sábado, 15 de febrero de 2014

José Luis Gamboa


Debía correr el año 1966 cuando mi primera maestra, la señorita Miqui, me inoculó un virus del que aún -por suerte- no me he curado: la lectura.

Sin apenas esfuerzo, todavía puedo verla con sus ojos redondos y pequeños y su permanente. Como imaginaréis, la relación entre la lectura y yo es vieja: desde que tengo uso de razón, el regalo que casi siempre pedía por Reyes era un libro.

Del que guardo mejor recuerdo es de una adaptación de Los viajes de Marco Polo. Planear expediciones a aquellas tierras lejanas y ver lo que vio el veneciano fue uno de los entretenimientos de mi infancia. También me resultó fascinante una Historia de China de la Editorial Bruguera. La leí en la azotea de mi casa familiar. Por desgracia, no la puse a cubierto y una lluvia repentina acabó con el volumen. 

De entre la malas experiencias (porque de todo ha habido en tantos años), destacaré la enorme decepción que me supuso saber que Don Quijote no existió (desde entonces, mi relación con la obra de Cervantes es esquiva) y mi ambigüedad hacia Julio Verne (no me gustó nada 20.000 leguas de viaje submarino, pero me encantó La vuelta al mundo en 80 días y, sobre todo, Miguel Strogoff).


José Luis Gamboa
Profesor de lengua y literatura.

viernes, 14 de febrero de 2014

Manuel Mellado


Bucear en la memoria no es un ejercicio fácil cuando se quiere llegar con precisión a unos recuerdos concretos. Mi introspección no me aclara cuándo y cómo empecé a leer. Los recuerdos más cercanos y significativos de mi acercamiento al mundo de las letras se encierran en un triángulo de experiencias que por diferentes razones tuvieron un gran significado en mi historia vital.

El primero hace referencias a muchas tardes, sobre todo de invierno, lluviosas y desapacibles, en las que mi padre y yo coincidíamos en torno a la mesa camilla. Una de las ventajas de ser el primogénito fue haber recibido la atención especial que todo padre dispensa a su primer hijo. Las imágenes que me llegan de los almacenes del tiempo son bromas, juegos y enseñanzas con un lápiz de mina dura sobre papeles, que frecuentemente envolvieron alimentos pocas horas antes. En ellos y en cuadernos de dos rayas, bajo su guía, escribí letras, nombres y, especialmente, por lo que supuso en mi historial académico posterior,  números y cuentas muy por encima de lo que sabían los niños de la misma edad en mi barrio.

El segundo recuerdo son algunas secuencias deshilvanadas de mi primera escuela. Era una “miga” a la que asistíamos los niños y niñas menores de cinco años de mi barrio. La tutelaba una mujer, doña Elisa, delgada, adusta y muy religiosa. Estaba justo enfrente de mi casa y la maestra sentía por mí un cariño especia;, así fue como entré antes que los demás niños, tal vez con tres años. Era tan pequeño que no podía llevar la sillita que todos los demás transportaban todos los días desde su casa por lo que me la llevaba mi madre. En invierno también nos llevábamos unas latitas con brasas encendidas para calentarnos. Todo en esta escuela era un ritual: ¡Ave María Purísima! era pedir permiso. ¡Sin pecado concebida! era la autorización para entrar. El día transcurría entre rezos y cantos colectivos (todo se cantaba: canciones, abecedario, números, sumas sencillas,…) Uno de mis recuerdos más vívidos son el enorme ábaco con el que nos hacía cantar los números y lo que me gustaba pasar sus bolas. También rememoro la fila que los niños formábamos junto a su mesa para leer en aquella extraña cartilla amarillenta y llena de letras escritas en muy distintas tipografías. Sólo conservo en mi memoria la secuencia de ir algunas veces (era pequeño y tenía que solicitarlo acercándome a su mesa) a leer las letras una y otra vez, animado por la indulgente voz de doña Elisa que me señalaba las letras en las diferentes grafías.

