jueves, 31 de julio de 2014

Rosa López Grau



Yo aprendí a leer con seis años, algo mayor para la mentalidad actual, pues los niños y niñas de hoy en día están en contacto con los jardines de infancia, guarderías y colegio en edades tempranas para favorecer su desarrollo personal y la mayoría aprenden a leer antes que yo.

Me enseñó a leer la Señorita María, una gran persona con mucha paciencia y devoción; se notaba que disfrutaba realizando su trabajo. En los años 70 se aprendía a leer principalmente repitiendo, al menos este es mi recuerdo.

Todos teníamos unos cuadernos de lectura que seguíamos en clase guiados por la maestra. En casa nuestros deberes diarios era repasar lo que habíamos leído para asegurarnos que lo entendíamos. Este momento lo recuerdo con cariño porque mi madre era quien me ayudaba mientras realizaba sus tareas domésticas. En ocasiones, como me costaba recordar alguna palabra, mi madre me la hacía repetir una y otra vez poniéndole música y, la verdad, es que funcionaba.Esta técnica la he utilizado cuando he dado clases a niños y creo que es muy útil para explicar la acentuación. 
 
Con el tiempo descubrí que prepararse, en casa, la lectura siguiente era bueno para disfrutar en clase y estar más relajada En mi infancia me gustaba leer los cuentos tradicionales que vendían en formato troquelado. Hoy en día cuando los veo en las librerías me traen tiernos recuerdos.

Siendo todavía pequeña, lo que me entusiasmaba, era leer las etiquetas de las botellas o los ingredientes de los productos envasados. Cuando se ponía la mesa para comer o cenar era uno de mis momentos preferidos porque podía leer alguna etiqueta de los productos alimenticios.

Cercana a la adolescencia mi padre nos acostumbró, a mi hermana y a mí, los sábados, a leer un cómic. Cuando regresaba con el periódico traía un cómic para mi hermana y otro para mí. Luego lo intercambiábamos y podíamos seguir leyendo.

Siempre he estado interesada por la lectura pues sabía que con ella te escapas de la realidad que vives y te recreas en otra. En casa de mis padres siempre ha habido muchos libros en las estanterías. Las estanterías más cercanas al suelo era donde estaban los libros que nos podían interesar por nuestra edad, y en las estanterías superiores estaban los libros destinados a adultos o de temáticas específicas. Aunque me recomendaron leer los de mi edad, en ocasiones, y lo dejo escrito aquí, leía los libros que no me correspondían. Como siempre he sido muy ordenada cogía uno, lo leía y lo volvía a dejar exactamente igual para que no se notara.

En la adolescencia crecí siempre rodeada de los títulos de Julio Verne. Vivía sus historias con entusiasmo y fascinación.“El principito” lo leí en varias ocasiones en EGB, porque nos hicieron creer que era un libro destinado a público infantil cuando no es así, por eso hasta que no llegué a BUP donde otra vez nos tocó leer el libro no lo entendí. Hoy en día cuando la sociedad se queja que no se lee siempre pregunto lo mismo: ¿Qué entiendes tú por no leer? Para estar activo en Internet hay que leer mucho.

Otro libro que recuerdo con cariño es el “Mecanoscrit del segon orígen” de Manuel de Pedrolo por la transparencia con la que trata el descubrimiento del amor y la amistad entre dos adolescentes.

Quien lee se evade, quien se evade crea y quien crea genera optimismo.

Rosa López Grau
Escritora


María José Chordá



Mis primeros recuerdos de la lectura tienen mucho que ver con la palabra, con mi padre y una enorme fila de niños esperando su turno para leer ante la seño.


Hace poco leí una entrevista en la que el actor Juan Mayorga recordaba el placer de escuchar a su padre leer en voz alta y cómo aquello marcó su gusto "por las palabras y la lectura". Mi padre no leía en voz alta, ni tenía grandes estudios, pero era un entusiasta de la palabra, cuanto más rara mejor. Las pronunciaba, las repetía y las insertaba en sus conversaciones con cierta ironía. Le encantaba buscar en el diccionario, uno de los primeros libros que me regaló, fue un enorme diccionario Sopena ilustrado que yo adoraba. Al final, mi padre olvidó todas aquellas palabras, debido a una penosa enfermedad, pero de algún modo yo continué esa pasión y las revivo.

Otro de mis primeros recuerdos lectores me lleva a mí en el cole en una larga cola de niños, esperando a que la seño nos llamara a su mesa para leer la lección. Nerviosismo y excitación por hacerlo bien. Y luego el placer de leer y escuchar leer en voz alta, no había nada mejor.

De todos modos el instituto fue mi despegue lector, ahí me topé con la literatura en mayúsculas. La poesía se instaló en mi vida hasta la fecha y comencé a hacer lo que más me gusta, escribir, aunque desde los diez años había sido una empedernida escritora de diarios que aún conservo.

Me gusta pensar que ahora me dedico a hacer amar la palabra, la literatura, los libros a las personillas que cada curso me encuentro en una clase. Pues eso, me gusta pensarlo y pongo todo mi empeño en conseguirlo.

María José Chordá.
Profesora de lengua.

