domingo, 23 de febrero de 2014

Antonio Calvo Roy


Lamento no tener una fecha ni un año ni una persona en particular. No recuerdo el proceso exacto, las dudas y los avances más allá de los palotes, lo raras que eran las uves en la caligrafía, las cartillas con frases un poco tontas llenas de emes. Como allí recuerdo sólo a dos monjas, sor Umbelina y sor Covadonga, sin duda a ellas les corresponde haberme descubierto el mundo de la lectura, es decir, el mundo.

Probablemente lo viví como un proceso natural, porque, como yo era el pequeño, en casa todos leían ya y siempre había libros, revistas, periódicos y tebeos. Un poco más tarde, ya en otro colegio, sé que me gustaba el golpecito que daba en la cabeza el inspector cuando venía al cole a ver cómo íbamos y te pasaba el testigo para leer. Recuerdo que siempre estaba deseando que me tocara, porque era algo que me gustaba hacer y que hacía bien. Pero, lo siento, no tengo presentes los detalles de cómo llegue al país de la lectura, aunque sé que he pasado allí muchos de los mejores ratos que recuerdo.

Desde relativamente pronto me veo siempre con algo de leer en las manos, quizá imitando a mis hermanos mayores, a los que sé que daba la lata para que me leyeran cuando yo no sabía. Siempre había por ahí un tebeo –los comprábamos los domingos, Pumby, Pulgarcito…-, un libro de Tarzán de los que tenían viñetas cada cuatro páginas, una estupenda edición con pastas amarillas de editorial Juventud de Jim Boton y Lucas el maquinista, de Michael Ende, los libros gordos de Disney con el Tío Gilito y toda la familia. Y, sobre todo, los tintines, el primero de ellos, un regalo para mi hermana, Las 7 bolas de cristal. Un poco después, quizá en los primeros años 70, sé que me gustaban las clases de lengua porque me gustaba buscar palabras en el diccionario, justo en la edición del DRAE de 1970, la de un solo tomo. Y sí, no se me olvida, una vez que estaba enfermo en la cama, las tapas grises de El zoo de Pitus, un libro maravilloso de esos que te acompañan siempre. Quizá el primer libro que me impresionó de verdad.

En los veranos recuerdo el estupor de algunos amigos porque, tanto a mi hermana de mi edad como a mí, nos gustaba quedar con ellos más tarde, no nada más comer, para tener un rato de compañía con Jorge, Dick, Julio, Ana y Tim, los cinco de Enid Blyton, con Óscar, agente secreto, con la maravillosa alfombra voladora y los disfraces de agrimensor -¿qué sería aquello?- de Tevan Sventon –pronunciado siempre Tevan Eston-, y los siete, entre otros compañeros de entonces. Eso sí, me mantenía lejos de las Torres de Malory y Puk no se qué (¿cabecita loca pero gran corazón?), reservados para mis hermanas.

Algún verano más tarde Tres pioneros, de Eric Collier, fue otro de los libros que me impresionó. Afortunadamente la biblioteca de casa estaba muy bien surtida y mi padre era, además de un gran lector, un excelente pasador de libros. Mi segunda guerra mundial, mi Delibes, mi Plinio… Y no se olvida tampoco el que considero el paso a la lectura, digamos, adulta, la de verdad verdad. Yo tendría unos 15 o 16 o así y mi padre me dio los tres tomos que acababan de salir, 1976, de los cuentos de Cortázar en la edición de Alianza que los reunía todos. Entonces, el mundo cambió. Qué el mundo, el Universo. Desde entonces, todo lo demás vino solo, aunque nunca he perdido el gusto por la obra de Julio Cortázar, así que este año en el que se celebra el centenario de su nacimiento y se publican inéditos, los paladeo con placer.

Y ahí sigo, leyendo todo lo que cae en mis manos, viviendo siempre intensamente las escapadas a ese maravilloso país de la lectura. Y de todos ellos, el único al que vuelvo reiteradamente, al menos cada dos o tres años, es al Quijote, un paisaje conocido y siempre lleno de sorpresas. Me gustaría poder decir con Borges, en su poema Un lector, “Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído.”

Antonio Calvo Roy.
Periodista.