabía escribir y ello se ha convertido en mi mundo. Mi madre fue la que cultivó eso en mí, pues la primera vez que escribí fue una carta para ella.

Después de ese verano empecé a devorar libros y hasta la fecha no me he detenido. Comencé con enciclopedias pero mi hermano mayor me dio la bienvenida a los libros de acción, aventuras y misterio. Sir Arthur Conan Doyle fue el autor que iluminó mi camino hacia el tipo de relatos que aprendería a disfrutar más tarde. 56 relatos cortos y cuatro novelas sobre Sherlock Holmes marcaron el inicio de mi locura por los libros. Luego leí todos los clásicos que llamaron mi atención, después los contemporáneos y hasta la fecha sigo leyendo todos esos libros que llaman mi atención. Mi atención de niño. Mi atención de adolescente. Mi atención de adulto joven de 22 años que hoy en día disfruta del ir a la escuela, pues gracias a ella hace diez años me castigaron en verano y aprendí que uno nunca sabe lo que tiene, hasta que lo lee.

David A. Esquivel
Estudiante de Creación literaria.