viernes, 10 de febrero de 2017

Gaby Carrillo


Yo pienso que aprendí a leer y escribir en el kínder. Todavía recuerdo los ejercicios de caligrafía que teníamos que hacer y el choque que recibí cuando me enteré que mis hijos no sólo no tenían que hacerlos sino que aprenderían a escribir en cursiva hasta el segundo grado. Pero como diría mi mamá, esa es harina de otro costal.
Tanto mi mamá, que dejó de ir a la escuela desde niña para cantar profesionalmente, como mi papá, que se fue a los 13 años a la Academia de San Carlos para dedicarse a pintar, siempre fueron ávidos lectores, así que en casa jamás faltaron los libros, desde diccionarios en cuatro idiomas y enciclopedias, hasta libros de arte y literatura de todo el mundo, tampoco faltaron los periódicos porque mi papá leía 3 o 4 todos los días para “sacar tema” para su cartón editorial.
De mis primeros recuerdos de libros está un libro titulado “Los viajes de Marco Polo” en una versión móvil por la que me picó no sólo el gusanito de la literatura sino también el de los viajes. También recuerdo las Fábulas de Esopo y muchos cuentos clásicos que eran populares en aquella época. Las historietas del periódico por supuesto que tenían desde “Memín pingüín” y “Mafalda” hasta “El príncipe valiente”. Mi papi, que era caricaturista y admiraba a Disney, nos compró los tomos de Disney con los hermosos dibujos y las historias de La cenicienta, La bella durmiente, Blanca Nieves, etc.; y también recuerdo leer con mi hermana una versión de niños de Las mil y una noches y las versiones de los “Libros eternos para la juventud” de cuentos como “Las aventuras de Tom Sawyer”, “Mujercitas”, “La isla del tesoro”, etc. (¿se acuerdan?)  
Pero el libro que me marcó de niña y que me regaló mi mami, definitivamente fue “El Principito” con las historias de su rosa, su oveja, su hombre serio, los baobabs y, mi personaje favorito, el zorro. Todavía cuando algún amigo me deja plantada o llega muy tarde me pregunto si habrá leído El Principito, porque... “si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres”.
Un poquito más tarde recuerdo que mi papi me daba a leer novelas biográficas de los héroes de la Independencia de México para que aprendiera historia de una forma divertida y mi mamá me daba a leer algún cuento de Tolstoi o novelas cortas como “El círculo de tiza” de Bertolt Brecht, una de mis favoritas.
Mi hermana Marina (la más cercana en edad a mí) me lleva 4 años y de niñas nos peleábamos mucho, pero más adelante la lectura, entre otras cosas, nos unió. Algunos de mis recuerdos más añorados son las horas que nos pasábamos leyéndonos una a la otra y actuando las partes que nos tocaban. Leíamos de todo un poco, pero siempre un libro a la vez, desde “El mercader de Venecia” de Shakespeare hasta “El diario de un loco” de Gogol o “La madre” de Gorki, los “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Neruda, “El lobo estepario” de Hesse  o “Los de abajo” de Mariano Azuela.
Otro libro que me marcó desde la adolescencia fue la Biblia, específicamente estos versículos que trato de recordar en todo lo que hago:

1 Corintios 13: Si hablo las lenguas de los hombres y aun de los ángeles, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Y si tengo el don de profecía, y entiendo todos los designios secretos de Dios, y sé todas las cosas, y si tengo la fe necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada. Y si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y aun si entrego mi propio cuerpo para tener de qué enorgullecerme, pero no tengo amor, de nada me sirve.
Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad.Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo.

También en la adolescencia empecé a leer a mi autor favorito: el Gabo. Empecé con “Cien años de soledad” y no pude parar, mientras más leía, más lo amaba. Tanto así que el día que lo tuve a un metro de distancia en un congreso de la OMPI, me quedé absolutamente muda. Uno creería que con todas las celebridades, políticos y periodistas que conocí desde niña por las carreras de mis padres, no tendría ningún problema para hablar con cualquiera, jajá, con cualquiera menos GGM, ni el “hola” me salió. En fin, que he leído todo lo que he podido conseguir de él. Algunos de mis favoritos son “La historia de Miguel Littín clandestino en Chile”, “Crónica de una muerte anunciada” y “El amor en los tiempos del cólera”.
Toda esa lectura me hizo un gran favor cuando me enamoré de un americano y me di cuenta que no podría usar mi título de abogada en Gringolandia. ¡Bendita sea la lectura y bendito sea el placer de traducir!
También en su momento leí casi todo lo de Isabel Allende y, mi libro favorito de ella es... ¡A que no adivinan! “Inés del alma mía”, extraordinaria novela histórica.
Sigo leyendo cada vez que me puedo robar un momentito –más bien momentote, para qué nos vamos a engañar–, ahora también en inglés, y como ya me alargué, los dejo con una recomendación en cada idioma: en castellano, “La catedral del mar” de Ildefonso Falcones. Si son como yo lo van a ver y van a pensar ‘oh, está colosal’, sí, pero les prometo que se lo comen. Y en inglés, “Cutting for Stone” de Abraham Verghese, un médico que decidió escribir un par de libros. Los otros no se ven muy interesantes pero cuando terminé esa novela no concebí leer otra cosa por dos meses enteros. Los que no leen inglés, pueden encontrarla bajo el título de “Hijos del ancho mundo”, no se la pierdan.

Gaby Carrillo.
Traductora e Intérprete simultánea.