sábado, 14 de marzo de 2015

Ana Medrano Basanta



No recuerdo en que momento aprendí a leer. Para ser sincera ni siquiera me acuerdo de haber aprendido o de las cartillas que utilizábamos para tal fin… Pero puedo asegurar que crecí leyendo.

De niña y adolescente leía todo lo que caía en mis manos, de “Las aventuras de los cinco” saltaba a las novelas que había heredado de mi madre: los cuentos de la Condesa de Segur o las novelas de Louise Marie Alcott; de las obras completas de Lope de Vega pasaba a las biografías -que me apasionaban- de Madame Curie, Marco Polo o Isabel la Católica; de los tebeos del Pato Donald y los golfos “apandadores” a los cómics del Jabato o del Capitán Trueno de mi hermano mayor…
Sin embargo hay dos acontecimientos mágicos relacionados con la lectura que no tienen que ver con todo lo leído pero que supusieron un antes y un después en mi corta vida:

El primero, un día que, con siete años, me colé en el despacho de mi padre y desobedeciendo todas las recomendaciones recibidas me puse sus gafas. Unas gafas de montura dorada, bastante delicada, que me parecían una joya maravillosa y que teníamos prohibido tocar. Lo que descubrí me termino de convencer de lo extraordinarias que eran: ¡Con ellas de lejos se podían leer los lomos de los libros! Aguanté el chaparrón que me cayó cuando mi madre me vio aparecer en la cocina luciendo las dichosas gafas, aunque la evidencia de que su hija pequeña era miope perdida (cosa que corroboró el oftalmólogo unos días después) contribuyó a que me librara del castigo.

El segundo, también por aquel entonces, el momento en que me di cuenta que el texto escrito dentro de los “bocadillos” que aparecían en las viñetas de los cómics o tebeos se correspondía con lo que hablaban los personajes. Hasta ese instante yo primero examinaba los dibujos y después leía los textos. Y ese día, en un segundo… ¡todo cambió! y la magia estalló delante de mis ojos, uniendo palabras e imágenes en un ballet acompasado y revelador.

En ambas ocasiones recuerdo haberme quedado sin habla, pasmada ante las posibilidades que ambos hallazgos suponían para mi pequeño e incipiente universo.

Sólo recuerdo otro momento igual, la primera vez que vi el mar… pero eso es otra historia.



Ana Medrano
Escritora