 

José Luis Sánchez Rodriguez


En mi casa no había televisión. Quizá por eso me hice lector. Tampoco había libros. Bueno, en realidad había un libro de cuentos infantiles, que releí cientos de veces y que se titulaba Para mi hijo. Recuerdo también algún cuento de Calleja, y un Quijote sin pastas que leía con voracidad en las tardes invernales de mi infancia. En casa también había una Biblia, que comenzaba por el Génesis y terminaban en el Apocalipsis, como todas las biblias, y que leí sistemática y ordenadamente de pe a pa. Me gustaba hacer incursiones lectoras en el libro de los Proverbios, o en el Deuteronomio, porque encontraba sentencias que me desconcertaban, creyendo, como creía entonces, que lo que allí ponía era palabra de dios, como lo de cortar la mano al ladrón o lapidar a las mujeres adúlteras, o vender como esclavas a las hermanas que deshonraban a la familia. Aprendí que para el dios de los judíos era mucho más importante una oveja que una mujer. Y posiblemente llegué a creérmelo, reforzado por El Promotor de La Sagrada Familia, El Santo, o la revista del Padre Damián, únicas lecturas que entraban en casa.

La tele seguía sin llegar, pero por aquel entonces no creo que me importase mucho, porque descubrí los tebeos: Pulgarcito, TBO, Din Dan y otras cabeceras juveniles. Si caía enfermo siempre aprovechaba la circunstancia para pedir tebeos, porque de otra manera no me los compraban, básicamente porque había que atender otras necesidades. Tenía sin embargo un vecino de mi edad, que además de televisor, guardaba una buena colección de álbumes del Capitán Trueno y El Jabato. Ni que decir tiene que nada más salir de clase, cogía la merienda y me subía a casa de mi vecino a vivir aventuras subido en un drakkar vikingo con la bella Sigrid de Thule, o montando en los globos aerostáticos del mago Morgano y en cualquier caso, viviendo experiencias alucinantes en lejanos países de nombres exóticos, o surcando mares en los que las galernas eran frecuentes, naufragando en una tempestad y salvando desvalidas doncellas o poblaciones oprimidas por los poderosos en los confines del orbe. Un tebeo era el único pasaje necesario para viajar por el mundo y volver a casa a la hora de la cena.

Debía tener 11 años cuando cayó en mis manos el primer libro de Enid Blyton, se llamaba Misterio del vagabundo. Aún lo conservo. Después vinieron el Club de los cinco, los siete secretos..., Blyton, la tantas veces denostada Blyton sus vacaciones sin adultos, vivían aventuras impensables, y sobre todo, desayunaban pasteles de jengibre, mermeladas de mil sabores, tartas, galletas, bacón, huevos y también algo que llamaban rosbeef. En mi particular imaginario gastronómico todas esas viandas han quedado grabadas como algo tan exótico como la libertad que parecían gozar unos chavales de la Inglaterra de postguerra, tan alejada del empobrecido, ultracatólico e hiperprotector ambiente en el que yo me desenvolvía. A veces, desayunando en algún hotel de bufet libre, me vienen a la cabeza los libros de Los cinco y me acerco a por otra tanda de huevos con tocino.

Un día descubrí la biblioteca. Allí habitaban nuevos héroes: Sandokan, Tom Sawyer, el capitán Hatteras, Nemo. Ivanhoe, Los hijos del capitán Grant..., Verne, Salgari, Twain, Fenimore Cooper, Walter Scott, empezaron a llenar mis espacios de ocio y mi cabeza de fantasías. Otros mundos infinitos se abrían para mí. Leía, leía, leía, siempre que tenía un rato, en la mesa, en la cama, en el servicio, incluso en clase. La adolescencia me trajo otros autores, otras lecturas. Pasé, en la edad prohibida, por aquellos libros para adolescentes de Martín Descalzo, me enganché después a las clásicos, a la poesía, al teatro, cualquier género me venía bien, cualquier estilo: El realismo, el naturalismo, los autores rusos...

Para cuándo mi padre compró una televisión en blanco y negro de segunda mano, yo andaba ya por Sthendal, Balzac, las hermanas Bronté, Mary Shelley, Dickens, Dumas, Lampedusa... y hacía incursiones en la filosofía y en la historia. Platón, Nietzsche, Sartre, Preston, Duby, Benassar. Me dejé seducir por los escritores malditos, Verlaine, Baudelaire, Bukovsky, Rimbaud, Sade, Horacio Quiroga, pero quizá mi experiencia literaria más intensa fue el descubrimiento la narrativa hispanoamericana, principalmente Cortázar, Rulfo, Monterrosso, Carpentier y sobre todo el literato completo, el genial García Márquez.

 Algunos cientos de libros después la literatura me regaló a Saramago, el autor que más me ha marcado, que más me ha hecho pensar, que más he admirado. Leí con fruicción, con voracidad, todo lo que caía en mis manos, durante años. Con la edad selecciono más lo que quiero leer, me deleito con Maalouff, Kundera, Galeano, Millás y tantos otros, que me han ido enriqueciendo en cada página. Si un libro no me atrapa en las primeras páginas, lo abandono sin ningún remordimiento, aunque a veces vuelva a darle una segunda oportunidad. En ocasiones leo, incluso, con el televisor encendido. Será por eso que se me atraganta Borges, que no he podido con el Ulises de Joyce y que no soy capaz de pasar de las primeras páginas de Divina Comedia, pero ya encontraré el momento, aunque para ello tenga que poner la tele de cara a la pared.

José Luis Sánchez Rodriguez.
Bibliotecario.

