martes, 19 de mayo de 2015

Julia Mora Herrera

La verdad es que no sé cuándo aprendí a leer ni cuales fueron mis primeras lecturas pero sí que recuerdo un año escrito en la pizarra, 1993. A partir de esa imagen se suceden en mi memoria los recuerdos de mi etapa escolar: el globo amarillo de papel charol colgando sobre mi mesa, la tonalidad verde que invadía la clase, los que fueron mis compañeros durante años, aquellos a los que no volví a ver... Al mismo tiempo rememoro los archivadores de nuestras fichas y tareas, cada uno tenía un dibujo concreto que nos identificaba. El mío era una luna. No sé si fue casualidad o no pero desde pequeña más de una maestra me decía _ y no quiero señalar _ que siempre andaba por esos lares.
Aunque no recuerde con certeza cuándo aprendí a leer sí que recuerdo cuando empecé a escribir, y también, quién me incentivó: la señorita Mayti. Ella fue nuestra profesora durante toda la Primaria y nosotros, para siempre, sus enanitos del bosque. Recuerdo que me dio un cuadernillo más bonito de lo normal para que volcara en él mi imaginación. Así surgieron mis primeras poesías sobre la luna, las estrellas, los planetas, las estaciones del año y las flores. Mayti me ayudaba a pulirlas y a corregir la ortografía y, además, me animaba a presentarlas a concursos y a recitárselas a los niños de las otras clases y ¡ahí iba yo! sin tan siquiera plantearme lo que significaba el miedo escénico. Eso debe de ser una de tantas cosas inútiles que se adquieren con la edad.
A día de hoy, y a pesar de haber crecido, aún sigo visitando ese satélite protagonista de mis relatos infantiles. Mi mente sigue siendo tan inquieta e inoportuna como cuando era niña, hasta tal punto que me interrumpe incluso en este momento. Sin previo aviso, viaja hacia otra época y me advierte de que mi historia no es tan interesante como la de otras muchas personas, las personas que no aprendieron a leer.
Precisamente por recogerse en este blog retales de recuerdos sobre cómo aprendimos a leer pienso que entre sus páginas merecen un hueco las personas que por circunstancias de la vida fueron privadas de esta capacidad tan maravillosa. Aquellos niños que tuvieron que crecer de golpe y dejar atrás los cuentos de final feliz. Al igual que yo ellos también tienen grabado un año, 1936.
Cuando estalló la guerra civil mi abuelo tenía siete años y sólo llevaba un mes en la escuela. No pudo seguir asistiendo porque tuvo que huir del pueblo con su familia y posteriormente comenzar a trabajar en el campo. Su maestro era un guardia civil y según él toda la gente de su edad “que sabe” es  porque asistió a sus clases. En ese escaso mes estudió la Cartilla, el libro para aprender las letras, y el Catón, el libro de lecturas, pero no tuvo tiempo de llegar al siguiente nivel, la Raya”.
A pesar de haber estado tan poco tiempo en la escuela mi abuelo tiene grabado un fragmento del Catón que me gustaría compartir con vosotros: “Caminaba una vez un viejo por un sendero a paso lento pero certero, y al pasar por la orilla del río vio a un niño que braceaba fuertemente…”
Su segunda toma de contacto con la lectura no fue hasta trece años después. Poco antes de irse a la mili estuvo dando clases con un profesor particular durante tres meses para poder escribir cartas a su familia desde su destino. Además, aprendió a hacer cuentas y a copiar manuscritos porque, según él, las letras de antes no eran como las de ahora, eran más revueltas, bonitas y complicadas. Gracias a esas clases consiguió desenvolverse por sí solo y hasta hoy en día sigue practicando por su cuenta.
Mi abuela tampoco tuvo la suerte de ir a la escuela. A veces se escapaba por las mañanas para asistir a clase pero al poco la recogía su madre porque tenía que quedarse al cuidado de sus hermanos y de la casa mientras ella se iba a trabajar. A ratos interrumpidos aprendió las letras con la Cartilla y a restar.
Recuerda que tanto las niñas mayores como las pequeñas estudiaban juntas en la misma clase pero, sobre todo, la sensación que le invadía cuando podía ir a la escuela. Aquello le parecía lo mejor que existía, y lo que más le gustaba era el camino de vuelta a casa con sus amigas.
Guarda un especial cariño a su maestra Rosario. Era muy buena y sentía mucha pena al ver la situación en la que se encontraban ella y su familia. También era su vecina, por eso, a veces se la llevaba de casa a clase y, además, fue quién confeccionó su vestido de comunión.
Uno de los motivos por los que mi abuela ansiaba ir a la escuela era la preocupación que le asediaba al tener que ir a algún sitio y no saber lo que estaba escrito en los letreros, no saber por dónde ir. Por eso, cuando encontraba cualquier papel con texto ella intentaba juntar las letras con el fin de descifrar sus palabras. También aprovechaba cuando iba al cementerio el día de Todos los Santos para leer los nombres de las lápidas. Y así… es como ella “aprendió” a leer.
En el transcurso de estas líneas se adivina el fuerte contraste entre mi experiencia y la de mis abuelos. Al mismo tiempo tomo conciencia de la suerte que he tenido de haber crecido entre libros y con unos padres, familiares y profesores maravillosos que siempre me han ayudado. Por eso, me asombran las personas, que como mis abuelos, han suplido la falta de posibilidades con fuerza de voluntad. Gracias a esa actitud ante la vida han desarrollado una mente crítica que no se adquiere con estudios ni se aprende en los libros y es por todo esto que se han convertido en las personas que más admiro. Me alegra muchísimo poder dedicarles estas palabras.

Julia Mora Herrera.
Publicista y diseñadora.