El tercer lado o vértice de mi memoria lectora se centra en mis primeros años de colegio. Entré con cinco años en la Escuela Nacional; no recuerdo el nombre oficial, nosotros la nombrábamos por el nombre de su ubicación “El Llanete”. En mi pueblo había dos escuelas públicas de niños, una de niñas, dos colegios privados para niñas de monjas y un seminario claretiano. Mi primera clase era muy grande, en forma de rectángulo demasiado alargado; no menos de 40 niños nos repartíamos en torno a mesas redondas grandes y bajitas. Mis recuerdos más significativos tienen que ver con los apuros que pasé allí. Mi prima me había regalado una maleta desproporcionada a lo que yo tenía que llevar en mi primer curso que junto a las pocas que otros alumnos aportaban, se convirtieron en los objetos más apreciados para ser utilizados como proyectiles cuando el maestro se ausentaba, cosa bastante frecuente. Don Fideo, creo que no dije nunca el  auténtico nombre de mi primer maestro, nos llamaba por turnos, nos colocaba en semicírculo alrededor de su mesa e íbamos leyendo en nuestra cartilla “Cu Cú”, el trozo que nos tocaba. Ahora me da risa, pero lo pasé muy mal. Antes de mitad de curso, en los continuos vuelos de mi maleta, mi cartilla se había destrozado, sólo me quedaron dos hojas. Yo ya había leído la cartilla con mi padre y me la sabía de memoria. Cuando leía el niño anterior a mí yo recitaba mi parte de memoria. El maestro no se dio cuenta en todo el curso. Tuve que equivocarme algunas veces o, tal vez ni siquiera se percató de mi presencia, porque me dejó repitiendo.

Mi madre me contó que se extrañó de que no hubiera pasado con mis vecinos a segundo curso, sabiendo más que ellos por lo que habló con uno de los maestros amigo suyo. Un día apareció el director, me hizo unas preguntas y al cabo de un rato me llevó a otra clase. Era segundo, estaba atiborrada de niños, me colocaron con un chaval muy grande, emigrante retornado de Alemania. Llevaba unas semanas en mi nueva clase cuando un comentario que hice a mi compañero provocó un revuelo. El maestro, era una persona atenta y observadora, estaba explicando los miles, cómo se leían y escribían, yo comenté a mi compañero que sabía los millones. Me escuchó y me sacó a la pizarra, escribió diferentes cantidades desde las centenas de mil a los millones y las leí todas. Me llevó otra vez al director y me subieron a tercero. No había sitio para mí en aquellas bancas, con asientos abatibles y tuve que estar el resto del curso sentándome en los huecos que dejaban libres los alumnos que faltaban. Miserias y grandezas de la escuela pública.

 ¿Quién influyó más en mi aprendizaje lector? Sí,  tengo muy clara la historia de cómo se desarrolló mi gusto por la lectura y el hábito lector voraz que me sigue proporcionando muchos de los grandes momentos de disfrute en mi vida. Leer se convirtió en una de mis pasiones. Los tebeos fueron mi enganche lector, adquirí una capacidad de vivir las aventuras de mis héroes de cómic tal, que pronto se me hicieron imprescindibles. Paralelamente desarrollé mis competencias comerciales, organizando una cadena de trueque en la que cambiaba constantemente los tebeos leídos por otros nuevos. Aprovechaba incluso las enfermedades propias de la edad, así leí la colección entera de Don Z, acompañando a un amigo todos los días que le duraron las paperas. Mi gusto por la historia, la geografía, la antropología, biología, etc., se despertó leyendo El Capitán Trueno, El Jabato, Flecha Roja, La Pantera Negra… En aquellos tiempos yo no era permeable a la ideología subyacente y sí viví y recreé mundos inimaginables en mi imaginación que superaban incluso a las películas que también veía con la misma pasión.

Una lectura intermedia que me acercó al mundo de los adultos la realicé cada verano cuando iba de vacaciones con mis tías modistas. En sus talleres se amontonaban todas las fotonovelas del mercado y en especial las de Corín Tellado. Con ellas y las radionovelas, que también escuchaba, aprendí a comprender todo un mundo de pasiones y tragedias muy alejado de mi edad. Me sorprendo muchas veces cuando me pregunto ¿por qué soy como soy y pienso como pienso?

