sábado, 13 de enero de 2018

Sandra Patricia Rey



SIMULCOP DE INFANCIA



Durante mi infancia, leer y escribir, llaves simbólicas del saber y del poder, para los eruditos, eran para mí sinónimo de juego.


En mi época y en el barrio urbano que me crié, se llamaba librerías a los comercios en los que se vendían lápices de colores, unos anotadores llamados Congreso que no faltaban en las casas, blocks de hojas de colores, papel glacé, plasticola, gomas de borrar tinta y lápiz. También sobres y papel de carta, y los cuadernos Simulcop, ese invento de los 60 para dibujar como los dioses. No se vendían libros.


Así entonces, el primer contacto con la palabra escrita, eran los periódicos y las revistas. Para chicos, a comienzos de la década del ’60, comenzó a editarse Anteojito, una creación de Manuel García Ferré, el creador de los primeros dibujos animados en la Argentina. El personaje era un niño de unos 8 años, muy tranquilo e inteligente, que usaba grandes anteojos, y vivía con su tío llamado Antifaz. A la galería de personajes entrañables, se sumaban actividades para realizar. Además me compraban historietas. Las aventuras de un cacique noble de estas tierras, llamado Patoruzú, y las locuras de un personaje peculiar, Isidoro Cañones. Las ilustraciones permitían imaginar la historia, aunque los textos resultaban aún un misterio.


Recién el colegio abría las puertas al mundo de la lectura, y eran los maestros los que nos iniciaban en ella. Con orgullo puedo decir que mi maestra de primer grado, Cristina Doce, fue quien me enseñó a leer y de las primeras personas que me animó con la escritura.
 

Si muchos de los de mi generación aprendimos a leer, leyendo historietas, en mi caso, una vez adquirida la herramienta, devoré con avidez cada libro de la biblioteca familiar, recuperada en la actualidad para amurar en mi habitación. 
 

La lectura era un acto solitario, casi secreto, y los personajes de historietas y de libros, tan reales como cualquiera de mis familiares o amigos.


Los libros se convirtieron en un buen refugio, buscaba algunas respuestas que no encontraba alrededor y eran una verdadera compañía. Soy la menor de cinco hermanas mujeres, y a medida que mis hermanas se casaron, la biblioteca se fue despoblando. Como ser mayor otorgaba algún derecho, se llevaron unos cuantos libros que yo amaba, aunque a nadie le importó.


De la colección Robin Hood, conservé El príncipe feliz, Mujercitas y Bajo las lilas, pero nunca encontré el ejemplar de Corazón que me había regalado mi madrina de bautismo. Era de tapas duras, rojo brillante, y tenía representado al pequeño Marco con las montañas de fondo. No puedo contar cuántas veces viajé de los Apeninos a los Andes, acompañándolo.


En un estante tengo reunidos a mis amigos de la adolescencia, las Voces de Antonio Porchia, Pedro Páramo, Juan Salvador Gaviota, Mi planta de naranja lima y El principito con el lomo pegoteado por una reseca, amarillenta y ajada cinta scotch. Para un cumpleaños, a propósito del cincuentenario, me regalaron una edición encuadernada en tela color azul, y aunque trae dibujos originales de Saint Exùpery, no tiene para mí el mismo valor.


En ese estante preferido tengo además a Corín Tellado, descubierta por casualidad en los mismos anaqueles que los clásicos, en mi primer viaje a España. Con el mismo entusiasmo con que solía perderme en las librerías de la Avenida Corrientes, encontré a la asturiana; según la UNESCO, la autora de habla castellana más leída después de la Biblia y de Cervantes.


En la ocasión no eran novelitas usadas, elegidas entre pilas bien ordenadas en prolijos y polvorientos cajones que tenían esos locales de canje o venta, sino ejemplares originales que me hicieron ilusión. 
 

Estaba ordenada alfabéticamente en una clara demostración de que no existe género menor. Cabrera Infante declaró que su tarea de corrector de la prolífica escritora de novelitas rosa –la inocente pornógrafa, como él la llamaba–, fue determinante para su posterior dedicación a la escritura.


Eterna la poesía, asoman en ese mismo estante Machado, Hernández y Prevért, y los argentinos Girondo, Gelman y la Orozco; allende la Cordillera, Neruda y Vicente Huidobro; e Idea Vilariño y Mario Benedetti, desde el otro lado del charco. Poemas aprendidos de memoria de tanto andarlos y desandarlos.


Mientras los demás aborrecían los clásicos del secundario, yo disfruté al deslizarlos de sus estantes, para mis sobrinos y mis tres hijos después. El poema del Mío Cid, el hidalgo caballero Don Quijote de la Mancha, Platero y yo, Los árboles mueren de pie, El lazarillo de Tormes y Pepita Giménez entre otros, se han mantenido vivos a fuerza de subrayados y anotaciones.


El juego continuaba para mí y quería contagiarlos, al iniciarse el año escolar y llegar con la lista de libros, ellos decían el título, esperando que yo completara el autor. También se hizo costumbre que les contara de qué trataban, cuáles eran mis preferidos y más aún, cómo hacer sinopsis o resúmenes.


Como lectora, los libros siempre me hicieron sentir esa magia de lo que no se puede explicar. Me convirtieron en protagonista.
 

Sandra Patricia Rey
Abogada, escritora y creadora de la revista Megara.