El autor escribió este relato por petición de @londones con motivo del día del libro de 2013, ahora lo comparte en "Yo aprendí a leer".

jueves, 3 de julio de 2014

Nicolás Jarque Alegre


No sabría precisar el momento exacto de cuando aprendí a leer, pero no falseo la realidad si haciendo un esfuerzo de imaginación, lo sitúo en el parvulario, con aquellos alfabetos pintados en las pizarras. Juntando letras mayúsculas y minúsculas. Confundiéndolas. Cantando, jugando mientras aprendíamos. Tuvo que ser después de que mi padre me enseñase a escribir la a,eso sí lo recuerdo bien y lo satisfecho que estuvimos los dos con ese logro. Seguro que tras ese triunfo llegaron otras pequeñas victorias en forma de e, de o, de n, de s... Y así todas las letras. Gracias a ello, tiempo más tarde, los cuentos de Caperucita Roja, de Garbancito, del Gato con botas... que me contaba mi madre podía leerlos, entenderlos y no quedarme solo en las ilustraciones, y aunque no disponían de la misma dulzura que la voz de mi madre o de mi abuela, disfrutaba de esas fabulas, sintiéndome mayor, como ellas.

Pero si prescindimos de esta etapa de iniciación común para la mayoría de los mi generación, podría aseverar, sin miedo a equivocarme, que mi primera lectura, la que yo considero así por ser ajena a las obligaciones escolares, se produjo por casualidad, con ocho o nueve años.

Fue en la biblioteca de mi pueblo. Curioseando por las estanterías, aquí, allá, cuando me topé con un libro cuya cubierta llamó mi atención. Y sin pensarlo mucho, me lo llevé a casa los quince días reglamentarios. Fue Papel Mojado de Juan José Millás, un escritor entonces desconocido para mí, y al que hoy en día le rezo cada noche para que me inspire, aunque esto es otra historia que ahora no viene a anticuento. Recuerdo que el libro me encantó. Que la trama me llevó por una senda desconocida para mí, donde lo infantil se quedaba atrás y la historia policiaca del libro, de mayores entonces, me enganchó. Pero a pesar de la buena experiencia, la lectura no consiguió alejarme de los partidos de fútbol eternos, de la televisión, de los juegos y de la alergia que sentía cada vez que el profesor de lengua enumeraba los libros a leer para aprobar su materia. Siento que en aquella época Camilo José Cela, Quim Monzó, Unamuno, Isabel Allende, entre otros grandes autores, no me cautivaran.

Y el tiempo pasó. Di el estirón. Me centré en los números, en contabilizarlos en el debe y en el haber, hasta que la escritura, por cierto alentada en gran medida por Millás y su espacio radiofónico, despertó mi curiosidad por las letras. Entonces, con naturalidad, me vi recuperando el tiempo perdido. Me obligué, esta vez con deleite, a leer los clásicos indispensables, las lecturas recomendadas y todo aquello con aroma literario que caía en mis manos. Así, con cierto apuro, confieso que ya había analizado muchos balances cuando descubrí a García Márquez, a Benedetti, a Vilas-Matas, a Vargas Llosa, el Quijote, la Metamorfosis, Pedro Páramo..., a otros escritores —clásicos o contemporáneos— y a un buen ramillete de autores, microrrelatistas la mayoría, que he ido conociendo en los últimos años; de los que he disfrutado y aprendido al leer sus creaciones.

De esta forma, con infinidad de lecturas aún pendientes, llego a la parada llamada actualidad, donde hace unos días, otra vez, por casualidad aunque no exista, he vuelto a releer Papel Mojado, sin tanta devoción como la primera vez, pero con la misma atención a las letras del maestro Millás. Y de este modo quiero pensar que se estrecha el círculo de mi experiencia lectora y, ello me sirve para cerrar esta narración, no sin antes aconsejar, solicitar, suplicar a quien corresponda y a mí mismo, para que sigamos leyendo e inculcando a nuestros pequeños que no hay mejor aprendizaje, medicina, entretenimiento o descubrimiento vital que los libros y su lectura.

Así que conjuguemos para aplicarnos de verdad el cuento: Leo, lees, leen, leemos, leéis, leen.

Nicolás Jarque Alegre.
Contable.

jueves, 12 de junio de 2014

Francisco Galván




Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero… Bueno, en realidad, yo no tuve tanta suerte como Antonio Machado. Mi infancia giró en torno a una mesa camilla con un brasero, los pies calientes y la espalda fría, en un piso de una remota colonia de Carabanchel Alto edificada para dar cobijo a los funcionarios del régimen.

Tengo pocos recuerdos sobre mi más tierna infancia aunque los que conservo son vivísimos, tanto que a veces pienso que no son ciertos del todo y que los he ido revisando y adornando con el paso de las décadas hasta el punto de que, quizá, tengan ya más de ensoñación que de realidad.

El caso es que uno de esos recuerdos, que no sé si se refiere exactamente a mi primera lectura pero que, sin duda, ha de estar cercano, es de un cuento de Aladino que me embelesaba sentado a esa mesa camilla con los recios faldones cubriéndome las piernas y el hornillo eléctrico caldeándome los pies. Era uno de esos cuentos de muy pocas páginas, para las primeras lecturas, con los contornos recortados para acomodarse al dibujo de la portada, que era amarilla. Estaba Aladino con su lámpara maravillosa y delante tenía la cueva de los ladrones. En cada una de las páginas interiores había un dibujo enorme con apenas una frase en letras bien grandes. 
 
