lunes, 15 de septiembre de 2014

Patricia Rodríguez Huertas


Sinceramente, yo no recuerdo ese momento preciso en el que supe que la ‘m’ con la ‘a’ decía ‘ma’ y que si juntabas un ‘ma’ a otro ‘ma’ construías una de las palabras que más saldría de mi boca el resto de mi vida.

Tengo vagos recuerdos, como la mayoría de la gente de mi generación, de aquellos cuadernillos Rubio en los que escribías letras por puntos y que siempre, siempre, acababan siendo las últimas más grandes que las primeras.

Pero mi memoria guarda algunos momentos que, para mí, hoy en día, son los que marcaron mi vida como lectora. Puedo decir que, a raíz de esos momentos, yo aprendí a leer.

A los seis años mi madre decidió prepararse unas oposiciones para la administración pública. Se encerraba día tras días, noche tras noche, en el salón de nuestra casa y recitaba una y otra vez los millones de temas que debía aprenderse para optar a aquella plaza. Mi abuela nos recogía del colegio porque ella estaba estudiando; nos daba la merienda en el parque porque ella seguía estudiando y, en muchas ocasiones, mi padre era el que hacía la cena porque ella continuaba encerrada en el salón apuntes en mano. No se podía hablar fuerte en casa, ni armar jaleo, ni correr por el pasillo, ni nada de lo que solíamos hacer mi hermano y yo por aquel entonces. A veces, cuando nos quedábamos escuchando qué decía, no entendíamos absolutamente nada y, muy despacio, para que no se diera cuenta, abríamos la puerta y mirábamos como leía. Cierto era que la única tele que había en casa estaba donde ella estudiaba y lo que pretendíamos era que ella nos dejara verla, aunque fuera flojito.

Pero yo recuerdo que leía y leía, y leía tanto que la veíamos cerrar los ojos y leer sin ver en el papel.

Aprobó la oposición y lo celebramos por todo lo alto, desde luego, pero a pesar de que ya tenía lo que quería fui consciente de que mi madre nunca dejaba de leer. Y es que ella era, es y será siempre, una ‘devoralibros’.

Unos años después cambiamos de casa. Las primeras Navidades allí, Papá Noel le trajo a mi hermano la colección de cómics de Astérix y Obélix y Mortadelo y Filemón. Era unos doce libros enormes, encuadernados, unos en azul y otros en naranja, que contenían cinco historias cada uno. Mi madre le permitía que se leyera una historia antes de irse a dormir y yo lo escuchaba
desternillarse de la risa noche tras noche. Y me picó la mosca de la curiosidad.

Mi madre leía, mi hermano leía, ¡hasta mi abuela leía todos los días cuando venía de vacaciones!

Devoré la colección de cómics en un abrir y cerrar de ojos. Había palabras que no entendía y mi madre me hacía buscarlas en la enciclopedia, lo cual me daba mucha rabia porque interrumpía mi lectura y me dejaba sin tiempo para acabar la historia. Más tarde tuve que agradecerle que me inculcara esa costumbre pues comprendí que leer no es juntar una palabra con otra. Leer es sentir lo que está escrito como si te estuviera pasando a ti. Y para eso hay que desentrañar el significado de las palabras.

Después de los cómics, mi madre, que había trabajado un montón de años en Círculo de Lectores –eso me hizo entender por qué tiene esa fijación con los libros– me recordó que teníamos la colección completa de obras de Julio Verne, y allá que fui yo a dar ‘La vuelta al mundo en 80 días’, a volar ‘De la Tierra a la Luna’ o a realizar el maravilloso ‘Viaje al centro de la Tierra’.

Pero hay algunos libros que marcaron las diferentes etapas de mi vida, y es a esos libros a los que les debo cierto respeto. Recuerdo con especial cariño a ‘Fray Perico y su borrico’, de Juan Muñoz Martín, de mi época de E.G.B. Más tarde, en el instituto, ‘Tirant Lo Blanc’, de Joanot Martorell, y ‘El Escarabajo de Oro’, de Edgar Allan Poe, llenaron mi adolescencia. Y cuando llegué a la universidad, ‘Los renglones torcidos de Dios’, de Torcuato Luca de Tena, inclinaron la balanza y me abocaron a estudiar Psicología.

Soy una ‘devoralibros’ creada por otra ‘devoralibros’. Mi madre hizo que los libros se me metieran en el alma y se convirtieran, en las peores épocas de mi vida, en mis únicos compañeros. Habré perdido millones de horas de sueño por ese ‘un poquito más y lo dejo ya’ debajo de las sábanas y alumbrándome con una linterna minúscula. He llorado mientras leía porque lo que leía era tan intenso que me volteaba el estómago. He reído tanto con un libro en la mano que la gente ha pensado que estaba loca. He odiado a muerte personajes como William Hamleigh, en ‘Los Pilares de la Tierra’ y amado a otros como Nicolas Rockel, en ‘La Educación de un Hada’. Me he enamorado leyendo a Jane Austen, he alucinado con Katherine Neville y he vivido en la alpujarra granadina gracias a Chris Stewart. ¡Hasta me he sentido elfa, enana y hobbit antes de saber realmente lo que era cada cosa!

Hoy en día soy una lectora empedernida, adicta a cualquier lectura. He superado a mi madre con creces, o eso dice ella. Soy incapaz de dejar un libro a medias para empezar otro porque siento que ofendo a los personajes, al autor/a o al propio libro. Tengo especial predilección por la novela romántica porque soy una romántica incurable y me siento muy orgullosa de ello. Y mi adicción a la palabra escrita me ha llevado a convertirme, no solo en la que lee, sino también en la que escribe.

Patricia Rodríguez Huertas.
Técnica de Juventud.