sábado, 15 de febrero de 2014

José Luis Gamboa


Debía correr el año 1966 cuando mi primera maestra, la señorita Miqui, me inoculó un virus del que aún -por suerte- no me he curado: la lectura.

Sin apenas esfuerzo, todavía puedo verla con sus ojos redondos y pequeños y su permanente. Como imaginaréis, la relación entre la lectura y yo es vieja: desde que tengo uso de razón, el regalo que casi siempre pedía por Reyes era un libro.

Del que guardo mejor recuerdo es de una adaptación de Los viajes de Marco Polo. Planear expediciones a aquellas tierras lejanas y ver lo que vio el veneciano fue uno de los entretenimientos de mi infancia. También me resultó fascinante una Historia de China de la Editorial Bruguera. La leí en la azotea de mi casa familiar. Por desgracia, no la puse a cubierto y una lluvia repentina acabó con el volumen. 

De entre la malas experiencias (porque de todo ha habido en tantos años), destacaré la enorme decepción que me supuso saber que Don Quijote no existió (desde entonces, mi relación con la obra de Cervantes es esquiva) y mi ambigüedad hacia Julio Verne (no me gustó nada 20.000 leguas de viaje submarino, pero me encantó La vuelta al mundo en 80 días y, sobre todo, Miguel Strogoff).


José Luis Gamboa
Profesor de lengua y literatura.