El salto definitivo a la lectura literaria lo di junto a mi pandilla del instituto, no sé con exactitud el curso. Algunos de ellos se habían hecho socios de la Biblioteca Municipal y empezamos a quedar allí antes de dar una vuelta por “La Carrera”, lugar de paseo habitual dónde buscábamos a las chicas. Por imitación decidí hacerme socio. Seguramente porque lo estábamos estudiando, el primer libro que cogí para llevármelo a casa fue: “La Divina Comedia”. El bibliotecario D. José Arenas, hombre serio y poco amigable con los adolescentes, se resistió a entregármelo pero la razón de necesidad por estudios lo convenció. Cuando fui a devolverlo me preguntó: ¿lo has leído? Le dije que sí y añadí, si he podido leer este libro, no habrá ninguno que se me resista. Él se sonrió, pero conseguí que nunca me dijera que no podía sacar un libro, cosa poco habitual en él. De ste modo pude sacar la colección de Aguilar, encuadernada en piel y papel biblia, sobre Clásicos Universales: La novela picaresca completa, Novelas Ejemplares de Cervantes, Dostoievski, Tolstoi, Lorca… o cualquier libro sin problema y con su beneplácito. Fueron años de lectura frenética en la que probé todos los géneros y estilos desde poesía a teatro, desde la novela negra a la ciencia ficción, desde lo banal a lo más culto. Desde aquellos lejanos tiempos hasta hoy la lectura ha sido mi arma secreta y mi consuelo, mi lugar de recreo y mi herramienta…

Manuel Mellado.
Maestro jubilado.




miércoles, 22 de enero de 2014

Toni Solano


Recuerdo que, cuando era un niño, una parte importante de mi distracción era la lectura. Hasta tal punto debía llegar mi avidez por leer, que me adelantaron un curso y empecé la EGB con cinco años, pues la maestra consideraba que, como sabía leer, no debía perder más tiempo en parvulitos. Pienso, además, que debía hacerlo bien, pues siempre me tocaba leer a mí en clase.

Quisiera recuperar especialmente una anécdota de aquella época. En casa de una tía mía había un pequeño souvenir de la localidad de Morón de la Frontera. Se trataba de un obelisco con el célebre gallo y una placa que recogía brevemente la leyenda del lugar, ya saben, aquello de "te vas a quedar como el gallo de Morón sin plumas y cacareando en la mejor ocasión”. Cada vez que iba a visitar a mi tía, me hacían leerlo públicamente delante de todos, pues parecían entender que era mucho más atractivo un renacuajo lector que cualquier gallo de leyenda patria.

En casa de mis padres siempre hubo libros, no muchos, como correspondía a una familia humilde y sin apenas formación, pero suficientes para que ya desde pequeño considerase el libro como un objeto preciado. Nunca me negaron un cuento o un libro; si no lo podían comprar iba a la biblioteca del pueblo donde pasaba muchas tardes ojeando o leyendo los libros que me llamaban la atención. Desde pequeño, cada vez que viajábamos para ver a familiares lejanos, acostumbraba a comprarme cuentos troquelados, libros ilustrados o tebeos para distraerme en el tren.

Cuando crecí, los cuentos dieron paso a colecciones como Los cinco, Los tres investigadores, Los Hollister, etc. y también clásicos juveniles (colecciones como las de Anaya, el Club Joven de Bruguera o las primeras colecciones promocionales de quiosco). Seguía visitando la biblioteca y leyendo Astérix o Tintín, además de otras novelas juveniles que caían en mis manos. Conforme entraba en la adolescencia, conocí muchas obras clásicas en forma de cómic (los ilustrados de Bruguera), lo que me animó a descubrir el mundo de la literatura que hoy día se ha convertido en mi oficio.