Recuerdo esta exploración en el mundo de la lectura como algo casi mágico, como si se me abriera ante los ojos todo un universo desconocido que hasta entonces me había estado vedado. Creo que fue así como empecé a leer, incluso sospecho que lo hice en mi casa y no en el colegio. En mis tiempos no había guarderías. Quizá fue mi madre la que me ilustró. No lo sé y ya no puedo preguntárselo.

Y si tengo la sospecha de que aprendí en casa no es solo porque no guardo el menor rastro en la memoria de tal experiencia en la escuela (a pesar de que recuerdo el primer e infausto día de clase), sino por lo que explico a continuación.

Me escolarizaron con un año de retraso debido a unas fiebres reumáticas que me diagnosticaron. Me recomendaron reposo absoluto y ese primer curso lo perdí. Me quedé en casa y gran parte del tiempo, en la cama. Bueno, más concretamente, dando botes sobre la cama, porque, como decía mi madre, era un niño muy inquieto. Supongo que tendría seis o siete años.

En ese tiempo de convalecencia creo que fue en el que aprendí a leer. Probablemente con ese cuento de Aladino y con otros similares, pero también con los tebeos que me traía mi padre cuando regresaba de trabajar a mediodía. Yo esperaba con verdadera impaciencia su vuelta a casa para comer. Siempre me traía un TBO, un Jaimito, un DDT, un Pumby o algún otro de los que proliferaban en aquella época.

Desde entonces, siempre que me tenía que quedar en cama por un resfriado o una gripe, mi padre no fallaba. Es curioso que solo me comprara tebeos cuando me ponía malo, lo que solía ocurrirme sistemáticamente al principio de cada curso escolar porque en cuanto comenzaba el otoño yo cazaba al vuelo todos los virus de gripe que había en el barrio. Una de mis características a lo largo de mi vida escolar, incluso cuando comencé en el instituto, fue la de faltar a los primeros días de clase por enfermedad, con lo que eso tiene de desventaja para un niño, ya que es en esas primeras horas de contacto con los otros compañeritos cuando se fraguan las amistades y se forman los grupos. Yo siempre llegaba tarde.

Después me aficioné mucho a la lectura, tanto que creo que leía más que ahora o quizá es que el tiempo entonces se estiraba como un chicle. No como ahora, que las horas son más cortas. Recuerdo que con diez o doce años me empapaba con los libros de Tarzán, el auténtico Tarzán de Edgard Rice Burroughs. En casa teníamos la colección completa, que seguramente mis padres le compraron a mi hermano mayor. Cuando llegaba del colegio mi madre me daba la merienda (pan con chocolate) y me sentaba en el sillón, junto al balcón, a leer tratando de estirar al máximo el tiempo del bocadillo porque al acabarlo debía ponerme a estudiar. Lo habitual era que mi padre pusiera punto final al larguísimo tiempo de merienda, aunque con cierta manga ancha para hacerme creer que mi treta funcionaba.

Los libros ilustrados de Bruguera y los tebeos (entonces no se llamaban cómics) del Capitán Trueno, El Jabato, el Guerrero del Antifaz, el Mosquetero Azul, el Cosaco Verde, el Sargento Furia o Hazañas Bélicas, heredados de mis hermanos mayores, fueron también víctimas de mi avidez.
 
Creo que mi madurez lectora llegó con la colección de los libros de RTVE que compraba mi padre en el quiosco cada semana. Aquella colección magnífica, con letra diminuta que hoy no puedo leer, marcaron un hito en la vida cultural española de entonces. Aún conservo algunos de aquellos ejemplares que compró mi padre y es fácil encontrarlos todavía en las librerías de la Cuesta de Moyano a precios ínfimos.

Ese ha sido mi recorrido vital de lector que continúo ahora alternando con la escritura. Precisamente este mes acabo de publicar mi décima novela, “El precio de la codicia”. Mi décima, como El Real Madrid.

Francisco Galván.
Escritor.

domingo, 18 de mayo de 2014

Mercedes García Llanos




Hay un recuerdo difuso en mi memoria de cómo, cuándo, con quién, aprendí a leer “oficialmente”. Y sin embargo, permanece intacta la sensación de que mi encuentro con las palabras surgió como una necesidad, llamémosla, "fisiológica".

Me explico: Cuando yo era muy niña, mucho, oía en mi casa quejarse de mi falta de interés por la comida exceptuando aquella sopa que llegaba puntual cada noche a la mesa de nuestra cocina y que para que yo le hiciera caso debía carecer de fideos y, por el contrario, tenía que estar rebosante de figuritas que alguien me decía que se llamaban "letras".

Desde siempre me atrajeron sus cantos de sirena, lo que hacía que mis platos, para tranquilidad de todo el mundo, se llenaran hasta el borde y bajaran a la misma velocidad que una marea se retrae hacia los rayos de la luna. Buceaba, blandiendo mi cuchara, en el fondo del caldo con olor a puchero, sabor a hogar humilde y textura conseguida a base de horas de fuego lento. Muy lento. Así que aquello que se llamaban "letras" navegaban a toda vela, primero hacia mi estómago y mas tarde, en busca de significado, hacia mi cerebro. Era allí donde yo intentaba descifrarlas, y donde presa de la desesperación, acababan provocándome una indigestión que volcaba, eso sí, con mucha dignidad y pulcritud, en múltiples servilletas en las que ellas se dejaban derramar cual lágrimas rebeldes. Pensándolo bien éste también podría considerarse mi inicio de escritura. Pero claro, ésta sería otra historia…

Tiempo después, alguien que me conminaba a llamarla “hermana” o “Sor…” le puso nombre a mis figuritas¸ me enseñó a llamarlas, a esbozarlas, a llevármelas de la mano y formar el circulo mágico: m con a, ma. Y otra vez: m con a... Fue entonces cuando supe que mamá me hablaba desde sus ollas. Aprender a escucharla fue rescatar los tesoros de su sopa, romper secretos en mi plato y encontrar tropezones de emociones en mi cuchara.

