viernes, 24 de febrero de 2017

Belén Gonzalvo Val


SENDA DE LIBROS

Cuando era pequeña había una habitación especial en la casa de mis padres. Las sillas eran de plástico naranja y tenían repisas de las que se recogen en el lateral. Aunque con la maniobra para lograrlo corríamos el riesgo de pillarnos los dedos, plegarla y volverla a abrir era uno de nuestros pasatiempos favoritos. En esa habitación convertida en aula de matemáticas para las clases matutinas que impartía mi padre, se pasaba de recitar números y fórmulas a disfrutar con el ritmo de las palabras. Solo cuando entrabas comenzaban las aventuras.

El sonido de la tiza en la enorme pizarra marcaba nuestro recitar:

Por entre unas matas,
seguido de perros,
-no diré corría-,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: "Tente,
amigo, ¿qué es esto?"

Las fábulas de Iriarte y Samaniego son el primer recuerdo que guardo de un texto aprendido para ser contado sin sentirlo como una obligación. Mi padre había logrado reunirnos a los cuatro hermanos alrededor de un libro lleno de animales, ritmo y muchas moralejas que yo apenas lograba entender.

Subió una mona a un nogal
y cogiendo una nuez verde,
en la cáscara la muerde,
aunque le supo muy mal…

Era en ese aula donde conseguía cambiar lo que en el colegio se había convertido, según mis recuerdos, en un trabajo aburrido y lleno de temor: aprender a leer. Esto lo supongo, porque mi único recuerdo de parvulario relacionado con mis primeras letras no es bueno. Me veo escondida debajo de la mesa, agobiada por las grandes vocales que vigilan desde los carteles que forraban las paredes de la clase. Es posible que todo fuera parte de algún juego de la maestra que no debí de entender bien, porque asustada estaba, y mucho. Hasta tuve pesadillas llenas de grandes vocales persiguiéndome cada noche. Lo alucinante de esos sueños era que la velocidad parecía siempre la misma, daba igual que la vocal fuera una O que un palo poco dado a rodar como la I. Siempre me despertaba un paso antes que caer aplastada por una letra monstruosa, pero la angustia no me la quitaba en todo el día.

En cambio con los poemas le cogí el ritmo al asunto, tanto que con el tiempo aprendí a tocar la guitarra para poder contar historias con un compás distinto al de la escuela.

Todavía hoy, cuando nos reunimos los hermanos, somos capaces de recitar alguna de esas fábulas corrigiéndonos y sintiendo el cariño de nuestro padre en cada verso. Eso sí, acompañados de los instrumentos que cada uno fuimos eligiendo a lo largo de nuestra senda de libros y ritmos.

Gracias, papá.

Belén Gonzalvo Val

Violonchelista y en los últimos años cuentista de ratos perdidos.