Toni Solano
Profesor de lengua y literatura.


lunes, 20 de enero de 2014

Abuelos del CEIP Walabonso

Mi colega y amigo Fernando García Paez, me envía este vídeo con el testimonio de algunos abuelos y abuelas del alumnado de su centro (CEIP Walabonso de Niebla en Huelva) donde nos hablan de cómo aprendieron a leer. Muy interesante todo los que nos cuentan.


miércoles, 8 de enero de 2014

Elena Marqués


Que hable de mis primeros encuentros con las letras. ¡Queda tan lejos…! Sin embargo, el sonido de la lluvia en los cristales del aula; la figura regordeta de la señorita Maribel (el babi de cuadritos abotonado y la sombra de ojos verde) colocando las sillas en círculo para que todas compartiéramos el despacioso deletreo; los dibujos de la araña, el elefante, la iglesia, el ojo y el racimo de uvas con que aprendimos las vocales; las primeras sílabas que nos convertían en los amos del mundo y en seres cariñosísimos («mi mama me mima, mimo a mi mamá»), son recuerdos imborrables que ahora mezclo sin querer (esa nostalgia que siempre me acompaña) con los cuadernillos de Pecosete de mis hijas, sus iniciales palotes y la resistencia común a asimilar las sílabas trabadas.

Aprendí pronto a leer, aunque en aquellos tiempos eso no tenía mérito. Entonces, cuando apenas se veía la televisión y las casas de los abuelos eran grandes, de techos altos y escaleras interminables en las que soñábamos persecuciones y escondites secretos, la mayoría teníamos prisa por conocer de primera mano los cuentos que nos recitaban en la sala, todos los primos haciendo ruido y disputándonos la atención y los libros de hojas finísimas que el abuelo nos dejaba mirar, como si fueran tesoros porque lo eran, los dibujos a plumilla y las esquinas quebradas por el roce, los títulos en rojo y los sellos historiados de las editoriales antiguas.

A eso hay que añadir que, en el colegio, la señorita Maribel nos regalaba collares de papel cada vez que avanzábamos (y también cariñosos pellizcos en los mofletes hasta dejarlos colorados y relucientes, aunque eso no me gustaba tanto) y nos concedía una tarde entera de dibujo, coloreando naranjas y castañas mientras fuera seguía cayendo la lluvia tan mansa como aquellos angelitos que éramos, cansados de jugar por la mañana en el patio de chinitas, dando vuelta a la palmera y a los nísperos y volviendo a entrar atropelladas a repasar las consonantes con fruición para llegar por fin al nivel de las mayores, siempre presumiendo con los libros de Senda bajo el brazo, forrados en papel de colores para que se conservaran y pudieran pasar de hermano en hermano hasta que las páginas se desprendieran en su otoño particular y tristísimo.

Yo deseaba conocer por fin la increíble historia del cartón que quería ser cometa, que escuchaba a mi hermana y su amiga Mari Paz subrayándola con el dedo mientras yo solo podía mirar los dibujos; y escuchar la voz de Moncho (la cara redonda y blanquísima) y el grueso ronroneo de Darío; recitar los poemas de Gloria Fuertes y llorar con el lagarto de Federico; y cabalgar sobre el famoso caballo Clavileño, que durante años confundí con el mismísimo Rocinante porque mi abuelo adoraba a don Miguel y me dejaba bajo vigilancia, cuando aún no leía con fluidez, una Galatea que costó, según decía, una peseta y media.

Pero mis primeras lecturas, o al menos las que mejor recuerdo, fueron los cuentos de Mari Pepa de mi madre, a quien quería parecerme porque era bastante gamberra (Mari Pepa, no mi madre) y yo solo era una niña de pelo lacio y pies grandes que se reía por lo bajini (ahora me da vergüenza) con infantil crueldad de quienes vacilaban y tartamudeaban al leer las frases más largas.

Es una lástima que esos momentos tan importantes para una vida queden borrosos por el paso del tiempo. Sin embargo, la agradable sensación de bienestar no se desvanece, y la certeza de que aquellos signos intrincados, con sus respectivas mayúsculas envaradas y sus dibujos amigables para facilitarnos el aprendizaje, podían ser mis mejores amigos se confirma cada día cuando, al caer de la tarde, la lluvia golpeando los cristales, me entrego mansamente a la lectura.