El tiempo iba pasando y la palabra "mamá" creció, casi al mismo tiempo que yo, y se convirtió en "madre". Fue entonces cuando mis digestiones se hicieron mucho menos pesadas. Desde ese momento, además de cultivar largas conversaciones con mi madre en los hondos platos de la vajilla de mi infancia, devoro libros y más libros que intento hagan más emocional a mi cerebro, el cual por cierto, se ha acostumbrado a mis "atracones" y me reclama ingerir alimento muy frecuentemente. Temiendo una nueva recaída, mi estómago, mi cerebro y yo hemos llegado a una especie de acuerdo de "dieta" basada en hábitos diarios muy saludables. La receta parece sencilla y lo es a poco que se le ponga un mínimo de voluntad: 100 gramos de realidad, 500 gramos de imaginación y cantidades ingentes de poesía "de la de andar por casa". Esa que guardo en mis zapatillas y que nos tomamos de postre entre página y página, entre miradas furtivas a las nubes en busca de espacios para la ensoñación y sorbitos de café.

De momento nuestras analíticas son impecables por lo que el doctor ha pasado de preocuparse por mi sistema digestivo a ocuparse de mi sistema nervioso. Piensa que ahora que mi madre vive alejada de los fogones por el olvido es incapaz de hablarme desde allí. O bien que yo no puedo escucharla desde esa distancia que él considera insalvable. ¡Claro! Nunca, ni mi madre, ni yo, le hemos confesado que nuestras conversaciones trascienden en las miradas y en los silencios que ella dejaba reposar en los pucheros de mi niñez; justo cuando ella dejó que fueran otros los que me hicieran descubrir que la m con la a formaba "ma"; justo ahora cuando recuerdo cómo ella, sin yo saberlo, me enseñó que hay muchas clases de lecturas, otras que traspasan las páginas de los libros pero deben resguardarse también en ellos, entre líneas, contra el olvido. Y lo hizo justo entonces, mucho antes de que yo supiera como se engendra esta pasión a la que algunos llaman leer.

Mercedes García Llano
Auxiliar administrativa.


martes, 13 de mayo de 2014

Meli San Martín



Yo aprendí a leer al tiempo que aprendí a jugar. No sé cuando empecé. Pero sé que a los tres años ya sabía. 

Yo vivía con mi abuela en un ático abuhardillado en un edificio muy enorme y muy antiguo, que había sido un hotel. En el tercer piso había una academia que funcionaba mañana y tarde, a donde acudían los estudiantes retrasados o los que estudiaban por libre. Yo al principio pedía permiso a mi abuela para ir. Y mi abuela me decía que no, que era muy pequeña, que molestaría.

Y después no pedí permiso. Una mañana, mientras ella estaba ocupada en sus múltiples quehaceres (tenía en casa una especie de pensión para estudiantes), yo cogí un libro cualquiera de la estantería, bajé rápidamente la escalera y me colé en una de las aulas. Me senté a un lado, muy quieta, muy callada, hasta que me vio el maestro:
-Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? ¡Una nueva discípula! ¿qué viene a estudiar la señorita?
Yo respondí muy bajito y con mucho miedo, porque no quería molestar, por si me echaban:
-Quiero aprender a leer. Quiero saber lo que pone aquí -y abrí mi libro.

Eso lo recuerdo porque me lo contó después mi abuela, que esa misma tarde fue a comprarme una cartilla para enseñarme las letras. Todas las tardes, antes de llevarme de paseo, me enseñaba una página, que yo repasaba a la mañana siguiente, junto con las anteriores, en la academia, porque el buen maestro que me recibió en su clase el primer día aseguró que yo no molestaba en absoluto (y era cierto, allí estaba yo dos horas todas las mañanas calladita leyendo mi cartilla).

A los cuatro años fui por primera vez a una escuela de verdad y pude aprender también a escribir. Y fui la niña más feliz del mundo.

Meli San Martín
Profesora de lenguas clásicas.


 

lunes, 5 de mayo de 2014

Joaquín Paredes Pérez


No recuerdo exactamente la forma en la que aprendía a leer, pero la lectura siempre ha sido para mí fuente de enriquecimiento, distracción, aprendizaje, etc.

Siendo niño recuerdo que una de las primeras lecturas que me llamaron la atención fue Vuelo nocturno de Atoine de Sant-Exupéri. Yo soy el mayor de tres hermanos y en casa mis padres dedicaban todo el día al negocio familiar, gracias al cual, los tres hijos hemos tenido todas las oportunidades del mundo para formarnos y labrarnos un porvenir digno.

He tenido la suerte de contar con una mayoría de maestros y profesores que me han transmitido la pasión por lo que hacían, y eso mismo es lo que yo trato de hacer todos los días con mis alumnos.

