miércoles, 22 de enero de 2014

Toni Solano


Recuerdo que, cuando era un niño, una parte importante de mi distracción era la lectura. Hasta tal punto debía llegar mi avidez por leer, que me adelantaron un curso y empecé la EGB con cinco años, pues la maestra consideraba que, como sabía leer, no debía perder más tiempo en parvulitos. Pienso, además, que debía hacerlo bien, pues siempre me tocaba leer a mí en clase.

Quisiera recuperar especialmente una anécdota de aquella época. En casa de una tía mía había un pequeño souvenir de la localidad de Morón de la Frontera. Se trataba de un obelisco con el célebre gallo y una placa que recogía brevemente la leyenda del lugar, ya saben, aquello de "te vas a quedar como el gallo de Morón sin plumas y cacareando en la mejor ocasión”. Cada vez que iba a visitar a mi tía, me hacían leerlo públicamente delante de todos, pues parecían entender que era mucho más atractivo un renacuajo lector que cualquier gallo de leyenda patria.

En casa de mis padres siempre hubo libros, no muchos, como correspondía a una familia humilde y sin apenas formación, pero suficientes para que ya desde pequeño considerase el libro como un objeto preciado. Nunca me negaron un cuento o un libro; si no lo podían comprar iba a la biblioteca del pueblo donde pasaba muchas tardes ojeando o leyendo los libros que me llamaban la atención. Desde pequeño, cada vez que viajábamos para ver a familiares lejanos, acostumbraba a comprarme cuentos troquelados, libros ilustrados o tebeos para distraerme en el tren.

Cuando crecí, los cuentos dieron paso a colecciones como Los cinco, Los tres investigadores, Los Hollister, etc. y también clásicos juveniles (colecciones como las de Anaya, el Club Joven de Bruguera o las primeras colecciones promocionales de quiosco). Seguía visitando la biblioteca y leyendo Astérix o Tintín, además de otras novelas juveniles que caían en mis manos. Conforme entraba en la adolescencia, conocí muchas obras clásicas en forma de cómic (los ilustrados de Bruguera), lo que me animó a descubrir el mundo de la literatura que hoy día se ha convertido en mi oficio.


Toni Solano
Profesor de lengua y literatura.