Elena Marqués Núñez
Correctora de textos y escritora.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Aurora Humarán

Con mi maestra de preescolar


“Aurora, ¿cómo andan tus recuerdos de cómo aprendiste a leer?”

Muy frescos, le contesté a Mayti, porque es un tema que suele conversarse en reuniones familiares. ¿Por qué? Porque fui precoz con la lectura, pero no por ningún mérito intelectual, sino por mi ya por entonces (insoportable) incapacidad de quedarme quieta.

Tenía 4 años, y contraje hepatitis. Eso me tuvo en cama durante muchos más segundos de los que toleraba por entonces (u hoy). No sabían qué más hacer para que no me aburriera. Así, llegaron los diarios, las revistas y los libros. Nadie entiende cómo fue porque nadie me enseñó, pero lo cierto es que en unos poquitos meses, ya leía sola.

Casi al mismo tiempo, como una compañera inevitable de la lectura, llegó la escritura. Fue por esto que cuando empecé el preescolar ya sabía leer y escribir. Recuerdo con cariño cuando la maestra de primer grado nos pedía que dibujáramos sol, sol con nube, nube, lluvia… Ya saben, lo típico, acompañado de una oración: Hoy es un día soleado. Hoy llueve. Mis escritos no eran de una oración, sino que solían ocupar una página. Y se nota que me gustaban las metáforas desde esa época porque en uno de esos verborrágicos detalles meteorológicos escribí, sobre la luna: “esa pálida viajera del espacio”.

Mamé el amor por los libros en casa. Mami leía. Todos hablaban sobre literatura. O me contaban sobre mi bisabuelo escritor (anarquista vasco), amigo de Alfonsina y de Horacio Quiroga. O sobre Estela Canto (la mujer Aleph, mi tía bisabuela). Eso me nutría. Eso me hizo la que soy. Cuando terminé primer grado, mi abuela materna me regaló una colección de diccionarios enciclopédicos (más grandes que yo). Los amo. Acá los tengo, cerquita.

Luego la suerte me trajo a la vida a una maestra mágica (desapareció con la dictadura, con los otros 29.999). La señorita María Elena nos ponía “Las cuatro estaciones" de Vivaldi y nos decía, alta y sonriente: ¡escriban! Y esa Aurorita, que sufría a la hora de calcular cuánto tardan tres albañiles en construir una pared si uno solo tarda dos días, era feliz y construía mundos en esos  renglones. De ese contacto con María Elena nació un libro que ocupó un cuaderno Gloria. Trataba sobre un caballo que vivía solo en un planeta chiquito y cuidaba una flor. El plagio tan obvio me produce una ternura infinita.

Otra maestra, la señorita Ema, organizaba carreras de diccionarios. Decía una palabra, y el que la encontraba primero ganaba. Un placer premonitorio.

Tengo muchos recuerdos asociados con los libros. Esperaba al señor del Círculo de Lectores como quien espera un nuevo juguete. Sentada al lado de mi mamá (a quien, en realidad, visitaba el señor) me emocionaba ver los libros que salían de las cajas prometedoras. El primer libro “de grandes” que leí fue "El habitante y su esperanza" de Pablo Neruda (robado de la biblioteca de mi madre).

La coronación de mi vida en este tema es haber parido una hija palabrera. Desde los "libros de chico", con escala en Agatha Christie, Asimov y otros amigos, le presenté a Baricco (Noveccento), y ella me regaló mi primer contacto con Unamuno (Niebla). Cada año, antes de entrar a la Feria del Libro, nos juramos que este año no compraremos muchos libros. Promesas que nacen muertas. Vicios saludables.

Hoy escribo en español lo que otros escribieron en inglés. Una variedad un mucho encorsetada de escritura, pero hermosa.