Durante la adolescencia recuerdo varias lecturas que lograron que ésta me gustara cada vez más. Además de las lecturas de segundo de bachillerato, me gustaron especialmente lecturas en catalán, el Mecanoscrit del segon origen de Manuel de Pedrolo, obras de Mercé Rodoreda…

En esta época la vocación a la música cristaliza en mí, y es a lo que dedico la mayor parte del tiempo. Gracias a la suscripción al Círculo de Lectores siempre he tenido gran cantidad de lecturas al alcance de la mano. Participar en un grupo de teatro también me ha ayudado a la lectura y he mejorado laforma de expresarme en público.

De adulto es cuando descubro verdaderamente el placer de la lectura, compañera de algunos de los mejores momentos, evocadora de mundos inimaginables y capaz de despertar los sentimientos más profundos en vidas de personajes que haces tuyas en una experiencia única e intransferible.

Mi hijo mayor con nueve años ya es un ávido lector, tal vez porque desde muy pequeño todas las noches le contábamos cuentos y los libros siempre han sido un regalo importante. Lo mismo estamos haciendo con el pequeño, que termina por aprender el texto de los cuentos de memoria y nunca se cansa de repetirlos.

Es maravilloso ver sus caras cuando declamas y escenificas un fragmento de texto, cómo despierta en ellos interés cada detalle del relato, o cómo les puede entusiasmar la lectura de un cómic a la par que el mejor videojuego.

Sin duda que para ellos la lectura será tan importante o más que para sus padres, pues la semilla plantada en ellos germinará dando unos frutos jugosos y sabrosos que sabrán paladear como el mejor de los placeres.

Joaquín Paredes Pérez
Profesor de Música


jueves, 13 de marzo de 2014

Miguel Ángel Vázquez



No me acuerdo de cómo ni con qué aprendí a leer. Y es normal, porque a mí, la verdad, hasta los dieciséis años no me gustó leer. Puede que tuviera alguna razón para ello. Los boletines de notas que conservo de aquellos primeros años de colegio recogen dos asignaturas distintas: Lectura y Escritura, en ninguna de las cuales sacaba buenas notas. De hecho, en mi primer boletín, en primero de básica, me suspendieron la Escritura, y yo llegué a casa bastante acojonado con las perspectivas. Afortunadamente para mí, encontré a mi madre antes que a mi padre. Ella miró la cartulina rosa, con aquél número 2 en tinta roja escrito que parecía dominarlo todo, suspiró y me devolvió las notas, mientras me decía: «no te preocupes; no es culpa tuya». Entonces eran los años en los que me estaba tratando el ojo vago y tenía que estar a todas horas con un parche en la gafa tapando el ojo bueno; lo mismo, pensé, es que los que no vemos bien no tenemos por qué escribir, ni leer.

No comprendí esa condición de minusválido de la lectura hasta unos años después, cuando un defecto aparentemente estúpido comenzó a convertirse en un grave problema. Cometía varias faltas de ortografía sin darme cuenta, pero una muy en especial: siempre terminaba los plurales en n y no en s, y entregaba mis ejercicios muy ufano, convencido de haberlo hecho bien. Los profesores me corregían un par de acentos y todos los plurales, y me suspendían. Las matemáticas se me daban mucho mejor: allí, si tienes un número mayor que 1, ya tienes un plural.

Si aquello era dislexia o torpeza, no lo sé. En mi casa nunca recibió un nombre más específico que esa condición de «defecto del que Miguel no es culpable». A mí, sin embargo, me disgustaba mucho. No me gustaba suspender ni sangrar por la nariz, y ambas cosas las cumplía con precisión de relojero, incluso sin yo proponérmelo. En el verano de tercero a cuarto, a raíz de un comentario casual por mi parte (nos habían dicho que al año siguiente estudiaríamos las conjugaciones del español), mi madre dijo basta y decidió que ya estaba bien de verme suspender. Así que pasamos largas, tórridas, tardes conjugando, juntos, al calor de aquel Madrid que nos acogía por toda vacación. Ella me torturaba, yo la insultaba, y entonces ella me pegaba y volvíamos a conjugar. Ni siquiera me salvaba sangrar por la nariz, tan acostumbrados estábamos todos a mis hemorragias. Conjugamos los verbos en ar, en er, en ir, mil veces, mil veces mil veces; con el boli bic yo dibujaba en el silencio del ferragosto capitalino, que entonces era más denso, más profundo que ahora. Aprendí a escribir correctamente, en unas plantillas que había hecho mi madre con cada tiempo verbal y todas las personas, verbos como yacer, degollar, o erguir. En realidad, no sabía lo que significaba ninguno de ellos; pero podía escribir sus conjugaciones sin errores.

Lo que sea que hiciésemos funcionó, porque el defecto desapareció al curso siguiente (aunque regresa de vez en cuando, cuando escribo a mano y con prisas). Mi madre me salvó de llevar aquello como un baldón, aunque en realidad hizo mucho más. Cuando llegado cuarto de Básica, un día, el profesor Isidoro Vecino comenzó en una clase a explicar las conjugaciones y puso el primer ejercicio, yo se lo hice de corrido, sin esfuerzo. Una semana después, había sido liberado de hacer los ejercicios y los exámenes de conjugaciones. Me gustó ser un aristos.

