sábado, 4 de octubre de 2014

Santiago Pérez Malvido


Cuando yo era chiquito tenía que ir andando a la escuela. Casi todo el camino estaba protegido por una veranda que nos resguardaba a mí y a mis hermanos de la lluvia y la persistente humedad de las mañanas de una ciudad portuaria del sur. Era una distancia de un kilómetro y medio o dos kilómetros, por calles bien asfaltadas y flanqueadas de pequeños arboles de hoja perenne, recorrido por otros niños que iban a la escuela como nosotros, algunos con sus padres, otros solos.

Era el segundo colegio al que íbamos. Del primero, cuyo edificio, el chalé de San Luis, aún se conserva en pie, no recuerdo a ninguno de mis maestros, pero del segundo sí guardo en la memoria a don Francisco de Paula, su amabilidad y su paciencia. Supongo, no sabría decirlo con exactitud, que fue  el primero ­ —o el segundo— que me enseñó a leer.

Sin embargo, leer, lo que se dice leer un libro, es algo que me inculcó mi padre algunos años más tarde. El trabajaba en la mar, en un barco pesquero y solo estaba en tierra tres días de cada veinticinco, y a menudo lo extrañaba. En esos tres días pasaba con nosotros todo el tiempo y le acompañábamos cuando iba al almacén de ultramarinos a encargar víveres para la marea o a comprar jabón para afeitar o a afilar la navaja de pescador que siempre llevaba en el bolsillo ­ —a veces, en la mar, cortar una red te puede salvar la vida.

Una de esas tardes paseábamos por la calle Ancha de Cádiz, en la que entonces estaban los almacenes Galerías Preciados, ya desaparecidos. En la puerta siempre había un expositor con libros usados y de ocasión y mi padre ­­ —que tenía dos nombres, Vicente y Santiago, aunque esa es otra historia­— curioseaba hasta escoger uno o dos que luego le veía meter en la bolsa de ropa que se llevaba al barco, que no sé por qué misteriosa razón siempre zarpaba a medianoche. 

Esa imagen no la olvidé nunca y es posible­ —la memoria es a veces un invento, un deseo o una frustración— ­que ese hecho me hiciera acercarme a los libros, a leerlos, como una manera de tener a mi padre cerca de mí cuando no estaba. Luego vino lo que le pasa a todo lector, que un libro lleva a otro y el placer de la lectura se conserva para siempre. 

Aún conservo varios de esos libros usados, amarillentos y alguno en un estado bastante precario. No todos los he leído. Los guardo para cuando, ahora que definitivamente ya no está con nosotros, necesite tenerlo de algún modo cerca de mí.

Santiago Pérez Malvido.
Periodista.