Leo apasionadamente, de a tres o de a cuatro libros. Primero los huelo, como hace cualquier palabrista que se precie. A mi escritor favorito, Borges (¿quién otro?) lo releo cada tanto. Me nutre. Y llámenme rara, pero de corazón siempre he sentido que los escritores que amo son mis amigos. Por eso, a veces, les escribo, en sus mismísimas hojas, que los quiero, les agradezco o les estampo un beso al terminar de leerlos. Son Jorge Luis, Marechal, Wilde, Carpentier, Manucho, Octavio, Virginia, Capote, Pessoa, Pablo el chileno enorme, Hawthorne, Brecht, Julio, Fiodor, Ray con sus seres de ojos amarillos, el tortuoso Poe y la tenue Emily. Soy mucho de lo que soy gracias a ellos.

Aurora Humarán
Traductora

sábado, 14 de diciembre de 2013

Pilar Chargoñia

En la fiesta de final de curso

Yo aprendí a leer…

… con mi madre, que ha estado siempre allí, constante, casi invisible. No tengo recuerdos de cómo aprendí a leer. Sí en cambio de cuando me saqué un sobresaliente en lectura oral. 

Una noche de invierno, antes de la cena, pedí a mamá que me prestara atención y me corrigiera para poder leer en la clase del día siguiente. Comencé la lectura de un texto corto, de un autor uruguayo conocido, Serafín J. García. Sobre el campo, niños, pájaros, poco importa.

«¡No!, ¡así no!», me decía mamá, en los límites de su fastidio, mientras trajinaba en la cocina y trataba de ayudarme.

Volví a leer el texto una y otra vez, incontables veces… Hasta que logré su visto bueno. Conseguí terminar correctamente la pronunciación de cada palabra; le di la entonación adecuada a esas oraciones largas plagadas de comas.

Al otro día leí en la clase como si lo hiciera para mi madre. Llovía, era una de esas mañanas oscuras y olorosas a ropa mojada. La hermana Benigna, monja maestra de la clase de 4° año del Colegio del Divino Maestro, Carmelo, Uruguay, luego de mi lectura dibujó a lápiz, sobre el margen de mi texto escolar, un Ste. leve y bellísimo.

Volví a casa, le mostré la nota a mamá y fuimos felices.

Años después sigue sorprendiéndome mi propia proeza: tenía entonces, y sigo teniendo ahora, hipoacusia severa. Pero nadie lo notó, nadie lo sabía todavía. Le debo a la constancia y exigencia de mi madre una pronunciación casi perfecta, como de persona con audición normal.

Pilar Chargoñia

Correctora de estilo

jueves, 12 de diciembre de 2013

Benito García Peinado




Mi padre hubiera preferido el colegio donde estudió él, La Mirandilla, pero nos quedaba muy lejos, casi en la otra punta de Cádiz, así que mi madre se salió con la suya y me llevaron a la Academia de Enseñanza primaria Hermanos Garate que había cerca de casa y que era muy pequeñita, apenas un chalecito con cuatro o cinco habitaciones que servían de clases y en la que Don Francisco, que ejercía la dirección, tenía un trato muy personal con todas las familias. Además, se ofrecía la posibilidad de apuntarse a las clases de apoyo y recuperación por las tardes para hacer las tareas, toda una novedad por entonces, una vez terminada la jornada escolar.

Me acuerdo muy bien de la señorita Vicky (mi primera maestra) de la que por supuesto, me enamoré. Recuerdo también la cartilla Palau con la que aprendía a leer y los dibujos que en ella había. Una vez terminada esta etapa inicial finalicé mi escolarización básica y los estudios medios en el colegio San Felipe Neri que los Marianistas mantienen en Cádiz.

No he sido un gran lector de libros “importantes” cuando niño, pero no culpo a la escuela de ello. Coincido con algunos que me han precedido en este blog en que los pilares básicos sobre los que me interesé por la lectura estaban fuera de la escuela. Creo que la lectura, por aquellos tiempos, era una tarea familiar y social y sencillamente no estaba preparado para ellos.