Además del éxito escolar, escribir correctamente me abrió el portillo de la lectura, que no se me daba bien hasta entonces porque supongo que aquel defecto se reproducía al realizar labores de decodificación. Pero se abrió poco a poco. En realidad, muy poco a poco. A los diez años, mi hermano mayor me introdujo en las profundidades literarias de Richmal Crompton y las aventuras de Guillermo, y me las leí todas. Pero fue una isla en el mar, porque aquella acción, como le ha pasado a muchos niños y adolescentes de hoy con Harry Potter, no tuvo continuidad. Después de Guillermo, dejé de leer. Sus sucesores naturales, Los Cinco, me parecieron una pandilla de maulas de película de Doris Day. En general, cuando intentaba leer algo, el mazo de hojas que todavía me quedaban hasta el final se obstinaba en no mermar, y eso me desanimaba. Todavía no había encontrado ese libro que, lejos de hacerte ambicionar que el final llegue pronto, te hace desear que no llegue nunca. Y así pasaron los años. Leí un libro sobre la expedición de la Kon-Tiki, me gustó, cogí otro sobre otra expedición, me pareció una mierda, y allí, en la página 22 o 23 de aquel segundo libro, feneció mi carrera de aventurero. En páramos similares murieron también mis primeros intentos por ser detective, por comprender a los vampiros, o por saber dónde queda el monte Rushmore. Casi todo lo que leía me parecía una basura aburrida. Pensaba que leer era cosa de imbéciles, o de fracasados, o de fracasados imbéciles.

Y así llegué a los 16 años. Habría leído, para entonces, no más de 2.000 páginas motu proprio, y eso incluyendo los libritos de Peter Kolosimo y Von Daniken sobre los extraterrestres y tal. Llegó un verano y la feria del libro de La Coruña. Mi hermano mayor se compró un libro de la editorial Labor sobre el Valle de los Reyes en Egipto. Lo leyó y luego lo dejó por casa. Un día yo lo cogí, sin saber que, al abrirlo, estaba caminando hacia mi epifanía.

Las tribulaciones de Flinders Petrie, de Maspero, de Lord Carnavon y, por supuesto, Howard Carter, a la caza de las tumbas de los grandes faraones de Egipto, me cautivaron. Quiero entender que, tal vez, no leía yo porque tenía una imaginación muy viva, así pues mis fabulaciones competían con ventaja con las que estaban escritas en los libros que trataba de leer. Pero cuando me coloqué delante de cinco mil años de rica Historia, repleta de pasajes increíbles, de vivencias difícilmente imaginables, mi propia imaginación comenzó a girar a mil por hora, y ya no pude dejar de leer. Me obsesionó, sobre todo, una figura menor de esa Historia, el faraón Pepi, que dicen llegó a centenario. Lo imaginaba triste y ajado, en su palacio, un dios jubilado rodeado de hombres que con seguridad querrían matarlo. Alguien en el colegio, entonces, me habló de una novela que acababa de leer y que, decía, contaba la misma historia. Esa novela era El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, una novela sin más puntos y aparte que los que separan sus largos capítulos y que sí, es verdad, cuenta una historia parecida. Leyendo a García Márquez, apenas tres días me duró, entendí eso de que los hechos son poliédricos. Que la historia de un faraón y de un dictador latinoamericano son la misma historia y, la vez, cuentos distintos, y es por eso que hay que leerlos todos. La combinación de aquellos dos libros fue mágica. O sea: un faraón vive una vida en la distancia de los siglos; un adolescente la lee en Galicia en una tarde de verano, y entonces rellena los muchos huecos de la historia con invenciones propias; y, finalmente, acaba leyendo un libro donde un escritor colombiano ha imaginado, mutatis mutandis, la misma historia que el adolescente imaginó. El elemento fundamental de la lectura creativa de ficción es que exista una secreta e invisible solidaridad entre autor y lector, porque ambos estén, por así decirlo, dispuestos a sentir las mismas cosas, a ingresar en la misma historia. Yo tuve la suerte de que, en las primeras lecturas que realicé, ese hilo casi inapreciable, que casi nadie ve, se me hizo patente, innegable. Fue por descubrir eso que seguí leyendo; fue así como conseguí descubrir los muchos hilos que me atan a muchas gentes, a muchas plumas.

Ya no podía dejar de leer y, además, tenía la ventaja de que era difícil que tropezase: al fin y al cabo, vivía rodeado por personas que habían empezado mucho antes que yo. El verano antes de segundo de BUP me recomendaron El tambor de hojalata. Lo leí tres veces. Lo leí, lo terminé, lo leí, lo terminé, lo leí. En un solo verano. Se acabó el verano y me invadió la nostalgia de que no podía seguir leyendo ese libro eternamente; ahora vendrían los encargos de la clase de literatura. Pero yo no quería dejar de leer la historia de Oskar Matzerath, Oscarnello di Raguna, necesitaba volver a leerlo, porque aquel libro, tal vez por primera vez en mi vida, sobrepujaba mi propia imaginación; me colocaba de rodillas frente a la invención de otro, muy superior a las que yo era capaz de concebir. Mi profesor de literatura, eso sí, introdujo en mi interior la pregunta de cuántas historias como ésa me estarían esperando, todavía, en los anaqueles de las librerías.

Así llegó aquel año de los dieciséis años, justo un año antes del de los diecisiete, que sería el año de Cortázar. Pero el año de los dieciséis fue mucho más importante. Porque con permiso de don Julio, hay genios y dioses, y los dioses son unos pocos.