No conocí a los clásicos de la literatura universal hasta que me hice un zagal de nueve o diez años, época en la que dediqué muchas horas a la lectura de las entregas semanales del Guerrero del Antifaz, que dio lugar a una interminable lista de cómics y tebeos de la época hasta que llegó el increible Spiderman y del que salté a las colecciones ilustradas de los clásicos, a las novelas de Julio Verne, a La Isla del tesoro, a Robinsón Crusoe, Los tres mosqueteros...

Esta historia personal con los cómics y las novelas ilustradas sigue hoy día en mis clases, donde trato que la chavalería acceda a estos clásicos mediante lo visual. Soy de los que piensan que hay que invertir en cómics en las bibliotecas públicas y los espacios dedicados a los libros en las aulas, porque desde ellos, contribuiremos a que las generaciones futuras se interesen por la lectura de una manera más natural.

Benito García Peinado
Maestro de Primaria.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Melchor Manota


Eran los últimos años de la década de los 50 y, aunque no tengo conciencia exacta del momento en el que comencé a leer, si la tengo acerca de los factores que influyeron, de manera decisiva, en mi aprendizaje inicial, tanto en la lectura como en la escritura.

Mis primeros recuerdos de lectura y escritura en la escuela de mi pueblo me llevan a una cartilla que se llamaba "Raya primero". En ella empecé a conocer las vocales y las primeras letras. Por supuesto, a base de repetir innumerables veces tanto la lectura, que hacíamos cantando y a coro, como las interminables muestras y copiados para la escritura.

Hubo, sin embargo, fuera de la escuela, dos pilares que influyeron en mi despertar a la lectura. El primero era un señor mayor que se llamaba Matías y que, en las calurosas noches de verano sentados al fresco nos contaba, con infinita paciencia, los inolvidables cuentos de Calleja y el bizco Pardal. Eso despertó en mí el deseo de leer y conocer mejor esas historias y, por fortuna, encontré otro eslabón que me ayudó en la tarea: los tebeos. Mis preferidos eran El capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín y El Guerrero del Antifaz. Recuerdo que íbamos al  quiosco de "El Chico" y, por unas "gordas" (así llamábamos a las monedas de céntimos de peseta) podíamos cambiar unos tebeos  por otros, una y otra vez.

En la escritura tuve la suerte de tener un maestro que se llamaba don Manuel, al que le debo el amor por la escritura. Respetar los trazos, las formas. Tenía una gran vocación y contagiaba su afán por el trabajo bien hecho.

A lo largo de mi vida he procurado seguir esa máxima. La Lengua es el principal y más preciado tesoro del que dispone el pueblo. Debemos cuidarla al máximo , respetarla y enriquecerla día a día.

Por último dejar constancia de que en la vida, con el paso de los años, aprendes a valorar la importancia que puede tener el maestro o la maestra o las personas de nuestro entorno más cercano. Y llegas a la conclusión de que la calidad de la educación que recibes viene dada, fundamentalmente, por lo que ellos son capaces de transmitirnos.

Melchor Manota
Maestro jubilado.


domingo, 1 de diciembre de 2013

Miguel Ángel Román

Es evidente en estas imágenes mi afán lector


- Mamá, mamá, mira: esa es la letra ce. -Dije señalando al rótulo de una tienda.
Y aunque mi madre tiraba de mí obligándome a continuar la marcha -“cosas de niños”- yo insistía…
- Mamá, mamá: y esa letra es la ese. Ahí dice “ca-sa”.

"Bueno, ¿y qué?", pensaría mi madre. Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Primero aprenden a hablar y luego a leer. El hecho de que yo aún no hubiera cumplido los tres años no añadía mayor relevancia.

Pero, claro, había truco. Mis padres, jóvenes, gustaban de reunirse con otros matrimonios amigos para ir los sábados por la noche de tapas, copas y jolgorio. Así que, una vez el pecho materno cesó en su función nutricia, reanudaron sus correrías mientras el niño, yo, quedaba convenientemente depositado en casa de los abuelos, que para eso están, desde el sábado por la tarde para recogerlo el domingo por la mañana, de camino a misa.

Mi abuela tuvo entonces que enfrentarse de nuevo, tras haber criado tres hijos propios, a la tarea de mantener entretenido a aquel renacuajo inquieto. Abuela Carmen no tenía más estudios que los primarios, pero de muy joven había sentido la llamada de los escenarios y llegó a actuar en varios antes de que su matrimonio con un honrado orfebre le hiciera abandonar la farándula. Lo que no abandonó fue la afición a la lectura que había adquirido releyendo las obras teatrales hasta memorizar todo el texto, especialmente los diálogos de su personaje y los pies que le daban entrada; cada tarde se sentaba en su balcón con un libro entre las manos y dejaba pasar las horas en compañía de Calderón, Becquer, Lorca...

- Abuela ¿qué haces?
- Estoy leyendo, mira.– Y me enseñaba aquellas hojas llenas de minúsculos trazos de misterioso significado.
- Yo también quiero leer.

¿Y por qué no? Al fin y al cabo, los niños aprenden a leer por ley natural. Así que no se le ocurrió mejor cosa que comprar una cartilla y enseñarme las letras. Me enseñaba una letra nueva cada sábado, y yo empleaba el resto de la semana en localizar la recién aprendida en cuanto papel o letrero se ponía a mi alcance.  Mi mente párvula descubrió que aquellas letras estaban por todas partes, que el mundo estaba compuesto por miríadas de letras que decían cosas a quien las conociera, y la inquietud por incorporar a mi bagaje a aquellas a las que aún no les había llegado el turno aumentaba a cada semana.
El año en que cumplía cuatro primaveras, mi madre me llevó al parvulario más cercano, regentado por las Reverendas Madres Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Yo iba jubiloso con mi babi de rayas y el estuche de colores, ansioso por ir al colegio como el resto de los niños de mi calle.

Pero ¡qué decepción! Allí no leía nadie, solo te ponían a jugar con tacos de madera y a pintarrajear en la libreta. Afortunadamente, al tercer o cuarto mes cayó en mis manos una cartilla que habría extraviado algún alumno de primero. Ávido de letras me puse a leerla, en silencio, que mi abuela me había enseñado a no leer en voz alta para no molestar a nadie. La madre Leticia, que me vio pasando las páginas muy atento, pensó que estaría mirando las ilustraciones, pero se acercó a preguntarme:
- ¿Qué haces, niño?
- Estoy leyendo.- Contesté yo, muy ufano de poder responder lo mismo que me dijo mi abuela.
- ¿Ah, sí? –decidió seguirme la "broma" y, señalando una línea en la página abierta, me retó- ¿Y qué pone aquí?
- “El pato Perico tiene dos patas y un pico”.

A la madre Leticia se le escurrieron los espejuelos nariz abajo y se le quedaron colgando del cordoncillo, al igual que quedó colgando su mandíbula dejando ver una boca muy abierta con algunas muelas de oro.

Cuando mi madre llegó para recogerme a la hora del almuerzo me encontró en el centro de un corro de hábitos negros y con un ejemplar del Kempis, “Imitación de Cristo”, en las manos, leyendo en voz alta a aquel solícito auditorio. Al verla llegar, la madre superiora se dirigió a ella muy alterada.
- ¡Este niño sabe leer!
- Sí, claro. Eso es bueno ¿no?
- Pero es que va a tener que hacer la Primera Comunión.
- Pero si aún es muy pequeño.
- Sí, pero si sabe leer tiene que aprenderse ya el Catecismo, porque si no le puede entrar el diablo en la cabeza.

Esto me contaba así mi madre, una y otra vez, que no tengo yo memoria para recordarlo si no es por su testimonio.

El caso es que la prevención de la monja llegaba tarde. Aunque con seis añitos recién cumplidos recibí mi Primera Comunión, el diablo ya estaba en mi cabeza, conminándome a leer, a seguir con la vista a mis amigas las letras y ver qué cosas nuevas, sorprendentes, emocionantes, divertidas o serias, a veces tristes, me contaban. Hasta hoy, y espero que no se vaya nunca de ahí.

Miguel Ángel Román 
Informático