 Toqué la divinidad durante aquel curso leyendo La Regenta. Nunca, esta es la verdad, he considerado el Quijote la obra cumbre de la literatura hispana. Al menos para mí, ese mérito es de Leopoldo Alas y de su historia fractal de la Humanidad, basada en contar las pasiones, miserias y grandezas de los habitantes de una insignificante esquina del mundo. Un relato total, perfecto, una catequesis de lo humano. Aquel libro fue un fogonazo boreal y la tristeza, a su final, insondable. De alguna manera, he seguido leyendo, todos los años que le han seguido, tratando de volver a encontrar esa misma emoción inenarrable del libro que te arrastra y te convierte en otra persona distinta de la que eras cuando lo abriste por primera vez.

Yo estaba destinado, pues, a leer apenas los recibos del Carrefour y los formularios de la Agencia Tributaria. Pero lo que pasa es que los libros están vivos, son entes con deseo. Tú crees que eliges tus lecturas pero, en realidad, son los libros los que te eligen a ti. Los libros tienen dueños que no necesariamente son aquéllos que los poseen y por eso, como propugnan del hombre algunas religiones, se reencarnan constantemente en las manos de la gente, a la búsqueda de su dueño final, ese lector en cuyas pupilas reposarán sus letras, ordenadas y perfectas, para siempre jamás. Probablemente, cada persona tiene al menos un libro esperándolo en alguna parte, esperando ser leído por quien debe hacerlo. Leer, pues, es buscarse a sí mismo. Algunas veces, encontrarse. Y, mientras no llega ese momento mágico, viajar acompañado de tus sueños, de tus miedos, de tus fobias, que, de repente, escritas por otro en algún párrafo de alguna página de ese libro que es cualquier libro, parecen bellas.


Miguel Ángel Vázquez
Periodista.

martes, 25 de febrero de 2014

Julieta Pinasco


Hay un mantra que dice "Si querés que tus hijos lean, que te vean leer". Mis padres tenían una biblioteca inmensa. Mi madre, con su escaso séptimo grado, es una lectora compulsiva. Debe ser uno de los pocos seres humanos que ha leído varias veces las obras completas de Dostoievski, en los tres tomos publicados en papel biblia por Aguilar. Si el mantra fuera ley, mis dos hermanos y yo, criados en el mismo hogar, con la misma biblioteca a disposición y -mal que nos pese- por los mismos padres, seríamos tres lectores compulsivos.
(Suena una chicharra de alerta).

Pues no. Mi hermano Mariano no lee ni los chistes del periódico, el menor supo leer cuando yo le puse el libro adelante; y yo, que soy la mayor, no hago más que leer. La conclusión pone en evidencia la fragilidad del mantra mencionado. Los motivos por los que cada ser humano lee deben de ser infinitos y escapan a mi posibilidad de comprensión. Solo puedo hablar por mí misma: yo leí para ahuyentar mi soledad infantil, para escapar al terror que me producían los silencios prolongados de mi madre a una edad en que la madre es ese cuerpo que nos abraza y nos alberga. Mis hermanos -por sus escasos años de diferencia- se tuvieron a sí mismos, yo tuve los libros. Si no hubiera habido tantos en mi casa, y algún otro adulto me los hubiera ofrecido, yo habría leído igual. Porque la cuestión no estuvo ni en la biblioteca ni en los padres lectores, sino en el vacío que los libros vinieron a ocupar. El mundo dolía mucho menos a través de las palabras y el libro podía cerrarse cuando se tornaba insoportable: mi madre, no.

Cierto es que hay infinitas maneras de hacerse el idiota ante lo real: quizá, a los seis años, leer haya sido una manera saludable que, una vez puesta en práctica, avivó el placer por los mundos sustitutivos, y la sublimación por la escritura (he asesinado a mi progenitora tantas veces a través de las palabras que ahora puedo ser la hija que la sostiene y la cuida). Los libros me han dicho lo que buscaba oír, me mostraron otros caminos, me dieron una estructura que no supo enseñarme mi madre porque carecía de eso que es "maternar": la voluntad de cuidar, de darle cuerpo al amor y poder mirar al otro con confianza. Los libros ordenaron mis emociones, me enseñaron formas de pensarme, me mostraron que somos seres de relatos, que los poemas abren las puertas de la percepción y me hicieron ser Julieta Pinasco.

Pero no soy una fundamentalista de la lectura: no creo que alguien sea mejor o peor persona porque lea o no. De hecho, mis hermanos no-lectores son personas de una calidad muy superior a la mía. Cada persona elige de qué forma mediar con lo real: algunos optan por la música, otros dibujan, algunos trabajan el jardín, otros tienen cientos de amigos.

Yo elegí leer. Y volvería a hacerlo si me fueran concedidas otras existencias. Y como esto último es imposible, trato de sacarle rédito a la vida que tengo leyendo un libro tras otro. Y así alcanzo cierta clase de felicidad que es mía y con la cual no pretendo, jamás, catequizar. No hay universales en el deseo y la alegría: solo paraísos individuales. El mío -como el de tantos otros- tiene forma de libro. 


Julieta Pinasco.
Profesora y escritora.

La autora escribió esta entrada en su blog Acuática y me ha dado permiso para trascribirlo aquí y usar su foto personal. Muchísimas gracias.